miércoles, 28 de junio de 2017

Rose salió corriendo de la habitación, siguiendo los pasos de aquel hombre desconocido con el que había tenido una enorme confusión. Mas al buscarlo entre el gentío, comprobó que lo había perdido totalmente de vista. Miró de un lado para otro y no encontró aquellas pintas, tan similares a Nicholas. De repente, el corazón se le desbordó. Se puso tan nerviosa, que sintió como su corazón bombeaba con una fuerza terrible, provocándole unas nauseas incontrolables. ¡¿Pero donde diantres estaba Nicholas entonces?! En vez de quedarse quieta y sumirse en la resignación, continuó con sus acelerados pasos. Bajó hacia el salón donde se congregaba la mayoría de los invitados. Los miró detenidamente, intentando hacerlo de forma tranquila, pero ni rastro de su pareja. Allí estaba su padre con las mejillas rosadas de alcohol, incluso el Abad. Pero no estaba Nic. Por un momento, sintió como la tomaban del brazo y la obligaban a dar un paso atrás. Cuando Rose miró a sus espaldas, descubrió que se trataba de Jacob. El capitán Marlow había aguardado toda la noche en la misma esquina postrado, custodiando la seguridad de toda la fiesta y dando ordenes a sus hombres. Debía velar por todo, incluso por la chica. -¿Estáis bien?- preguntó mirándola a los ojos. La chica no podía contener su mirada. Lanzaba vistazos de un lado para otro, inquieta.
-No, no estoy bien. ¿Habéis visto a Nicholas?-
-Hace bastante rato que no. Pensé que estaría con vos-
-No... no está conmigo-
-¿Queréis que ordene su búsqueda?-
-No, no... no hay que molestarse. Debe estar aquí, en casa. Por el Sol... todo esto es culpa mía-
-¿Que es culpa vuestra?- preguntó el capitán entornando los ojos, sin entender. La chica no prestó atención a su pregunta. Simplemente, se marchó -Esperad ¡Rose!-

La mujer se retiró de la zona de baile. Estaba claro que Nicholas no se encontraba allí. Se fue hacia la entrada, y una vez allí, abrió las puertas para salir al jardín. El aire fresco y húmedo de la noche inundó sus pulmones. El cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, lo que embarraría los suelos de todo Sunkirk y dotaría a la ciudad de su aspecto más lúgubre posible. Rose caminó por el cesped hasta llegar a la fuente que había rodeada de rosales. Y allí estaba él. -¡Nicholas!- le llamó por fin, acelerando el paso para llegar rápida hasta él. El joven, por su parte, estaba extraño, y eso fue algo que Rose notó conforme se acercaba. Estaba sentando sobre el mármol, flexionado hacia delante. Ocultaba el rostro entre las manos y movía un pie de forma constante. -Nicholas... lo siento mucho. ¿Donde estabas? Yo... ha pasado algo muy raro. Nich...- le dijo -Nich ¿Estás... sudando?- preguntó al reparar en sus cabellos pegados a su frente. El hombre no levantó la vista. Por tanto, ella se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. -Nicholas, háblame, por el Sol-
-Estoy bien. Estoy bien- repitió nervioso.
-¿Estas enfadado?- quiso saber la chica, que repeinó los cabellos de su pareja hacia atrás
-No-
-¿Entonces por qué estas así? Tienes mal aspecto- prosiguió, tomándole el rostro entre las manos para observarle mejor. Estaba pálido y tenía los ojos húmedos. De repente, movió la cabeza y se zafó del cariño de su chica.
-¡Te he dicho que estoy bien!- aquel gritó, tomó por sorpresa a la mujer, que simplemente calló y apartó sus manos de él. Quizás estaba algo borracho, quizás le había sentado algo mal o... verdaderamente estaba furioso por la ausencia de la chica. Si ese último era el caso, lo que tenía que contarle solo aumentaría su rabia. Porque Rose, no aguantaría sin decirle la verdad, sin ser totalmente sincera.
-Vale... Nicholas... tengo que contarte una cosa- dijo. Al hombre se le encogió la barbilla al oír aquellas palabras, por alguna razón. -En el salón había alguien que tenía una máscara idéntica a la tuya. Y sus ropas... también eran muy similares. Debí fijarme mejor-
-¿Por qué?-
-Porque... me tomó la mano para bailar y pensé que eras tú, así que bailé con él... Me estaba mirando de aquella forma y... yo pensé...-
-¿Bailaste con un hombre que no era yo? ¿Te apegaste a un hombre que no era yo?- preguntó de repente con una rabia extrañísma, mirándola por fin.
-Y... después de eso fui con él a una habitación. Yo... yo solo quería cariño. No sabía que no eras tú... y le besé- de repente, se hizo el silencio entre ambos. Nicholas apretó con fuerza los puños. Las manos le temblaron. Se estaba conteniendo.
-¿Como... como has podido?-
-Ha sido una confusión, te lo he dicho-
-¿Tal ha sido la confusión que ni si quiera has sabido reconocerme tras una máscara?-
-¡Nich! ¡Tú y yo nunca nos hemos besado! ¡No lo sabía!-
-¿Así que se debe a eso no?- al preguntar aquello, Nicholas tomó a Rose del cuello y se la acercó hacia sí. Estampó sus labios contra los de la chica y la obligó a abrir la boca usando su lengua. La besó con rudeza, de una forma violenta, penetrando en su boca como si sólo fuese de él. Rose intentaba separarse, pero él no la dejaba. Continuó besándola, mordiéndole los labios, hasta que finalmente se retiró  -Quédate bien con lo que has sentido, Rose. Y no lo olvides- Al oír aquello, Rose le dio una bofetada en el rostro. Estaba impactada por aquel comportamiento y no se le ocurrió otra manera de expresarse. Después, se puso en pie y se marchó.

Entró de nuevo a su hogar, derramando algunas pequeñas lágrimas imperceptibles. Laura la recibió, pues era la encargada de despedir a los invitados que ya empezaban a marcharse. -Rose, cielo. ¿Estás bien?-
-Voy a la habitación- contestó sin más, subiendo las escaleras y negándose a despedirse de aquellos que habían asistido a la fiesta en su honor. Al llegar a su habitación, se echó sobre la cama y hundió el rostro en la colcha. Todo había salido... demasiado mal.

A altas horas de la noche, la casa se quedó vacía por fin. Todos se fueron, incluso los miembros de la Guardia. El hogar de los Miller estaba en silencio. Todo, a excepción de la habitación de Benedict. El Lord Gobernador se estaba desvistiendo, dejándose únicamente los calzones y una camiseta interior. Suspiraba cansado. El día había sido demasiado largo y los efectos del alcohol, poco prolongados. De repente, la puerta de su habitación se abrió, y no necesitó volver el rostro para saber de quien se trataba. -¿Rose está durmiendo ya?-
-Creo que sí. Antes se negaba a abrirme la puerta de su habitación. Ahora no la escucho- respondió Laura.
-Bien-
-Ha sido una noche muy larga, señor-
-Demasiado. Pero me preocupa que la ha llevado a tomar una decisión así. Los invitados se han quejado de su desaparición. Es su fiesta, y por tanto, su responsabilidad son ellos. Ha sido muy maleducado el gesto de marcharse sin más-
-No la reprimas... es joven. Su comportamiento es normal-
-No lo sé, Laura. Yo también fui joven y crecí en los valores que debía mostrar. Quizá me equivoqué enviándola a Hardev. Quizá no debí darle ese capricho-
-Sigues siendo joven, Benedict...- dijo la mujer, acercándose a él. -Pero sois distintos. Ella es... libre de elegir sus actos-
-¿A caso yo no lo soy?-
-Ella piensa que no- sonrió -Demasiado trabajo, demasiadas reuniones...-
-Ya... eso me temía- tras decir aquello, se sentó en el borde de la cama. -No quiero reprimirla. Ella es mi tesoro, mi vida. Me duele corregirla, pero...-
-¿Y yo? ¿Que soy yo?- sonrió de forma pícara la mujer, colocándose frente al hombre y soltando sus cabellos rojizos. Benedict no pudo evitar sentirse embelesado por aquella belleza, una noche más.
-Diría que... algo así como un regalo-
-Poca cosa...- bromeó -...Para alguien que te colma de deseos cada noche-
-Oh, Laura...-
-Quizás... ella se parece a mí-
-Es posible...-
-La he visto desnuda... se parece a mí- continuó. Esta vez, levantó su vestido, revelando su mayor intimidad. Laura no llevaba ropa interior puesta, y eso, estimuló cada sentido del Lord Gobernador, quien no quitó ojo de su sexo preparado. Sin embargo, aquel comentario, fue demasiado incómodo y Benedict consiguió pestañear.
-Dijimos que no...-
-Lo sé, lo sé. Sólo quería que lo supieras- Al acercarse al hombre, se sentó sobre él, sacando de entre sus calzonas su miembro, estimulándolo.
-Laura...-
-Benedict... no me gusta el Abad. A Rose tampoco. Nos sentimos incómodas cuando le invitas a comer. ¿Me prometes que no vendrá mas?- preguntó susurrándole al oído.
-Está... está bien...-
-Bien...- sonrió la chica, paseando el miembro entre sus labios, llenándolo de sus fluidos. Benedict se estaba volviendo loco. -Muy bien... mi amor...- y sin más, se lo introdujo. Movió las caderas de forma feroz y los gemidos de la mujer, apagados, resonaron por toda la habitación. Era un secreto. Nadie debía saber la verdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario