El cielo estaba nublado como era costumbre, y estaba bastante oscuro. Aún así no parecía amenazar tormenta, no de momento, o al menos no en el cielo. A esas horas de la mañana, muchos hombres y mujeres de distintas clases sociales caminaban por las estrechas calles de Sunkirk, aquella gran urbe de edificios altos, estrechos y muy unidos unos con otros. Aquellos que paseaban por las calles era su gente. Los que caminaban o eran muy pobres, prácticamente indigentes, u obreros de clase media que no habían conseguido limpiarse las manchas de carbón de las manos o la ropa, no del todo. Tanto ellos como ellas trabajaban por igual, aunque no en las mismas condiciones. Mientras hombres solteros o maridos con cargas familiares iban por las calles pensando en sus próximas labores del día siguiente y en cuanto los dolía la espalda, ellas pensaban en sus hijos, si tenían, y en sus dolores propios por el trabajo como por el mero hecho de ser mujer y padecer una vez al mes, sin embargo, se les sumaba el miedo. El miedo a sus propios compañeros de trabajo, el miedo a sus jefes. Mientras los hombres a veces volvían manchados de carbón, de grasa, quemaduras o alguna herida, ellas a veces volvían con marcas en la piel imborrables e invisibles. Una mano que se estrella con furia contra sus nalgas. Unos dedos furtivos que tratan de colarse en el mono de trabajo. Unas manos crueles que aferran sus pechos, unas lenguas pérfidas que lamen sus cuellos desde detrás... Y aún así, las mujeres más pobres, las más indigentes, suplicaban por un trabajo en el que el acoso sexual fuese simplemente ese. Las prostitutas callejeras o de lupanar también se dirigían por el mismo camino que todos aquellos. Todos hacia la gran Abadía de Cousland, en pleno centro de la ciudad. Un edificio alto, ancho, en mitad de una gran plaza, con un techo abovedado cuyas tejas eran doradas para reflejar los rayos del sol, aunque Sunkirk, a pesar de su nombre, no era precisamente la ciudad más soleada del Archipiélago Dummer del Imperio. Allí en la entrada de la Abadía hombres y mujeres se volvían de una misma clase social, solían decir los clérigos y sacerdotes. Allí todos oían la misa, las sabias palabras, la verdad de Oath, el Señor, creador del Sol y dador de vida, la gran y única virtud en la tierra y en el cielo, aunque las palabras se las llevaba el viento. Era y estaba muy claro que la clase alta, los máximos estamentos, ni siquiera llegaban andando. Los coches, vehículos, armatostes de acero a cuatro ruedas alimentados por enormes generadores de energía creados a base de combustible de carbón y grasa de ballena, delfín y peces en general, portaban a los más ricos con suna comodidad, alejados de la humedad, el barro, los charcos de agua sucia y el hedor de la muchedumbre tras tantas horas de trabajo nocturno. Era de buena mañana y la omilía estaba por comenzar, sin embargo, no daba su inicio hasta que el último de los más ricos tomase asiento. Dentro, además, también se los separaba. Delante estaban las familias adineradas. Los bancos de los ricos se separaban con los de la clase media por una pared de barrotes que llegaban a medir casi 5 metros de altura. Tras los trabajadores de clase media, también había una pared de barrotes alta, del mismo tamaño, que los separaba de los mendigos. Lo llamaban equidad, aunque sólo servía para caldear el ánimo de los presentes. Aquella mañana, sin embargo, George Monnet juraba que iba a ser diferente. George era un humilde trabajador, soltero, sin ninguna expectativa para el futuro en cuando vida amorosa y mucho menos para éxitos personales. Llevaba trabajando desde los 20 años, y antes de eso había vivido en las calles como una sucia rata más. Había comido basura, había bebido agua de los charcos. Había aceptado el amor de las putas más viejas y andrajosas por tener un poco de calor en las noches, incluso de aquellas infectadas con terribles afecciones, toda aquella que también necesitase algo de amor, un bien que escaseaba tanto como el sol en Sunkirk, en aquellos tiempos. Tanto se necesitaba, de hecho, que aquellas tan deseosas de cariño, tan rotas de soledad, ni siquiera cobraban algunas sesiones. George estaba harto de todo eso. El recuerdo de esos días le perseguía de forma incansable y no podía tolerar el cómo se les seguía tratando, el cómo, a pesar de encontrarse en la esfera de la clase media, seguía sintiéndose una mierda en comparación con la vida que llevaban los buenos ricos. Aquella mañana estaba en la Abadía como todo el mundo, pero no estaba allí para rezar, ni para clamar a Oath, ni para oir un simple y aburrido sermón. Estaba allí porque así juró lealtad a los Insurrectos, los verdaderos hijos de Sunkirk, los que luchaban y morían en las minas, o en el mar, o construyendo edificios. Los que vertían sangre por la ciudad. A aquellos a los que verdadermanete pertenecía la ciudad... ¡Y todo el Imperio!
-En pie- dijo la solemne voz de un clérigo. Todos los presentes, que eran muchos, obedecieron -Entra el excelente Abad Salomon Thorren- y dicho su nombre, el hombre apareció. Era alto, mayor, aunque no lo aparentaba en exceso. Tenía un gesto adusto, severo, una mirada celeste que calaba hasta los huesos y un cabello rubio repeinado hacia detrás. Ataviado con unas elegantes ropas blancas, prácticamente un traje de gala, parecía una figura terriblemente alejada de la idea de cualquier dirigente de organización religiosa, sino un hombre de negocios verdadermanete poderoso
-En nombre de Oath, el verdadero Señor, volvemos a reunirnos aquí, hijos del sol- dijo el hombre ante un atril, donde un libro dorado brillaba a la luz de algunas velas -Y aquí congregados bajo su calidez y su luz, prestamos saludos a un nuevo día lleno de bendiciones, sólo para ser una vez más protegidos por su Magnífica Presencia, del mal que en silencio nos asola- chasqueó la lengua -Pues son las hijas del caos aquellas malvadas que quieren corrompernos. Y somos nosotros, los hombres, quienes cargamos el mayor de los pesares. Pues juegan con su fruto, juegan con sus dones, para tentarnos y atraernos hacia el lado más oscuro ¡Pues es sabido que el sol brilla alto en el cielo y nosotros, necios hombres, hemos eregido donde su luz divina no puede llegar! Y de la sombra en la que nos cobijamos... vinieron ellas-
Había comenzado oficialmente la verborrea. George sabía que había llegado el momento. Todos los feligreses estaban absortos ante el carisma y la presencia que poseía Salomon y decidió que aquel sería el momento oportuno. De su chaqueta extrajo un pequeño cilindro, relleno con grasa combustible refinada lista para su uso. Un material extremadamente volatil e inflamable. Sólo necesitaba hacerlo estallar y morirían decenas, sino más ¡Quizá una centena! Pero... tal vez así el Lord Gobernador y la Guardia prestasen atención a la extrema necesidad que sufrían muchos, tanto la clase obrera como los indigentes. Las manos le sudaban y le temblaba la mandíbula. Trataba de calmarse mientras Salomon hablaba sin cesar y maldecía una y mil veces a las brujas y al Hereje, aquella entidad, aquella falsa deidad a la que ellas veneraban. Un dios oscuro, que decían era el padre de sus poderes. Ellas eran pesadillas vivientes, capaces de llevar a cabo actos terribles... pero a los ojos de George, quizá no eran más que otra minoría que sólo quería vivir en paz. Y sin embargo eran perseguidas, torturadas y brutalmente asesinadas por la Abadía y la Inquisición. Debía acabar, no podía continuar así. Los Insurrectos eran el futuro, la única esperanza que le quedaba a Sunkirk y a su buena gente. George se puso en pie con rostro macilento. Anduvo despacio, sin llamar demasiado la atención. No eran pocos los que solían ponerse en pie y caminaban, a veces para salir, otras veces para estirar las piernas o para acercarse más a los barrotes de los ricos. Sin embargo George no se detuvo. Cruzó el umbral de los barrotes y las miradas comenzaron a posarse en él, sobre todo la de Salomon, que no hizo comentario alguno al respecto al comportamiento del individuo y aquello, más que nada, enfureció a George. La egolatría de Salomon y la Abadía, la indiferencia y desprecio de los ricos, la envidia mal sana de los más desfavorecidos aunque los trabajadores los tratasen con amabilidad... La mandíbula se le tensó y apretó con fuerza los dientes. Frunció el ceño y por fin, alzó la voz alzando el cilindro de grasa destilado -¡Por la libertad del alma! ¡Por y para los hijos de Sunkirk!- gritó a punto de accionar un pequeño pulsador en el cilindro que hubiese prendido el interior y lo hubiese hecho estallar como la bomba que era. Sin embargo hubo un inmenso silencio, sólo se oyeron silbidos que no fueron de ningun ser humano. La gente seguía prestando atención a Salomon de forma obscena, sobre todo los ricos. George estaba en el suelo, gritando. En su mano había un virote atravesado, así como en sus rodillas. Aparecieron, casi como de la nada, tres Inquisidores encapuchados. Uno de ellos portaba la ballesta. Arrastraron a George fuera de la Abadía y su destino fue desconocido para el resto de la gran urbe de Sunkirk.
El interrogatorio duró más de una hora y ni siquiera le hicieron una pregunta. George apenas podía ver con claridad lo que había ante sus ojos tras la tremenda paliza que le habían dado. Su cara estaba desajustada. Un ojo estaba completamente cubierto por la hinchazón de la cara, aunque posiblemente se lo rebentaron a golpes aún así. Apenas le quedaba labio en la parte superior de la boca. La nariz estaba torcida en un ángulo terrible y chorreaba sangre por varios ángulos en los que casi le asomaba el tabique nasal. Le habían cortado las puntas de los dedos tras haberle arrancado las uñas al igual que una oreja y en el cuerpo chorreaban varias heridas de laceraciones con cuchillos. Tras aquella interminable tortura de una hora que se hizo eterna para George, por fin, se dejó ver el capitán de la Guardia Jacob Marlow. Se sentó en una silla del revés que puso ante el prisionero, apoyado con los brazos en el respaldo. Tenía una expresión seria pero sus ojos eran divertidos y burlones. La barba poco común en la moda de la ciudad era algo espesa y desarreglada. Junto a la complexión dura y fuerte del hombre, con apenas 39 años, era increiblemente intimidante -Tienes suerte incluso de que la Inquisición te entregase a la Guardia, George- arrojó un papel de identificación a las rodillas del hombre -¿Te cansaste de tener un trabajo digno y has decidido atentar contra la vida de inocentes? ¿Y en plena Abadía? Tienes huevos. Muchos huevos- sonrió -Ojalá alguno de mis hombres tuviesen tantos huevos como tú- George intentó decir algo, pero la lengua la tenía inflamada y le dolía la boca -Veo que te queda voluntad para sacar voz de esa garganta tuya. Mira... si vas a decir una palabra, te ofrezco una opción que te hará salir de aquí con algún que otro hueso sano- le miró al único ojo visible -¿Quién contactó contigo?- preguntó siseante, amanenazador, inclinado como un león agazapado -¿Quién fue el contacto de los Insurrectos? Di su nombre. Di el nombre del líder de esas ratas de alcantarilla, di algo, lo que sea, George... incrimínalos y saldrás de aquí- George respiró hondo durante unos segundos y miró a Marlow -Vamos, hombretón, dilo- George dolorosamente se inclinó hacia Marlow y el capitán esperó por fin algo de información
-Mi...- dijo con la voz grave, como si tuviese comida en la boca -Mi fonfacto fue...- Marlow asintió
-Vamos, confía en nosotros. Velamos por tu seguridad- sonrió
-Mi fonfacto fue la forra de fu madre...- empezó a reir -Muerefe Farlow- concluyó, esputándole sangre al capitán en la cara -Muerefe fu... y fofa fu familia... hifo fe futa... ¡HIFOS FE FUTAAAA!- gritó, finalmente. Marlow se puso en pie y chasqueó los dedos, caminando hacia la puerta
-Gracias por tu colaboración, George Monnet- se limpió la sangre con un pañuelo -Lamento no poder dedicarle más tiempo pero tengo asuntos que atender. Mis soldados le traerán un refrigerio para aclarar su garganta, su sed y sus ideas. Pasa un buen día- dijo elegantemente educado antes de partir, viendo como un soldado pasaba con un contenedor similar a una botella. Marlow sabía lo que había dentro, pero no podía quedarse a presenciarlo. Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, empezó a oir un grito agonizante, terrible, proviniente de la sala de interrogatorios, de George. Le habían abierto la boca con cuidado, fingiendo darle algo de agua. Y lo que vertieron en su boca, su gaznate, esófago y hasta llegar a la barriga, fue un aceite hirviendo hasta temperaturas insospechadas.
En otro lugar, en otro momento, Benedict Miller se encontraba sentado en el enorme butacón de su despacho, con la cabeza descansando en el respaldo y los brazos bien estirados en los reposabrazos. Estaba cansado, agotado, de trabajar con distintos papeleos de distintas índoles. Transportes, tratados, leyes, asuntos de la Guardia, asuntos de la Abadía... la cabeza le iba a explotar y no había nada mejor para relajarse que un pequeño momento de exparcimiento. El hombre soltó un profundo y largo suspiro antes de encoger la barbilla y fruncir el ceño. Contuvo la respiración y convulsionó muy ligeramente hasta por fin, soltar el aire y respirar un tanto agitado. Finalmente... sonrió. Bajó la mirada para ver a una hermosa, sensual y definitivamente atractiva chica entre sus piernas, relamiéndose los labios, limpiando el cualquier menor rastro de semen que pudiese habérsele quedado en las comisuras o en la boca tras el orgasmo del hombre. No había apenas diferencia de edad entre Benedict y la chica, que era su criada, pero sin embargo ella aparentaba ser muchísimo más joven que él. Había envejecido muy, muy, muy bien, pensaba el hombre. Manteía esa mirada felina, esa forma de sonreir. Conservaba los pechos firmes, redondeados, duros y bien juntos como a él le gustaban y unas piernas de infarto. El hombre se guardó el pene una vez ella se puso de pie, acicalándose un poco el traje de criada -¿Alguna vez dejarás de hacerme feliz, Laura?- preguntó el hombre con una sonrisa afable, de forma retórica
-Que me corten las manos si dejara de hacerlo, señor- dijo ella, coqueta, meciéndose el pelo
-Sería una lástima... pero tienes tantas formas de feliz, no sólo con las manos...- rió pícaro
-Lord Gobernador- dijo de pronto una voz, abriendo la puerta. Benedict miró con dureza a Marlow
-Osadía, capitán ¿Llamar es algo desconocido para alguien como tú?- regañó
-Lo lamento, Lord Gobernador- la mirada del capitán pasó del hombre a la mujer. Las formas de sus piernas y sus redondeadas nalgas se remarcaban incluso en el traje de criada. Benedict carraspeó
-¿Qué quieres, capitán?- suspiró con paciencia
-El barco está por llegar. Apenas en una hora- dijo asintiendo, dejando de mirar a la chica, que a espaldas del Lord Gobernador le sonreía pícara y se mordisqueaba una uña traviesa
-Mi querida niña...- pensó en voz alta -Por fin... ¡Ah, qué gran día!- Benedict se puso en pie -Laura, querida, por favor, ten preparada la habitación de mi hija ¡Oh! Y prepárame aquello que te conté, lo de la fiesta- Laura asintió obediente. Sus melenas del color del fuego parecían una llama danzante cuando movía la cabeza
-¿Fiesta, Gobernador?- preguntó Marlow caminando junto al Lord Gobernador mientras enfilaban el pasillo
-Una fiesta de bienvenida en honor a mi hija. Además, su cumpleaños está a la vuelta de la esquina, por lo que será motivo más que suficiente- rió orgulloso
-Señor, creo que es conveniente que sepais que ha habido un nuevo intento de atentado en la Abadía. Esta mañana. Un trabajador de los muelles. George Monnet, se llamaba- informó
-Malditas alimañas- terció Benedict, suspirando -Esos Insurrectos...-
-El culpable no ha querido hacer declaraciones en su contra. Quizá era un aislado, por su cuenta-
-No... la gente es buena, capitán- apuntó Benedict, llegando por fin a la entrada de la mansión Miller junto al capitán, rumbo al coche de la familia. Los más adinerados podían elegir entre ir en un coche de caballos o en un coche motorizado por generador de energía. Solían elegir siempre la segunda opción porque la seguridad era mucho mayor, además de ser más rápido. Sin embargo se conservaban los caballos por la tradición y el placer de las pequeñas cosas, como solían decir -Sunkirk es... una buena ciudad- recapacitó observando la gran urbe desde el patio de la mansión, junto al vehículo -Esta gran ciudad y sus buenas gentes sólo están confusas. Por alguna razón creen que estamos por encima, que los tratamos como basura, que son inferiores, y no es así-
-Claro que no, señor- confirmó Marlow conteniendo la risa de forma magistral
-Son las alimañas, esos mequetrefes buenos para nada que se alimentan del odio y del miedo, son esos quienes envenenan las mentes de la buena gente. Insurrectos ¡Ja! Sólo su líder es quien merece perderse en las profundidades del oceano y dejarlo a merced del Hereje, si es que existe esa falacia ¡Porque esas son otras! Las malditas brujas y sus... maldades. De ellas debió de venir la idea de los Insurrectos- montó en el coche y Marlow le siguió, a su lado -Hacia los muelles- indicó al chófer y el vehículo se puso en marcha
-Sin querer contrariaros, Lord Gobernador, opino que no debemos de perder de vista aún así los indicios. Cada vez aumentan más y más los escándalos. Hay altercados que ni siquiera vos sois capaces de escuchar desde la comodidad de vuestra mansión. No os ofendáis- dijo educadamente
-No me ofendo, amigo mío. Pero oh... ¿Qué puedo hacer? Soy sólo un Lord Gobernador. Dirijo esta isla con toda la magnanimidad que soy capaz de ofrecer a mi gente. Hay asuntos que quizá sólo el Emperador de las Islas pueda solucionar-
-Aunque parte de un Imperio, el Archipiélago Dummer siempre ha sido autosuficiente y aún más lo ha sido Sunkirk. No he tenido conocimientos de eventos similares en otras islas, de forma que debemos tomar decisiones, Lord Gobernador. Y ahora que vuestra hija viene de vuelta a casa, quizá sea el momento de tomar decisiones-
-¿Qué decisiones, Jacob?- le miró arqueando una ceja
-Otorgadnos un mayor poder a la Guardia, mayor custodia, mayor independencia. Los Inquisidores de la Abadía luchan contra las brujas cuando deciden mostrarse en público y les dan caza, sin embargo nosotros no gozamos de la oportunidad de meter las manos en los asuntos de la Insurrección hasta que un altercado ha estallado o está a punto de estallar. Señor, si los Inquisidores de la Abadía no hubiesen estado atentos a la seguridad del Abad Salomon, habrían muerto cientos esta mañana- explicó solemne
-¿Pero qué incluye esa libertad, Jacob? ¿Interrogatorios a gente inocente? ¿Sonsacar información a trabajadores cansados con la espalda rota? ¿Confiscar bienes que no han sido robados? ¿Allanamientos de morada?- se desesperó
-Más vale prevenir que curar ¿No ha sido siempre ese el dicho?- asintió
-He de meditarlo-
-Pero... señor...-
-He dicho que he de meditarlo- insistió y concluyó, con voz severa
-Sí, señor-
Allí, en el muelle, un gran barco había atracado por fin. Decenas y decenas de pasajeros desembarcaban siguiendo una larga pasarela, reuniéndose con sus familiares. Obviamente, la inmensísima mayoría eran familias ricas. No había una sola mano llena de hollín, grasa, sangre o carbón en toda la zona llena de familias felices. El Lord Gobernador aguardaba custodiado por Jacob Marlow y el chofer a ver aparecer a su hija, con un aspecto para nada parecido al que recordaba. Aquella chica que se acercaba, con pantalones y un pronunciado y atractivo escote, había crecido más de lo que esperaba. Jacob Marlow clavó los ojos en ella con la avidez que un perro hambriento roe un hueso. La recordaba, oh sí. La hija del Lord Gobernador. Era hermosa allá con sus 15 o 16 años, cuando comenzaba a ser una muchachita. Ya en aquel entonces Marlow estaba prendado de ella. Ahora pareció ser un flechazo de nuevo. Se dijo a sí mismo que cambiaría a todas las mujeres que han pasado por su cama sólo por ver desnuda unos instantes a la joven Miller, pero esas ideas debieron permanecer ocultas en el sótano de sus secretos y observó, con una sonrisa, cómo padre e hija se fundían en un feroz y cariñoso abrazo.
No muy lejos de allí, sobre los tejados de un alto edificio, una figura oscura observaba el puerto y el gran barco que acababa de atracar. Iba vestido con una larga chaqueta negra al igual que los pantalones. Sobre las ropas, de por sí, llevaba una capa negra que le envolvía casi por completo el cuerpo y una capucha. En el pecho había una marca que señalaba que antes, ahí, había un emblema cosido. El emblema de la Inquisición. El hombre que observaba desde las alturas se quitó la capucha por un instante y sintió el viento, que arrastraba un dulcísimo olor a lluvia, agradable como siempre, capaz de apagar el embotador hedor a humo, grasa y pestilencia que había en las calles, sobre todo cerca del puerto, donde mataban indiscriminadamente ballenas, delfines, focas y cualquier tipo de animal que pudiera servir para usar su grasa. A espaldas del hombre, se materializó lentamente una sombra, como una nebulosa de colores negros y grises, hasta tomar la forma de un medio cuerpo humanoide fundido con las sombras, encapuchado y sin rostro, toda una entidad viva cuya presencia era una túnica. El innombrable, el Sin Nombre, el Hereje, le acompañaba siempre donde iba -¿Ese es el barco?- preguntó Crow, con voz seria y mirada afilada
-Ah, sí... la nave del destino ha llegado a las islas- dijo con voz tenebrosa el Hereje, algo sarcástico -¿Qué harás Crow?-
-Seguir tus lecciones- terció, ofuscado -Como siempre hago. Como siempre, al no quedarme más remedio-
-Siempre tienes elección...- rió perversa la oscura figura encapuchada
-Seguir tus órdenes o morir- lo miró -No son opciones que me gusten. Ninguna de las dos-
-Pero son dos opciones distintas, a fin y al cabo- concluyó -Y de ser así... busca entonces el hilo del destino, Crow- indicó -Por fin has encontrado un rastro para perseguirlo- Crow se puso la capucha de nuevo y se preparó para dirigirse al puerto -Pero recuerda- se burló el Hereje -Ser el gato que persigue al ratón te da la ventaja, pero no confundas la cola del ratón con el hilo de un ovillo que te aparte de tu camino- la sombra se desvaneció, dejando solo a Crow
-Maldito seas...- bufó, mientras una marca en el dorso de la mano de Crow emitió un prístino destello azulado. Crow estalló en una nube de sombras, deshaciéndose por completo en el aire. Había dado comienzo su búsqueda.
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