miércoles, 28 de junio de 2017

Y no le hizo esperar demasiado. Rose se dedicó el tiempo necesario para acicalarse y prepararse para recibir a su muy posible futuro esposo, pero quizá por su costumbre en Hardev, no tardó ni la mitad de lo que solían tardar algunas damas en prepararse para salir en Sunkirk, pues era algo que el capitán ya bien conocía. Desde hacía años, a Jacob Marlow, como capitán de la Guardia, se le consideraba un prodigio, habilidoso, fuerte, inteligente y nacido para ser un guerrero y por ello no fue de extrañar que varios de los hombres más nobles y poderosos de Sunkirk quisieran ofrecerle las manos de sus hijas en matrimonio. Jacob no era un hombre dedicado al amor, nunca lo fue, pero sabía que cuando veía a las hermosas descendientes de los señores de la ciudad, no sentía ni el más mínimo ápice de comparación de lo que una vez sintió su oscuro corazón por una joven adolescente llamada Rose Miller. Él mismo se cuestionaba aquellos sentimientos, pues él ya estaba en los 30 cuando la chica alcanzó la adolescencia y su cuerpo se comenzó a formar como el de una joven mujercita y aún así... no lo pudo evitar. Era tan hermosa, tan dulce, tan educada, y cada pequeña forma que la conformaba era terriblemente atrayente ¿Se enamoró? No lo sabía, nunca consiguió responder a semejante pregunta, pero desde que la vio bajar del barco de nuevo, tras tantísimo tiempo, volvieron a aflorar esas emociones. Su simple perfume le hacía soñar despierto, en silencio. Su voz le reconfortaba como la música más hermosa y relajante, así como verla reir, aunque no fuese precisamente con él, le provocaba una irremediable calma en el alma. No obstante, ahora le ardía el corazón cuando la miraba. El simple hecho de verla más madura, inteligente y mordaz la hacía muchísimo más atrayente, por no hablar de su físico completo, terminado, toda una verdadera mujer...  una verdadera mujer comprometida con un joven adinerado heredero de la fortuna de papaito que no sabría cuidar de ella ni un sólo minuto si lo dejaran a solas a ambos en las calles de Sunkirk en pleno atardecer.

Sumido en esos pensamientos, Jacob apretaba los puños mientras aguardaba en la salida de la mansión, fumándose un delgado puro cuyo aroma era de por sí exquisito, elegante y distinguido. Precisamente, era un puro de la tabacalera Klainsmoke. En ese momento despreció su hábito de fumar. Decidió que lo cambiaría por una pipa y tabaco casero y no procesado. Daba una profunda calada cuando por fin escuchó los pasos de Rose, que parecía algo nerviosa, a sus espaldas. La acompañaba Laura, para despedir a la señorita en el coche -¿Otra vez en un carruaje motorizado?- bufó la pelirroja -Se han perdido los valores, todos los valores. Nunca tendrá la clase que tiene un coche de caballos-
-¿Es que acaso tú has montado en muchos?- preguntó Jacob con tono aburrido, con intención de abrir la puerta para Rose, aunque ésta se adelantó y con una sonrisa afable le aclaró que ella podía hacerlo por sí misma. Jacob la miró en silencio
-Alguna vez, quién sabe- rió Laura al ver la escena -Qué distinguido sois, capitán. Rose, querida, sé buena con él- le guiñó el ojo a la joven, que le devolvió la sonrisa a Laura
-¿Nos vamos?- Rose asintió y por tanto, él montó en el asiento delantero. Conduciría él. Algo extraño. La seguridad estaba en alza
-Pásalo bien Rose- se despidió con una mano de la chica -Espero que vos también tengáis la oportunidad pronto, capitán Marlow- el tono de voz y la mirada esmeralda estuvieron tan encendidas que Jacob sintió cómo le quemaba en el oido la despedida de la mujer. No dijo nada, sin embargo. Se limitó a encender los motores del generador y puso el vehículo en marcha hacia el puerto.

De camino hacia allí, Rose tuvo una nueva oportunidad de vislumbrar las calles. Esa vez que no iba acomapañada de su cariñoso padre que la alejaba de lo que ocurría en el exterior con su animada charla, pudo darse cuenta de las distintas situaciones que se daban fuera de la mansión. Saliendo de la zona noble, volvieron a pasar por un control. Al parecer, cada entrada y salida estaba rodeada por un fuerte control de la Guardia para asegurar que ninguno de esos llamados Insurrectos pudiese entrar y causar el caos. Luego estaba el resto de la ciudad, de la clase media, los obreros. Algunas calles estaban bien y presentables, como ella las recordaba. Otras parecían dignas de un libro de terror, sucias, andrajosas, con ratas y cucarachas enormes. En algunas había gente durmiendo, tosiendo. Pudo ver meretrices, prostitutas, incluso a plena luz del día. Sunkirk había cambiado bastante, mucho, en aquellos años ¿Por qué? ¿Qué era exactamente lo que había pasado? -Los Insurrectos y las brujas- dijo simplemente Jacob -Estas últimas se mantienen en un perfil bajo desde hace ya bastante tiempo. Rara vez hemos visto u oido de alguna. Parece que se han retirado y sin embargo, eso nos causa aún más inseguridad. No obstante, desde que los Insurrectos se formaron y dieron a conocer, no podemos descansar nunca. Atacan constantemente, no todos los días por supuesto, porque carecen de recursos, pero... cuando lo hacen, ponen en peligro a muchos- bufó -Son un grupo sin escrúpulos. Les da igual matar a 100 de los de su clase obrera, incluso compañeros de trabajo, si así acaban con algunos soldados de la Guardia o algún miembro de las familias nobles. Son unos sádicos- Rose, sin embargo, con una forma de ver las cosas más abierta debido a sus estudios en Harved y su vida en una ciudad distinta, lo veía desde ambos puntos de vista ¿Por qué se tuvo que crear un grupo radical como los Insurrectos? ¿Qué clase de injusticias se llevaron a cabo para que ahora busquen revelarse de forma violenta? -¿Injusticias? Rose, debéis saber bien que vuestro señor padre, el Lord Gobernador, es el gobernante de Sunkirk con más mano blanda de los últimos años. A la historia me remito. Su abuelo, Jeremiah Miller, era considerado un hombre a favor de los trabajadores y los afligidos... y vuestro padre es aún más bondadoso- a Rose no le alcanzaban las ideas a comprender. No podía ser así. Ella misma había estudiado culturas extranjeras y no era la primera vez que oía hablar de insurreciones, rebeldes y resistencias. El punto común entre esas fuerzas de combate siempre era porque había un tirano en el poder que los estrujaba hasta la última gota de sangre. Algo fallaba sin duda, pero Jacob Marlow no parecía por la labor de dar su brazo a torcer. Era de esperar, a fin de cuentas, siendo leal a Benedict. Quizá podría descubrirlo en algún otro momento -¿Puedo haceros una pregunta?- terció entonces Marlow, de pronto -Quizá os resulte un poco... violenta, o consideréis que no es de mi incumbencia pero... ¿Vuestro prometido os trata como merecéis?- aquella pregunta la hizo reir ¿A qué se refería? ¿Qué consideraba él exactamente que ella merecía? La pregunta de la chica le tomó por sorpresa -Considero que merecéis que os hagan feliz, simplemente- Rose era de la opinión de que todos merecían ser felices ¿No podía concretar más? -Yo... bueno- sonrió un poco, le había desarmado con una simple pregunta -Considero que, si me permitís, siempre habéis tenido una sonrisa hermosa y una risa melodiosa. Desde que os conozco, siempre ha sido así, aunque vos no me recordéis del todo bien- señaló el capitán -Pienso que lo que merecéis es que os hagan reir y sonreir todos los días de vuestra vida. Vos lo merecéis. El mundo merece tener vuestra alegría- Rose no supo cómo tomarse semejantes palabras. Quizá se ruborizó un poco. No esperaba de alguien tan serio como Jacob unas palabras tán cálidas y hermosas, a la par que terriblemente sinceras. Incluso la forma en la que le habló en ese instante era tan cálido y cercano que se sintió un poco indefensa en el coche con él, a solas. Se limitó a sonreir, a mirar de nuevo hacia las calles y agradecerle esa opinión. Marlow se conformó con aquella sonrisa, sólo para él.

Cuando llegaron a puerto y el barco atracó, los nervios se palpaban en el ambiente. Jacob se mantenía junto a Rose, que con las manos cruzadas a la altura del pecho, no dejaba de dar pequeños saltitos de puntillas para poder apreciar cuando descendía Nicholas del barco. En el momento en que lo vio, alzó los brazos alegremente para llamar la atención del hombre. Marlow la observaba. Era la única dama en el puerto que se comportaba así. El resto de mujeres que esperaban a alguien simplemente alzaban quizá un pañuelo o esperaban a ser vistas por sus hijos, esposos o familiares de otras tierras. Nicholas por fin la vio y se acercó a ella a paso ligero, fundiéndose ambos en un abrazo que hizo que Marlow apartase la mirada hacia el enorme armatoste de acero que era el barco y el espeso humo que salía de sus chimeneas. Cuando se separaron, inspeccionó a Nicholas. Tenía un peinado extraño, más largo en la parte superior de la cabeza y muy corto por los alrededores y parte posterior. Un guardapolvo marrón, una camisa blanca y unos pantalones negros. Extremadamente sencillo para alguien de su cuna -Estás preciosa, mírate... siento que hacía un siglo que no te veía- dijo cariñoso, besándole la frente. Jacob carraspeó -¿Viene contigo?- Rose lo presentó como el capitán de la Guardia de Sunkirk, Jacob Marlow -¿Sois el capitán de la Guardia? Muchísimo gusto, señor Marlow- le tendió la mano y Jacob se la estrechó, más fuerte de lo normal, debido a la expresión de Nicholas, que intentaba disimular el dolor. Cuando soltaron las manos, el joven la sacudió un poco en el aire -Sois un escolta formidable- le sonrió y Jacob le respondió con una sonrisa forzada y enormemente falsa -Rose ¿Y... y tu padre?- la chica se disculpó, ya que sugirió que seguramente Benedict la acompañaría, pero estaba muy ocupado con asuntos de la regencia de la ciudad -Oh, no pasa nada. Lo comprendo, es normal- la chica, encantada con Nicholas, pidió a Jacob que los llevase de vuelta a la mansión.

El viaje fue corto para la pareja, pero largo para Jacob. No hacía más que oirlos cacarear constantemente sobre Hardev, la universidad y los recuerdos que ambos compartían por allí. Se alivió de que en ningún momento saliesen índoles sexuales en el asiento de atrás ¿Por qué se sentía tan celoso? Era asfixiante. Al menos, una vez los dejara en la mansión, no tendría que estar oliendo el caro perfume del muchacho en sus narices durante todo el día, aunque no le perdería de vista. Jacob consideraba que Nicholas Klain era tan amable, tan dulce, tan cariñoso y cercano, tan noble, que debía ocultar algo siniestro. Tras tantos años como capitán de la Guardia, tras tanto tiempo interrogando y arrestando a hombres que otrora parecieron dignos de un honor sin parangón, había aprendido a ver tras las máscaras banales de carne que se construían para mentir. Nicholas no era una excepción, como tampoco lo era él mismo. Fue una liberación, por fin, dejarlos en el hogar. Aún así, la pareja no entraron directamente a la casa, sino que dieron un largo paseo por el enorme jardín. Fue en una lejana esquina, la más apartada de la mansión, donde había una preciosa fuente, donde volvieron a fundirse en un abrazo -Ah... por fin solos- dijo Nich -Ese capitán Marlow me da algo de miedo- bromeó, fingiendo tiritar -Es muy serio- Rose rió cándida, alegando que no era un mal hombre, sólo que quizá por su oficio debía ser así -Lo entiendo, lo entiendo- le acarició la mejilla -Ah... cuanto te he echado de menos- ella volvió a abrazarle, pues ella le añoraba por igual -Me encanta esta parte del jardín... es perfecta, como tú- volvió a besarle la frente -Tienes una casa preciosa- y eso no era nada, alegó la chica. Era hora de que entraran por fin.

Una vez dentro de la mansión, Nicholas se maravilló. Cierto es que él vivía en un hogar de la misma índole, pero la decoración de Sunkirk era extraña a sus ojos, muy mecánico, más oscura, más... clásica, y ello le encantaba. Rose le pidió que aguardase un segundo en lo que ella iba a comprobar si su padre por fin estaba disponible. Que se relajara y explorara un poco si gustaba. Nic se echó a reir y le pidió que fuese tranquila. Una vez solo, dejó la maleta en el suelo y anduvo un poco por las cercanías. Observó los cuadros en la sala de la entrada, los retratos y demás artes que por ahí tenían. Apreció cualquier detalle. Definitivamente había algo mágico en todo ello. Fue, precisamente, cuando cruzó sin malicia la entrada abierta hacia el gran salón, sala pensada para grandes congregaciones de gente, cuando encontró a una nueva habitante de la mansión. Allí, haciendo algo de labores de limpieza, una criada se inclinaba sobre una mesa para limpiar cualquier pequeña mota de polvo que pudiese haber, a pesar de que todo parecía pulcramente limpio. Sin embargo, no fue la presencia de la criada en sí, lo que arrebató el aliento a Nicholas. Su traje era corto, demasiado corto. Al reclinarse sobre la mesa sus perfectas, tersas y redondeadas nalgas asomaban graciosas y traviesas, robándole por completo el control de los ojos. La chica, inconsciente de la presencia del hombre, cambiaba el peso del cuerpo de pierna de forma constante, de forma que así movía el trasero de forma casi constante, llamativa, perfecta. Sus musos hacían un juego perfecto, contorneadas y amplias. Su piel blanquecina y carnosa invitaba a Nicholas a aferrarla con fuerza. Y sus caderas... ah, sus caderas... Sintió un enorme escozor en el miembro al contemplarla. Era tan bella, tan sólo viéndola desde atrás. Podría haberse tirado horas ahí quieto como una estatua, endureciéndose cada vez más y más hasta que sus instintos le hubiesen llevado a... -¡Nicholas Klain!- dijo la fervorosa voz de Benedict mientras se acercaba al hombre desde las espaldas -¡Bienvenido a mi hogar, hijo!- le tendió la mano y éste, nervioso y rogando porque no le hubiesen descubierto mirando a la criada, contestó
-B-buenas tardes, señor Miller, Lord Gobernador, padre de Rose-
-¡Chico, chico!- rió -No soy ningún señor de la guerra medieval que necesite que se me nombre por cada título que posea- le puso una mano amigable en el hombro -¿Qué tal el viaje? ¿Todo bien?- Nicholas asintió. Le alegraba el corazón la amabilidad de Benedict - Me alegro ¿Disfrutabas de las vistas?-
-¿Eh...? ¿Q-qué?- se le heló la sangre
-De nuestro salón- sonrió Benedict, cruzando el umbral. Nicholas casi rompió a sudar sólo de pensar que viese a la criada así y atase cabos -Es expléndido. Lo dejé tal y como mi esposa lo deseaba- suspiró, complacido. Nicholas siguió, junto a Rose, a Benedict. La criada no estaba ahí. Un enorme alivio le recorrió cada músculo del cuerpo
-Sí. Sin duda tenéis un hogar maravilloso, señor Miller-
-Benedict. Llámame Benedict, hijo- sonrió bonachón el Lord Gobernador -Bienvenida a la que puede ser tu nueva casa, siempre que trates bien a mi hija, o te colgaré boca abajo en el tejado y te dejaré secar al sol hasta que los cuervos se te coman- tronó en risas. Rose le recriminó la broma ¡Le advirtió de que dejara los humores negros a parte con Nic!
-Está bien, está bien- rió Nicholas, restando hierro al asunto -Yo también lo haría a cualquiera que dañase a una mujer tan maravillosa como Rose-
-Me alegro de que lo entiendas- concluyó Benedict. Entonces Nicholas comprendió que no fue un comentario bromista. Lo dijo en serio.

Los días se sucedieron con calma desde entonces. Quedaban cuatro desde la llegada de Nicholas para la fiesta y todo se redujo a enseñarle por completo la mansión y buscarle algo de ropa. El joven escogió una chaqueta oscura al igual que unos pantalones. Consideraba que era elegante, con botones dorados y unos gemelos en las mangas del mismo color. La máscara que llevaría iría a juego con los colores del traje. Por lo demás, fue un constante compartir tiempo con su querida Rose, aunque temblaba, de vez en cuando, cuando Laura, a la que por fin conoció de forma personal, aparecía y la joven Miller no estaba cerca. Parecía un truco cruel del destino que siempre se quedaban a solas en algún momento y siempre, siempre, la diosa de cabellos de fuego tenía alguna parte del cuerpo que le hechizaba y le hacía perder el control cuando la miraba. Hasta que llegó la noche de la fiesta.

La noche estaba tranquila, aunque soplaba un viento que amenazaba una pronta lluvia. Había silencio a pesar de todo, pues en la zona noble de Sunkirk casi todas las casas estaban vacías debido a la fiesta que iniciaría en la mansión del Lord Gobernador. Casi todas. En esas horas en las que el cielo ya está oscuro y en el hogar de Lawrence Warwick, aún había una pequeña luz. Alguien estaba en la habitación del matrimonio, y eso no le costó mucho deducirlo a Crow cuando abrió sigilosamente la puerta y entró en la vivienda. Ascendió las escaleras sin hacer ruido, dando pequeños saltos desvaneciendose en sombras para aparecer unos metros más adelante hasta que ascendió las escaleras. Necesitaba un traje y una máscara... Y si tenía la invitación de Warwick ¿Por qué no tomar prestado sus ropas también? Lo que no esperó es que hubiese alguien en la habitación. Una mujer. Una mujer que gemía. La puerta estaba abierta y la motecina luz de unas velas iluminaba ligeramente el pasillo. Cuando Crow se asomó con cuidado, allí estaba ella y aquel hombre. La mujer se agarraba con fuerza al cabecero de la cama mientras cadereaba con una fuerza salvaje sobre el cuerpo del hombre, muchos años menor que ella. Ese no era Lawrence Warwick, pero ella sí era Mathilda Warwick. La señora de la casa estaba siendo infiel a su marido ¿Quién lo diría? Crow compuso un gesto desagradado. Fantasmas. Inútiles inundados en dinero que no sirven para nada, ni siquiera para aprender lo que significaba amar. Caleb Crow no era precisamente el más indicado para explicar qué era el amor, pero sí sabía que no era engañar al cónyuge. Aún así, no era de su incumbencia, pero debía alcanzar el traje. Estaba allí, colgado elegantemente de un perchero para que no se arrugara. Utilizó la marca del Hereje para que el perchero cayese al suelo con un ligero golpe de viento desde su mano. El hombre cabalgado se asustó, pero la mujer le agarró la cara con furia y le obligó a mirarla -¡Ni se te ocurra apartar la vista! ¿Me oyes?- dijo con tono de voz severo, mostrando los dientes en una expresión rabiosa. Estaba enajenada por el sexo -Fóllame maldito seas ¡Fóllame y olvídate de todo lo demás!- le agarró las manos -Así, agárrame los pechos así ¡Aprieta más! ¡Más!- gemía la señora, cuyo compañero sexual podría ser su hijo de tan joven que era. Crow atrajo las ropas utilizando la marca y una vez las atrapó, junto a la máscara, se preparó para partir. El escándalo en la habitación de Mathilda era irreal. Tanto que nisiquiera oyeron que Lawrence había llegado
-¿Mathilda?- preguntó el hombre, al oir un grito de su mujer
-Eres caprichoso- musitó Crow
-No sabes cuanto...- se carcajeó la monstruosa voz del Sin Rostro, el Hereje, que no se había manifestado físicamente -Sal de aquí, Crow... este no es un destino en el que debas actuar- el hombre obedeció, desvaneciéndose en las sombras, saltando a través de la oscuridad, saliendo de la casa en la que, días posteriores, se descubriría un crimen pasional. Aunque eso, es otra historia.

[Dishonored 2 Main theme]

Caleb caminaba con elegancia mientras se aproximaba a la mansión del Lord Gobernador. Allí, un sin fin de soldados de la Guardia custodiaba cada metro del muro que rodeaba por completo la mansión que daba al patio interior. Que alguien se colara y causase el caos era algo completamente impensable, consideraría la Guardia y el Lord Gobernador. Bajo la máscara, Caleb sonreía. Se ajustó los gemelos con distinción mientras se acercaba a los soldados que guardaban las puertas del jardín -Buenas noches y que el Sol bendiga ¿Su invitación, señor...?-
-Lawrence Warwick- dijo con voz algo carrasposa y susurrante, entregando la carta. Los soldados la verificaron
-¡Lawrence Warwick!- anunciaron y le devolvieron la carta -Pasad una buena noche, Lord Warwick ¿No viene su esposa?-
-Me temo que está indispuesta, ha montado demasiado... a caballo- concluyó pasando por fin al interior, atravesando el jardín
-¿Montando a caballo?- preguntó un soldado a otro -¿Los Warwick tienen caballos?-
-Los señores pueden tener lo que quieran ¡Más aún los Lores! No los cuestiones-

Al llegar a la mansión tras pasar por todo el enorme jardín, una vez más, se encontró con dos soldados que custodiaban la puerta. Esta vez, sin embargo, eran Inquisidores. Caleb supo que tal cosa significaba que el Abad estaba dentro. Debía andarse con cuidado y tratar de no dialogar con él, o podría reconocerle -Lawrence Warwick- anunció el Inquisidor que leyó la carta de invitación. Esta vez, se la quedó -Bienvenido, Lord Warwick. Disfrutad de la velada- dijo con voz calmada, pausada y enervante el Inquisidor. Crow sin embargo pasó como si nada hasta por fin, verse dentro de la fiesta. Había gente por doquier y todos, tanto hombres como mujeres, estaban completamente enmascarados -Espero que me hayas traido al lugar indicado- susurró al Sin Rostro, que no se materializó. Simplemente Crow pudo oir su risilla carrasposa y distante


-¿Crees que me queda bien?- preguntó Nicholas a una visiblemente nerviosa Rose. No es que sufriera de vergüenza ni mucho menos, pero la cantidad de gente que había era más de la que esperaba. Todos los Lores estaban presentes y el resto de familias ricas también, en mayor o menor medida. Le incomodaba el hecho de apenas poder andar y a Nic parecía importarle de momento su aspecto. La chica corroboró por décima vez que le quedaba de perlas y que estaba guapísimo -No me mientas. Llevo puesta una máscara- dijo alegre. Le tomó del rostro a la chica -Oye... cálmate ¿De acuerdo? No pasa nada. Atiende a quienes tengas que atender, es tu noche. Nos veremos cuando podamos- Rose asintió. Ese era uno de los motivos que la alteraban. Había invitado a Nic para que pasase con ella unos días y presentárselo a su padre, pero también para que la acompañara en la fiesta. Sin embargo, había tantísima gente que apenas podría atenderle. En cuanto se separaron por primera vez por culpa de Brigitte Crown, señora y esposa de Robian Crown, uno de los Lores de la corte de su padre, ya se permitió, a pesar de las miradas indignadas, coger la primera copilla de vino. Por lo demás, la noche comenzó a transcurrir de forma azorada. Unos tras otros hablaban con ella y la chica sólo buscaba un respiro, pero había perdido de vista a Nicholas entre tanta gente. Tenía la sensación de que no paraban de llegar y que la noche no acabaría nunca. Ya llevaba cinco copas de vino y sentía un creciente calorcito en el cuerpo ascendiéndole hasta la cabeza y sonreía más de la cuenta. Empezaba a estar más alegre de la cuenta y por suerte para ella, apareció Laura 
-¿No crees que estás bebiendo bastante, señorita?- regañó sin severidad, sonriente. Rose aseguró estar bien -Oh, sí, claro... bien para caer al suelo. Ten cuidado, no quisiera que te usaran de felpudo- le recolocó un poco la máscara -Míralos a todos, qué estirados...no te extrañes si a más de uno le revienta el botón del pantalón- se burló, haciendo reir a Rose -¿No encuentras a tu amiguito?- la chica negó con la cabeza. Había pasado al menos una hora o quizá más desde que lo perdió por completo de vista -Mmmm...- alzó la cabeza frunciendo los labios -¿Mmm? ¿No es aquel de allí?- señaló a la multitud ¡Sí! ¡Era él! ¡Por fin! -Ve, pillina. Diviertete un poco- tan agobiada como se sentía, y tanto que lo iba a hacer. Marchó a perseguir a su amado mientras Laura sonreía lentamente para darse la vuelta y echar a caminar.

Rose estuvo a punto de alcanzar a Nicholas, cuando la interceptó su padre -¡Espera, hija!- rió el hombre, algo ebrio también de alegría -¡Esta pieza musical se la dedico a mi hija! ¡Por favor, bailemos y disfrutemos todos, en esta noche tan prometedora y especial!- imploró el hombre cuando unos músicos tomaron sus instrumentos y empezaron a tocar, mientras uno de ellos utilizaba el piano del Lord Gobernador para acompañarse, para enmarcar una melodía lenta y ligeramente tenebrosa, muy del estilo de Sunkirk

[Dark Magic Music - Salem's secret]

El piano comenzó a sonar el primero y ya se comenzaron a formar las parejas. El baile sería lento, muy llevadero y edulcorado aún en las sombras de sus notas. Cuando un gran número de hombres se acercaban a Rose, comenzó a sonar el violín. Por suerte, allí estuvo Nicholas, tomándola de la mano. La chica se deshizo en una grandísima sonrisa, agarrándose a él con fuerza, para no perderlo más, para que nadie más se le acercara. Y así, tomándole de la mano y del hombro, al son de la lenta y dulce música, melancólica y oscura, se dejó llevar por los movimientos del hombre. Y así, a su vez, Laura subía las escaleras hacia las habitaciones en el recibidor mientras un hombre agobiado y extenuado buscaba a su amada. Nicholas estaba ahí, sin encontrar a Rose entre el gentío. Mas una fuerza poderosa le hizo mirar hacia las escaleras y allí estaba ella, ángel de cabellos rojos, mirándole traviesa con ojos esmeralda. Se alzó muy sutilmente el vestido y le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. Nicholas perdió por completo el sentido y comenzó a seguirla escaleras arriba. Nadie se percató de la pareja.

Mientras, abajo, el baile proseguía. Rose se aferraba al hombre que creía que era Nicholas, pues iban vestidos prácticamente iguales y la máscara era exactamene la misma. Sin embargo, sentía su mano dura, encallecida. No recordaba que la mano de Nic fuese así, pero le gustaba. Le daba sensación de fuerza, sintiéndose protegida entre tantas miradas, susurros e intenciones. Él la agarraba de la cadera con dulzura mientras daban vueltas muy despacio, dando un paso alante y otro atrás. Un vals delicado, que casi podría parecerse a la danza clásica y el ballet debido a los gráciles movimientos y la música. La chica, ruborizada, no podía a esperar a que la música se detuviera, mientras sentía la mirada del hombre clavada en ella sin pestañear casi un instante. Arriba, todo era diferente. Nicholas vagó por el pasillo, perdido, sin saber hacia donde iba, hasta encontrar una puerta abierta. En la habitación de Laura acabó entrando, donde la chica se quitaba unas muy finas medias inclinada hacia delante, revelando de nuevo sus perfectas curvas. Le miró por encima del hombro. Sonrió. Se mordió los labios con deseo y Nicholas se acercó intentando articular palabra, con los ojos ligeramente enlagrimados. Como si fuese un títere se acercó tanto que por fin entró en contacto con ella. Y cuando la rozó, la aferró con fuerza de los pechos, apretándola contra sí. Laura soltó una risilla
-Sé... que no es eso lo que quieres precisamente...- apretó el trasero contra el miembro creciente de Nicholas, que casi balbuceaba algo -Ssshh... calla, mi guapo asaltante... calla... y haz conmigo lo que quieras...- con esos susurros sugerentes y sensuales, Nic se desabrochó los pantalones besando y mordiendo el cuello de Laura con pasión y desenfreno, enarbolando su erecto miembro y empujándola hacia delante, contra un sillón, para facilitar la penetración entre sus piernas. Laura soltó un jadeo animal, casi un gemido, cuando sintió la punta del pene de Nicholas rozarse entre los labios externos de la vagina -No, querido... te he dicho que hagas de mí lo que quieras... Yo sé muy bien lo que quieres...- estando de espaldas a él, le asió el miembro y lo elevó ligeramente, hasta colocarlo entre sus gluteos -Vamos... es esto lo que quieres...- y así lo hizo, llevado por el más enfermizo deseo, su placer más oculto, Nicholas comenzó a penetrarla despacio analmente. Gimió de un profundo placer mientras Laura hacía lo propio -Hazme tuya, hombretón...- gimió, mientras Nicholas la aferraba del cabello con fuerza -Sí... así- sonrió la chica -Vamos... ¡Vamos...!- así comenzaron la sesión. Nicholas comenzó a penetrarla de forma constante y con fuerza desde el principio. La sensación de presión que ejercía la chica en el pene del hombre le resultaba tan placentero que no podía siquiera jadear de forma seguida. Y así, tan fuerte continuó embistiéndola, que se deleitaba con el rastallar de la carne del perfecto trasero de la mujer contra su propio cuerpo.

Abajo en el salón, cuando la música acabó, hubo un aplauso para los músicos mientras que Rose y el aparente Nicholas se miraron un momento en silencio. Entonces la chica quiso echar a caminar, pero Nic no se movió. Con una sonrisa brillante le indicó que la siguiera, pero él se mantuvo quieto como una estatua, hasta que por el rabillo del ojo captó el hombre que alguien se acercaba a él. El Abad Salomon, el único hombre que no llevaba máscara en toda la asistencia parecía tener intención de hablar bien con Lord Warwick y aquel hombre, Caleb, no era ni uno ni otro. Decidió entonces seguirle el juego a la chica y ver qué quería de él. Rose, algo embriagada por el vino, tiró de él hasta perderse por la mansión, de la muchedumbre, hasta una pequeña habitación de lectura donde nadie los buscaría. Cerró la puerta tras ella y se avalanzó contra Caleb, pensando realmente que era Nicholas debido al desafortunado parecido de sus ropas y máscara. Le susurró que le había echado de menos y que gracias a ese maravilloso baile, aunque corto, se le había pasado por completo el agobio. Caleb fue a decir algo, a quitarse la máscara, pero ella le mandó a callar, le levantó la máscara lo suficiente para descubrir sus labios y se acercó hacia su rostro ligeramente barbado, que en la penumbra de la habitación iluminaa sólo por la luz del exterior a través de la ventana, no dinstinguió del de su amado debido a que sabía que Nicholas no se afeitaba apenas, siguiendo la moda de Hardev de llevar una barba de una semana. Siendo así, la muchacha se inclinó peligrosamente hacia él y comenzó a besar sus labios de forma pausada, lenta y dulce, pero llevada por la alegría del vino, introdujo traviesa su lengua en la boca del hombre, obligándole por igual a abrir su boca y recibir el apasionado y lento beso, dulce y delicioso, de la joven y bella hija del Lord Gobernador, aunque fue fugaz, poco duradero, cuando tras jugar un poco con la boca del hombre y acariciarle el torso de la chaqueta, ésta se percató de que no había respuesta, que Nic no le devolvía el beso. Preocupada, le preguntó si algo estaba mal, si es que... él no quería -...Lo lamento, señorita- dijo Crow con voz cordial, quitándose por fin la máscara -Mucho me temo que os habéis equivocado de persona- a Rose, por un momento, se le congeló el tiempo y se le vino el mundo encima ¿Ese hombre no era Nicholas...? ¿El baile...? ¿El tacto de unas manos que tanto le gustaron no eran de Nicholas...? ¿La forma en que en ningún momento pareció dejar de mirarla y... el beso...? La chica dio un paso atrás, sorprendida, buscando la puerta -Esto no saldrá de aquí- reafirmó Crow colocándose la máscara y saliendo por la puerta antes que Rose.

En la habitación de Laura, la mujer se encontraba con el traje completamente arrugado y descompuesto, con los pechos desnudos bien aferrados por Nicholas, al que le quedaba poco para alcanzar el orgasmo -No, ahí no...- dijo la chica, empujándole hacia detrás suavemente para que saliese de entre sus nalgas. Se sentó en el sillón y lo atrajo tirándole de las ropas -Córrete aquí- ordenó, metiéndole el pene directamente en la vagina -Vamos...- animó ella juguetona -¡Vamos...!- Nicholas casi se le echó encima con un gran gruñido de placer mientras Laura sentía la explosión de la ardiente semilla del hombre dentro de ella, agarrándole con fuerza la espalda. Nic, jadeando y como si no tuviese alma, acto seguido se vistió, se alisó la ropa y con mirada apagada y muerta, se alejó despacio de la habitación. Laura, a solas, simplemente se echó a reir, en una voz tan alta, que si no fuese por la fiesta en el piso inferior, la hubiesen oido en toda la mansión.

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