Rose salió corriendo de la habitación, siguiendo los pasos de aquel hombre desconocido con el que había tenido una enorme confusión. Mas al buscarlo entre el gentío, comprobó que lo había perdido totalmente de vista. Miró de un lado para otro y no encontró aquellas pintas, tan similares a Nicholas. De repente, el corazón se le desbordó. Se puso tan nerviosa, que sintió como su corazón bombeaba con una fuerza terrible, provocándole unas nauseas incontrolables. ¡¿Pero donde diantres estaba Nicholas entonces?! En vez de quedarse quieta y sumirse en la resignación, continuó con sus acelerados pasos. Bajó hacia el salón donde se congregaba la mayoría de los invitados. Los miró detenidamente, intentando hacerlo de forma tranquila, pero ni rastro de su pareja. Allí estaba su padre con las mejillas rosadas de alcohol, incluso el Abad. Pero no estaba Nic. Por un momento, sintió como la tomaban del brazo y la obligaban a dar un paso atrás. Cuando Rose miró a sus espaldas, descubrió que se trataba de Jacob. El capitán Marlow había aguardado toda la noche en la misma esquina postrado, custodiando la seguridad de toda la fiesta y dando ordenes a sus hombres. Debía velar por todo, incluso por la chica. -¿Estáis bien?- preguntó mirándola a los ojos. La chica no podía contener su mirada. Lanzaba vistazos de un lado para otro, inquieta.
-No, no estoy bien. ¿Habéis visto a Nicholas?-
-Hace bastante rato que no. Pensé que estaría con vos-
-No... no está conmigo-
-¿Queréis que ordene su búsqueda?-
-No, no... no hay que molestarse. Debe estar aquí, en casa. Por el Sol... todo esto es culpa mía-
-¿Que es culpa vuestra?- preguntó el capitán entornando los ojos, sin entender. La chica no prestó atención a su pregunta. Simplemente, se marchó -Esperad ¡Rose!-
La mujer se retiró de la zona de baile. Estaba claro que Nicholas no se encontraba allí. Se fue hacia la entrada, y una vez allí, abrió las puertas para salir al jardín. El aire fresco y húmedo de la noche inundó sus pulmones. El cielo amenazaba con romper a llover en cualquier momento, lo que embarraría los suelos de todo Sunkirk y dotaría a la ciudad de su aspecto más lúgubre posible. Rose caminó por el cesped hasta llegar a la fuente que había rodeada de rosales. Y allí estaba él. -¡Nicholas!- le llamó por fin, acelerando el paso para llegar rápida hasta él. El joven, por su parte, estaba extraño, y eso fue algo que Rose notó conforme se acercaba. Estaba sentando sobre el mármol, flexionado hacia delante. Ocultaba el rostro entre las manos y movía un pie de forma constante. -Nicholas... lo siento mucho. ¿Donde estabas? Yo... ha pasado algo muy raro. Nich...- le dijo -Nich ¿Estás... sudando?- preguntó al reparar en sus cabellos pegados a su frente. El hombre no levantó la vista. Por tanto, ella se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro. -Nicholas, háblame, por el Sol-
-Estoy bien. Estoy bien- repitió nervioso.
-¿Estas enfadado?- quiso saber la chica, que repeinó los cabellos de su pareja hacia atrás
-No-
-¿Entonces por qué estas así? Tienes mal aspecto- prosiguió, tomándole el rostro entre las manos para observarle mejor. Estaba pálido y tenía los ojos húmedos. De repente, movió la cabeza y se zafó del cariño de su chica.
-¡Te he dicho que estoy bien!- aquel gritó, tomó por sorpresa a la mujer, que simplemente calló y apartó sus manos de él. Quizás estaba algo borracho, quizás le había sentado algo mal o... verdaderamente estaba furioso por la ausencia de la chica. Si ese último era el caso, lo que tenía que contarle solo aumentaría su rabia. Porque Rose, no aguantaría sin decirle la verdad, sin ser totalmente sincera.
-Vale... Nicholas... tengo que contarte una cosa- dijo. Al hombre se le encogió la barbilla al oír aquellas palabras, por alguna razón. -En el salón había alguien que tenía una máscara idéntica a la tuya. Y sus ropas... también eran muy similares. Debí fijarme mejor-
-¿Por qué?-
-Porque... me tomó la mano para bailar y pensé que eras tú, así que bailé con él... Me estaba mirando de aquella forma y... yo pensé...-
-¿Bailaste con un hombre que no era yo? ¿Te apegaste a un hombre que no era yo?- preguntó de repente con una rabia extrañísma, mirándola por fin.
-Y... después de eso fui con él a una habitación. Yo... yo solo quería cariño. No sabía que no eras tú... y le besé- de repente, se hizo el silencio entre ambos. Nicholas apretó con fuerza los puños. Las manos le temblaron. Se estaba conteniendo.
-¿Como... como has podido?-
-Ha sido una confusión, te lo he dicho-
-¿Tal ha sido la confusión que ni si quiera has sabido reconocerme tras una máscara?-
-¡Nich! ¡Tú y yo nunca nos hemos besado! ¡No lo sabía!-
-¿Así que se debe a eso no?- al preguntar aquello, Nicholas tomó a Rose del cuello y se la acercó hacia sí. Estampó sus labios contra los de la chica y la obligó a abrir la boca usando su lengua. La besó con rudeza, de una forma violenta, penetrando en su boca como si sólo fuese de él. Rose intentaba separarse, pero él no la dejaba. Continuó besándola, mordiéndole los labios, hasta que finalmente se retiró -Quédate bien con lo que has sentido, Rose. Y no lo olvides- Al oír aquello, Rose le dio una bofetada en el rostro. Estaba impactada por aquel comportamiento y no se le ocurrió otra manera de expresarse. Después, se puso en pie y se marchó.
Entró de nuevo a su hogar, derramando algunas pequeñas lágrimas imperceptibles. Laura la recibió, pues era la encargada de despedir a los invitados que ya empezaban a marcharse. -Rose, cielo. ¿Estás bien?-
-Voy a la habitación- contestó sin más, subiendo las escaleras y negándose a despedirse de aquellos que habían asistido a la fiesta en su honor. Al llegar a su habitación, se echó sobre la cama y hundió el rostro en la colcha. Todo había salido... demasiado mal.
A altas horas de la noche, la casa se quedó vacía por fin. Todos se fueron, incluso los miembros de la Guardia. El hogar de los Miller estaba en silencio. Todo, a excepción de la habitación de Benedict. El Lord Gobernador se estaba desvistiendo, dejándose únicamente los calzones y una camiseta interior. Suspiraba cansado. El día había sido demasiado largo y los efectos del alcohol, poco prolongados. De repente, la puerta de su habitación se abrió, y no necesitó volver el rostro para saber de quien se trataba. -¿Rose está durmiendo ya?-
-Creo que sí. Antes se negaba a abrirme la puerta de su habitación. Ahora no la escucho- respondió Laura.
-Bien-
-Ha sido una noche muy larga, señor-
-Demasiado. Pero me preocupa que la ha llevado a tomar una decisión así. Los invitados se han quejado de su desaparición. Es su fiesta, y por tanto, su responsabilidad son ellos. Ha sido muy maleducado el gesto de marcharse sin más-
-No la reprimas... es joven. Su comportamiento es normal-
-No lo sé, Laura. Yo también fui joven y crecí en los valores que debía mostrar. Quizá me equivoqué enviándola a Hardev. Quizá no debí darle ese capricho-
-Sigues siendo joven, Benedict...- dijo la mujer, acercándose a él. -Pero sois distintos. Ella es... libre de elegir sus actos-
-¿A caso yo no lo soy?-
-Ella piensa que no- sonrió -Demasiado trabajo, demasiadas reuniones...-
-Ya... eso me temía- tras decir aquello, se sentó en el borde de la cama. -No quiero reprimirla. Ella es mi tesoro, mi vida. Me duele corregirla, pero...-
-¿Y yo? ¿Que soy yo?- sonrió de forma pícara la mujer, colocándose frente al hombre y soltando sus cabellos rojizos. Benedict no pudo evitar sentirse embelesado por aquella belleza, una noche más.
-Diría que... algo así como un regalo-
-Poca cosa...- bromeó -...Para alguien que te colma de deseos cada noche-
-Oh, Laura...-
-Quizás... ella se parece a mí-
-Es posible...-
-La he visto desnuda... se parece a mí- continuó. Esta vez, levantó su vestido, revelando su mayor intimidad. Laura no llevaba ropa interior puesta, y eso, estimuló cada sentido del Lord Gobernador, quien no quitó ojo de su sexo preparado. Sin embargo, aquel comentario, fue demasiado incómodo y Benedict consiguió pestañear.
-Dijimos que no...-
-Lo sé, lo sé. Sólo quería que lo supieras- Al acercarse al hombre, se sentó sobre él, sacando de entre sus calzonas su miembro, estimulándolo.
-Laura...-
-Benedict... no me gusta el Abad. A Rose tampoco. Nos sentimos incómodas cuando le invitas a comer. ¿Me prometes que no vendrá mas?- preguntó susurrándole al oído.
-Está... está bien...-
-Bien...- sonrió la chica, paseando el miembro entre sus labios, llenándolo de sus fluidos. Benedict se estaba volviendo loco. -Muy bien... mi amor...- y sin más, se lo introdujo. Movió las caderas de forma feroz y los gemidos de la mujer, apagados, resonaron por toda la habitación. Era un secreto. Nadie debía saber la verdad.
miércoles, 28 de junio de 2017
Y no le hizo esperar demasiado. Rose se dedicó el tiempo necesario para acicalarse y prepararse para recibir a su muy posible futuro esposo, pero quizá por su costumbre en Hardev, no tardó ni la mitad de lo que solían tardar algunas damas en prepararse para salir en Sunkirk, pues era algo que el capitán ya bien conocía. Desde hacía años, a Jacob Marlow, como capitán de la Guardia, se le consideraba un prodigio, habilidoso, fuerte, inteligente y nacido para ser un guerrero y por ello no fue de extrañar que varios de los hombres más nobles y poderosos de Sunkirk quisieran ofrecerle las manos de sus hijas en matrimonio. Jacob no era un hombre dedicado al amor, nunca lo fue, pero sabía que cuando veía a las hermosas descendientes de los señores de la ciudad, no sentía ni el más mínimo ápice de comparación de lo que una vez sintió su oscuro corazón por una joven adolescente llamada Rose Miller. Él mismo se cuestionaba aquellos sentimientos, pues él ya estaba en los 30 cuando la chica alcanzó la adolescencia y su cuerpo se comenzó a formar como el de una joven mujercita y aún así... no lo pudo evitar. Era tan hermosa, tan dulce, tan educada, y cada pequeña forma que la conformaba era terriblemente atrayente ¿Se enamoró? No lo sabía, nunca consiguió responder a semejante pregunta, pero desde que la vio bajar del barco de nuevo, tras tantísimo tiempo, volvieron a aflorar esas emociones. Su simple perfume le hacía soñar despierto, en silencio. Su voz le reconfortaba como la música más hermosa y relajante, así como verla reir, aunque no fuese precisamente con él, le provocaba una irremediable calma en el alma. No obstante, ahora le ardía el corazón cuando la miraba. El simple hecho de verla más madura, inteligente y mordaz la hacía muchísimo más atrayente, por no hablar de su físico completo, terminado, toda una verdadera mujer... una verdadera mujer comprometida con un joven adinerado heredero de la fortuna de papaito que no sabría cuidar de ella ni un sólo minuto si lo dejaran a solas a ambos en las calles de Sunkirk en pleno atardecer.
Sumido en esos pensamientos, Jacob apretaba los puños mientras aguardaba en la salida de la mansión, fumándose un delgado puro cuyo aroma era de por sí exquisito, elegante y distinguido. Precisamente, era un puro de la tabacalera Klainsmoke. En ese momento despreció su hábito de fumar. Decidió que lo cambiaría por una pipa y tabaco casero y no procesado. Daba una profunda calada cuando por fin escuchó los pasos de Rose, que parecía algo nerviosa, a sus espaldas. La acompañaba Laura, para despedir a la señorita en el coche -¿Otra vez en un carruaje motorizado?- bufó la pelirroja -Se han perdido los valores, todos los valores. Nunca tendrá la clase que tiene un coche de caballos-
-¿Es que acaso tú has montado en muchos?- preguntó Jacob con tono aburrido, con intención de abrir la puerta para Rose, aunque ésta se adelantó y con una sonrisa afable le aclaró que ella podía hacerlo por sí misma. Jacob la miró en silencio
-Alguna vez, quién sabe- rió Laura al ver la escena -Qué distinguido sois, capitán. Rose, querida, sé buena con él- le guiñó el ojo a la joven, que le devolvió la sonrisa a Laura
-¿Nos vamos?- Rose asintió y por tanto, él montó en el asiento delantero. Conduciría él. Algo extraño. La seguridad estaba en alza
-Pásalo bien Rose- se despidió con una mano de la chica -Espero que vos también tengáis la oportunidad pronto, capitán Marlow- el tono de voz y la mirada esmeralda estuvieron tan encendidas que Jacob sintió cómo le quemaba en el oido la despedida de la mujer. No dijo nada, sin embargo. Se limitó a encender los motores del generador y puso el vehículo en marcha hacia el puerto.
De camino hacia allí, Rose tuvo una nueva oportunidad de vislumbrar las calles. Esa vez que no iba acomapañada de su cariñoso padre que la alejaba de lo que ocurría en el exterior con su animada charla, pudo darse cuenta de las distintas situaciones que se daban fuera de la mansión. Saliendo de la zona noble, volvieron a pasar por un control. Al parecer, cada entrada y salida estaba rodeada por un fuerte control de la Guardia para asegurar que ninguno de esos llamados Insurrectos pudiese entrar y causar el caos. Luego estaba el resto de la ciudad, de la clase media, los obreros. Algunas calles estaban bien y presentables, como ella las recordaba. Otras parecían dignas de un libro de terror, sucias, andrajosas, con ratas y cucarachas enormes. En algunas había gente durmiendo, tosiendo. Pudo ver meretrices, prostitutas, incluso a plena luz del día. Sunkirk había cambiado bastante, mucho, en aquellos años ¿Por qué? ¿Qué era exactamente lo que había pasado? -Los Insurrectos y las brujas- dijo simplemente Jacob -Estas últimas se mantienen en un perfil bajo desde hace ya bastante tiempo. Rara vez hemos visto u oido de alguna. Parece que se han retirado y sin embargo, eso nos causa aún más inseguridad. No obstante, desde que los Insurrectos se formaron y dieron a conocer, no podemos descansar nunca. Atacan constantemente, no todos los días por supuesto, porque carecen de recursos, pero... cuando lo hacen, ponen en peligro a muchos- bufó -Son un grupo sin escrúpulos. Les da igual matar a 100 de los de su clase obrera, incluso compañeros de trabajo, si así acaban con algunos soldados de la Guardia o algún miembro de las familias nobles. Son unos sádicos- Rose, sin embargo, con una forma de ver las cosas más abierta debido a sus estudios en Harved y su vida en una ciudad distinta, lo veía desde ambos puntos de vista ¿Por qué se tuvo que crear un grupo radical como los Insurrectos? ¿Qué clase de injusticias se llevaron a cabo para que ahora busquen revelarse de forma violenta? -¿Injusticias? Rose, debéis saber bien que vuestro señor padre, el Lord Gobernador, es el gobernante de Sunkirk con más mano blanda de los últimos años. A la historia me remito. Su abuelo, Jeremiah Miller, era considerado un hombre a favor de los trabajadores y los afligidos... y vuestro padre es aún más bondadoso- a Rose no le alcanzaban las ideas a comprender. No podía ser así. Ella misma había estudiado culturas extranjeras y no era la primera vez que oía hablar de insurreciones, rebeldes y resistencias. El punto común entre esas fuerzas de combate siempre era porque había un tirano en el poder que los estrujaba hasta la última gota de sangre. Algo fallaba sin duda, pero Jacob Marlow no parecía por la labor de dar su brazo a torcer. Era de esperar, a fin de cuentas, siendo leal a Benedict. Quizá podría descubrirlo en algún otro momento -¿Puedo haceros una pregunta?- terció entonces Marlow, de pronto -Quizá os resulte un poco... violenta, o consideréis que no es de mi incumbencia pero... ¿Vuestro prometido os trata como merecéis?- aquella pregunta la hizo reir ¿A qué se refería? ¿Qué consideraba él exactamente que ella merecía? La pregunta de la chica le tomó por sorpresa -Considero que merecéis que os hagan feliz, simplemente- Rose era de la opinión de que todos merecían ser felices ¿No podía concretar más? -Yo... bueno- sonrió un poco, le había desarmado con una simple pregunta -Considero que, si me permitís, siempre habéis tenido una sonrisa hermosa y una risa melodiosa. Desde que os conozco, siempre ha sido así, aunque vos no me recordéis del todo bien- señaló el capitán -Pienso que lo que merecéis es que os hagan reir y sonreir todos los días de vuestra vida. Vos lo merecéis. El mundo merece tener vuestra alegría- Rose no supo cómo tomarse semejantes palabras. Quizá se ruborizó un poco. No esperaba de alguien tan serio como Jacob unas palabras tán cálidas y hermosas, a la par que terriblemente sinceras. Incluso la forma en la que le habló en ese instante era tan cálido y cercano que se sintió un poco indefensa en el coche con él, a solas. Se limitó a sonreir, a mirar de nuevo hacia las calles y agradecerle esa opinión. Marlow se conformó con aquella sonrisa, sólo para él.
Cuando llegaron a puerto y el barco atracó, los nervios se palpaban en el ambiente. Jacob se mantenía junto a Rose, que con las manos cruzadas a la altura del pecho, no dejaba de dar pequeños saltitos de puntillas para poder apreciar cuando descendía Nicholas del barco. En el momento en que lo vio, alzó los brazos alegremente para llamar la atención del hombre. Marlow la observaba. Era la única dama en el puerto que se comportaba así. El resto de mujeres que esperaban a alguien simplemente alzaban quizá un pañuelo o esperaban a ser vistas por sus hijos, esposos o familiares de otras tierras. Nicholas por fin la vio y se acercó a ella a paso ligero, fundiéndose ambos en un abrazo que hizo que Marlow apartase la mirada hacia el enorme armatoste de acero que era el barco y el espeso humo que salía de sus chimeneas. Cuando se separaron, inspeccionó a Nicholas. Tenía un peinado extraño, más largo en la parte superior de la cabeza y muy corto por los alrededores y parte posterior. Un guardapolvo marrón, una camisa blanca y unos pantalones negros. Extremadamente sencillo para alguien de su cuna -Estás preciosa, mírate... siento que hacía un siglo que no te veía- dijo cariñoso, besándole la frente. Jacob carraspeó -¿Viene contigo?- Rose lo presentó como el capitán de la Guardia de Sunkirk, Jacob Marlow -¿Sois el capitán de la Guardia? Muchísimo gusto, señor Marlow- le tendió la mano y Jacob se la estrechó, más fuerte de lo normal, debido a la expresión de Nicholas, que intentaba disimular el dolor. Cuando soltaron las manos, el joven la sacudió un poco en el aire -Sois un escolta formidable- le sonrió y Jacob le respondió con una sonrisa forzada y enormemente falsa -Rose ¿Y... y tu padre?- la chica se disculpó, ya que sugirió que seguramente Benedict la acompañaría, pero estaba muy ocupado con asuntos de la regencia de la ciudad -Oh, no pasa nada. Lo comprendo, es normal- la chica, encantada con Nicholas, pidió a Jacob que los llevase de vuelta a la mansión.
El viaje fue corto para la pareja, pero largo para Jacob. No hacía más que oirlos cacarear constantemente sobre Hardev, la universidad y los recuerdos que ambos compartían por allí. Se alivió de que en ningún momento saliesen índoles sexuales en el asiento de atrás ¿Por qué se sentía tan celoso? Era asfixiante. Al menos, una vez los dejara en la mansión, no tendría que estar oliendo el caro perfume del muchacho en sus narices durante todo el día, aunque no le perdería de vista. Jacob consideraba que Nicholas Klain era tan amable, tan dulce, tan cariñoso y cercano, tan noble, que debía ocultar algo siniestro. Tras tantos años como capitán de la Guardia, tras tanto tiempo interrogando y arrestando a hombres que otrora parecieron dignos de un honor sin parangón, había aprendido a ver tras las máscaras banales de carne que se construían para mentir. Nicholas no era una excepción, como tampoco lo era él mismo. Fue una liberación, por fin, dejarlos en el hogar. Aún así, la pareja no entraron directamente a la casa, sino que dieron un largo paseo por el enorme jardín. Fue en una lejana esquina, la más apartada de la mansión, donde había una preciosa fuente, donde volvieron a fundirse en un abrazo -Ah... por fin solos- dijo Nich -Ese capitán Marlow me da algo de miedo- bromeó, fingiendo tiritar -Es muy serio- Rose rió cándida, alegando que no era un mal hombre, sólo que quizá por su oficio debía ser así -Lo entiendo, lo entiendo- le acarició la mejilla -Ah... cuanto te he echado de menos- ella volvió a abrazarle, pues ella le añoraba por igual -Me encanta esta parte del jardín... es perfecta, como tú- volvió a besarle la frente -Tienes una casa preciosa- y eso no era nada, alegó la chica. Era hora de que entraran por fin.
Una vez dentro de la mansión, Nicholas se maravilló. Cierto es que él vivía en un hogar de la misma índole, pero la decoración de Sunkirk era extraña a sus ojos, muy mecánico, más oscura, más... clásica, y ello le encantaba. Rose le pidió que aguardase un segundo en lo que ella iba a comprobar si su padre por fin estaba disponible. Que se relajara y explorara un poco si gustaba. Nic se echó a reir y le pidió que fuese tranquila. Una vez solo, dejó la maleta en el suelo y anduvo un poco por las cercanías. Observó los cuadros en la sala de la entrada, los retratos y demás artes que por ahí tenían. Apreció cualquier detalle. Definitivamente había algo mágico en todo ello. Fue, precisamente, cuando cruzó sin malicia la entrada abierta hacia el gran salón, sala pensada para grandes congregaciones de gente, cuando encontró a una nueva habitante de la mansión. Allí, haciendo algo de labores de limpieza, una criada se inclinaba sobre una mesa para limpiar cualquier pequeña mota de polvo que pudiese haber, a pesar de que todo parecía pulcramente limpio. Sin embargo, no fue la presencia de la criada en sí, lo que arrebató el aliento a Nicholas. Su traje era corto, demasiado corto. Al reclinarse sobre la mesa sus perfectas, tersas y redondeadas nalgas asomaban graciosas y traviesas, robándole por completo el control de los ojos. La chica, inconsciente de la presencia del hombre, cambiaba el peso del cuerpo de pierna de forma constante, de forma que así movía el trasero de forma casi constante, llamativa, perfecta. Sus musos hacían un juego perfecto, contorneadas y amplias. Su piel blanquecina y carnosa invitaba a Nicholas a aferrarla con fuerza. Y sus caderas... ah, sus caderas... Sintió un enorme escozor en el miembro al contemplarla. Era tan bella, tan sólo viéndola desde atrás. Podría haberse tirado horas ahí quieto como una estatua, endureciéndose cada vez más y más hasta que sus instintos le hubiesen llevado a... -¡Nicholas Klain!- dijo la fervorosa voz de Benedict mientras se acercaba al hombre desde las espaldas -¡Bienvenido a mi hogar, hijo!- le tendió la mano y éste, nervioso y rogando porque no le hubiesen descubierto mirando a la criada, contestó
-B-buenas tardes, señor Miller, Lord Gobernador, padre de Rose-
-¡Chico, chico!- rió -No soy ningún señor de la guerra medieval que necesite que se me nombre por cada título que posea- le puso una mano amigable en el hombro -¿Qué tal el viaje? ¿Todo bien?- Nicholas asintió. Le alegraba el corazón la amabilidad de Benedict - Me alegro ¿Disfrutabas de las vistas?-
-¿Eh...? ¿Q-qué?- se le heló la sangre
-De nuestro salón- sonrió Benedict, cruzando el umbral. Nicholas casi rompió a sudar sólo de pensar que viese a la criada así y atase cabos -Es expléndido. Lo dejé tal y como mi esposa lo deseaba- suspiró, complacido. Nicholas siguió, junto a Rose, a Benedict. La criada no estaba ahí. Un enorme alivio le recorrió cada músculo del cuerpo
-Sí. Sin duda tenéis un hogar maravilloso, señor Miller-
-Benedict. Llámame Benedict, hijo- sonrió bonachón el Lord Gobernador -Bienvenida a la que puede ser tu nueva casa, siempre que trates bien a mi hija, o te colgaré boca abajo en el tejado y te dejaré secar al sol hasta que los cuervos se te coman- tronó en risas. Rose le recriminó la broma ¡Le advirtió de que dejara los humores negros a parte con Nic!
-Está bien, está bien- rió Nicholas, restando hierro al asunto -Yo también lo haría a cualquiera que dañase a una mujer tan maravillosa como Rose-
-Me alegro de que lo entiendas- concluyó Benedict. Entonces Nicholas comprendió que no fue un comentario bromista. Lo dijo en serio.
Los días se sucedieron con calma desde entonces. Quedaban cuatro desde la llegada de Nicholas para la fiesta y todo se redujo a enseñarle por completo la mansión y buscarle algo de ropa. El joven escogió una chaqueta oscura al igual que unos pantalones. Consideraba que era elegante, con botones dorados y unos gemelos en las mangas del mismo color. La máscara que llevaría iría a juego con los colores del traje. Por lo demás, fue un constante compartir tiempo con su querida Rose, aunque temblaba, de vez en cuando, cuando Laura, a la que por fin conoció de forma personal, aparecía y la joven Miller no estaba cerca. Parecía un truco cruel del destino que siempre se quedaban a solas en algún momento y siempre, siempre, la diosa de cabellos de fuego tenía alguna parte del cuerpo que le hechizaba y le hacía perder el control cuando la miraba. Hasta que llegó la noche de la fiesta.
La noche estaba tranquila, aunque soplaba un viento que amenazaba una pronta lluvia. Había silencio a pesar de todo, pues en la zona noble de Sunkirk casi todas las casas estaban vacías debido a la fiesta que iniciaría en la mansión del Lord Gobernador. Casi todas. En esas horas en las que el cielo ya está oscuro y en el hogar de Lawrence Warwick, aún había una pequeña luz. Alguien estaba en la habitación del matrimonio, y eso no le costó mucho deducirlo a Crow cuando abrió sigilosamente la puerta y entró en la vivienda. Ascendió las escaleras sin hacer ruido, dando pequeños saltos desvaneciendose en sombras para aparecer unos metros más adelante hasta que ascendió las escaleras. Necesitaba un traje y una máscara... Y si tenía la invitación de Warwick ¿Por qué no tomar prestado sus ropas también? Lo que no esperó es que hubiese alguien en la habitación. Una mujer. Una mujer que gemía. La puerta estaba abierta y la motecina luz de unas velas iluminaba ligeramente el pasillo. Cuando Crow se asomó con cuidado, allí estaba ella y aquel hombre. La mujer se agarraba con fuerza al cabecero de la cama mientras cadereaba con una fuerza salvaje sobre el cuerpo del hombre, muchos años menor que ella. Ese no era Lawrence Warwick, pero ella sí era Mathilda Warwick. La señora de la casa estaba siendo infiel a su marido ¿Quién lo diría? Crow compuso un gesto desagradado. Fantasmas. Inútiles inundados en dinero que no sirven para nada, ni siquiera para aprender lo que significaba amar. Caleb Crow no era precisamente el más indicado para explicar qué era el amor, pero sí sabía que no era engañar al cónyuge. Aún así, no era de su incumbencia, pero debía alcanzar el traje. Estaba allí, colgado elegantemente de un perchero para que no se arrugara. Utilizó la marca del Hereje para que el perchero cayese al suelo con un ligero golpe de viento desde su mano. El hombre cabalgado se asustó, pero la mujer le agarró la cara con furia y le obligó a mirarla -¡Ni se te ocurra apartar la vista! ¿Me oyes?- dijo con tono de voz severo, mostrando los dientes en una expresión rabiosa. Estaba enajenada por el sexo -Fóllame maldito seas ¡Fóllame y olvídate de todo lo demás!- le agarró las manos -Así, agárrame los pechos así ¡Aprieta más! ¡Más!- gemía la señora, cuyo compañero sexual podría ser su hijo de tan joven que era. Crow atrajo las ropas utilizando la marca y una vez las atrapó, junto a la máscara, se preparó para partir. El escándalo en la habitación de Mathilda era irreal. Tanto que nisiquiera oyeron que Lawrence había llegado
-¿Mathilda?- preguntó el hombre, al oir un grito de su mujer
-Eres caprichoso- musitó Crow
-No sabes cuanto...- se carcajeó la monstruosa voz del Sin Rostro, el Hereje, que no se había manifestado físicamente -Sal de aquí, Crow... este no es un destino en el que debas actuar- el hombre obedeció, desvaneciéndose en las sombras, saltando a través de la oscuridad, saliendo de la casa en la que, días posteriores, se descubriría un crimen pasional. Aunque eso, es otra historia.
Sumido en esos pensamientos, Jacob apretaba los puños mientras aguardaba en la salida de la mansión, fumándose un delgado puro cuyo aroma era de por sí exquisito, elegante y distinguido. Precisamente, era un puro de la tabacalera Klainsmoke. En ese momento despreció su hábito de fumar. Decidió que lo cambiaría por una pipa y tabaco casero y no procesado. Daba una profunda calada cuando por fin escuchó los pasos de Rose, que parecía algo nerviosa, a sus espaldas. La acompañaba Laura, para despedir a la señorita en el coche -¿Otra vez en un carruaje motorizado?- bufó la pelirroja -Se han perdido los valores, todos los valores. Nunca tendrá la clase que tiene un coche de caballos-
-¿Es que acaso tú has montado en muchos?- preguntó Jacob con tono aburrido, con intención de abrir la puerta para Rose, aunque ésta se adelantó y con una sonrisa afable le aclaró que ella podía hacerlo por sí misma. Jacob la miró en silencio
-Alguna vez, quién sabe- rió Laura al ver la escena -Qué distinguido sois, capitán. Rose, querida, sé buena con él- le guiñó el ojo a la joven, que le devolvió la sonrisa a Laura
-¿Nos vamos?- Rose asintió y por tanto, él montó en el asiento delantero. Conduciría él. Algo extraño. La seguridad estaba en alza
-Pásalo bien Rose- se despidió con una mano de la chica -Espero que vos también tengáis la oportunidad pronto, capitán Marlow- el tono de voz y la mirada esmeralda estuvieron tan encendidas que Jacob sintió cómo le quemaba en el oido la despedida de la mujer. No dijo nada, sin embargo. Se limitó a encender los motores del generador y puso el vehículo en marcha hacia el puerto.
De camino hacia allí, Rose tuvo una nueva oportunidad de vislumbrar las calles. Esa vez que no iba acomapañada de su cariñoso padre que la alejaba de lo que ocurría en el exterior con su animada charla, pudo darse cuenta de las distintas situaciones que se daban fuera de la mansión. Saliendo de la zona noble, volvieron a pasar por un control. Al parecer, cada entrada y salida estaba rodeada por un fuerte control de la Guardia para asegurar que ninguno de esos llamados Insurrectos pudiese entrar y causar el caos. Luego estaba el resto de la ciudad, de la clase media, los obreros. Algunas calles estaban bien y presentables, como ella las recordaba. Otras parecían dignas de un libro de terror, sucias, andrajosas, con ratas y cucarachas enormes. En algunas había gente durmiendo, tosiendo. Pudo ver meretrices, prostitutas, incluso a plena luz del día. Sunkirk había cambiado bastante, mucho, en aquellos años ¿Por qué? ¿Qué era exactamente lo que había pasado? -Los Insurrectos y las brujas- dijo simplemente Jacob -Estas últimas se mantienen en un perfil bajo desde hace ya bastante tiempo. Rara vez hemos visto u oido de alguna. Parece que se han retirado y sin embargo, eso nos causa aún más inseguridad. No obstante, desde que los Insurrectos se formaron y dieron a conocer, no podemos descansar nunca. Atacan constantemente, no todos los días por supuesto, porque carecen de recursos, pero... cuando lo hacen, ponen en peligro a muchos- bufó -Son un grupo sin escrúpulos. Les da igual matar a 100 de los de su clase obrera, incluso compañeros de trabajo, si así acaban con algunos soldados de la Guardia o algún miembro de las familias nobles. Son unos sádicos- Rose, sin embargo, con una forma de ver las cosas más abierta debido a sus estudios en Harved y su vida en una ciudad distinta, lo veía desde ambos puntos de vista ¿Por qué se tuvo que crear un grupo radical como los Insurrectos? ¿Qué clase de injusticias se llevaron a cabo para que ahora busquen revelarse de forma violenta? -¿Injusticias? Rose, debéis saber bien que vuestro señor padre, el Lord Gobernador, es el gobernante de Sunkirk con más mano blanda de los últimos años. A la historia me remito. Su abuelo, Jeremiah Miller, era considerado un hombre a favor de los trabajadores y los afligidos... y vuestro padre es aún más bondadoso- a Rose no le alcanzaban las ideas a comprender. No podía ser así. Ella misma había estudiado culturas extranjeras y no era la primera vez que oía hablar de insurreciones, rebeldes y resistencias. El punto común entre esas fuerzas de combate siempre era porque había un tirano en el poder que los estrujaba hasta la última gota de sangre. Algo fallaba sin duda, pero Jacob Marlow no parecía por la labor de dar su brazo a torcer. Era de esperar, a fin de cuentas, siendo leal a Benedict. Quizá podría descubrirlo en algún otro momento -¿Puedo haceros una pregunta?- terció entonces Marlow, de pronto -Quizá os resulte un poco... violenta, o consideréis que no es de mi incumbencia pero... ¿Vuestro prometido os trata como merecéis?- aquella pregunta la hizo reir ¿A qué se refería? ¿Qué consideraba él exactamente que ella merecía? La pregunta de la chica le tomó por sorpresa -Considero que merecéis que os hagan feliz, simplemente- Rose era de la opinión de que todos merecían ser felices ¿No podía concretar más? -Yo... bueno- sonrió un poco, le había desarmado con una simple pregunta -Considero que, si me permitís, siempre habéis tenido una sonrisa hermosa y una risa melodiosa. Desde que os conozco, siempre ha sido así, aunque vos no me recordéis del todo bien- señaló el capitán -Pienso que lo que merecéis es que os hagan reir y sonreir todos los días de vuestra vida. Vos lo merecéis. El mundo merece tener vuestra alegría- Rose no supo cómo tomarse semejantes palabras. Quizá se ruborizó un poco. No esperaba de alguien tan serio como Jacob unas palabras tán cálidas y hermosas, a la par que terriblemente sinceras. Incluso la forma en la que le habló en ese instante era tan cálido y cercano que se sintió un poco indefensa en el coche con él, a solas. Se limitó a sonreir, a mirar de nuevo hacia las calles y agradecerle esa opinión. Marlow se conformó con aquella sonrisa, sólo para él.
Cuando llegaron a puerto y el barco atracó, los nervios se palpaban en el ambiente. Jacob se mantenía junto a Rose, que con las manos cruzadas a la altura del pecho, no dejaba de dar pequeños saltitos de puntillas para poder apreciar cuando descendía Nicholas del barco. En el momento en que lo vio, alzó los brazos alegremente para llamar la atención del hombre. Marlow la observaba. Era la única dama en el puerto que se comportaba así. El resto de mujeres que esperaban a alguien simplemente alzaban quizá un pañuelo o esperaban a ser vistas por sus hijos, esposos o familiares de otras tierras. Nicholas por fin la vio y se acercó a ella a paso ligero, fundiéndose ambos en un abrazo que hizo que Marlow apartase la mirada hacia el enorme armatoste de acero que era el barco y el espeso humo que salía de sus chimeneas. Cuando se separaron, inspeccionó a Nicholas. Tenía un peinado extraño, más largo en la parte superior de la cabeza y muy corto por los alrededores y parte posterior. Un guardapolvo marrón, una camisa blanca y unos pantalones negros. Extremadamente sencillo para alguien de su cuna -Estás preciosa, mírate... siento que hacía un siglo que no te veía- dijo cariñoso, besándole la frente. Jacob carraspeó -¿Viene contigo?- Rose lo presentó como el capitán de la Guardia de Sunkirk, Jacob Marlow -¿Sois el capitán de la Guardia? Muchísimo gusto, señor Marlow- le tendió la mano y Jacob se la estrechó, más fuerte de lo normal, debido a la expresión de Nicholas, que intentaba disimular el dolor. Cuando soltaron las manos, el joven la sacudió un poco en el aire -Sois un escolta formidable- le sonrió y Jacob le respondió con una sonrisa forzada y enormemente falsa -Rose ¿Y... y tu padre?- la chica se disculpó, ya que sugirió que seguramente Benedict la acompañaría, pero estaba muy ocupado con asuntos de la regencia de la ciudad -Oh, no pasa nada. Lo comprendo, es normal- la chica, encantada con Nicholas, pidió a Jacob que los llevase de vuelta a la mansión.
El viaje fue corto para la pareja, pero largo para Jacob. No hacía más que oirlos cacarear constantemente sobre Hardev, la universidad y los recuerdos que ambos compartían por allí. Se alivió de que en ningún momento saliesen índoles sexuales en el asiento de atrás ¿Por qué se sentía tan celoso? Era asfixiante. Al menos, una vez los dejara en la mansión, no tendría que estar oliendo el caro perfume del muchacho en sus narices durante todo el día, aunque no le perdería de vista. Jacob consideraba que Nicholas Klain era tan amable, tan dulce, tan cariñoso y cercano, tan noble, que debía ocultar algo siniestro. Tras tantos años como capitán de la Guardia, tras tanto tiempo interrogando y arrestando a hombres que otrora parecieron dignos de un honor sin parangón, había aprendido a ver tras las máscaras banales de carne que se construían para mentir. Nicholas no era una excepción, como tampoco lo era él mismo. Fue una liberación, por fin, dejarlos en el hogar. Aún así, la pareja no entraron directamente a la casa, sino que dieron un largo paseo por el enorme jardín. Fue en una lejana esquina, la más apartada de la mansión, donde había una preciosa fuente, donde volvieron a fundirse en un abrazo -Ah... por fin solos- dijo Nich -Ese capitán Marlow me da algo de miedo- bromeó, fingiendo tiritar -Es muy serio- Rose rió cándida, alegando que no era un mal hombre, sólo que quizá por su oficio debía ser así -Lo entiendo, lo entiendo- le acarició la mejilla -Ah... cuanto te he echado de menos- ella volvió a abrazarle, pues ella le añoraba por igual -Me encanta esta parte del jardín... es perfecta, como tú- volvió a besarle la frente -Tienes una casa preciosa- y eso no era nada, alegó la chica. Era hora de que entraran por fin.
Una vez dentro de la mansión, Nicholas se maravilló. Cierto es que él vivía en un hogar de la misma índole, pero la decoración de Sunkirk era extraña a sus ojos, muy mecánico, más oscura, más... clásica, y ello le encantaba. Rose le pidió que aguardase un segundo en lo que ella iba a comprobar si su padre por fin estaba disponible. Que se relajara y explorara un poco si gustaba. Nic se echó a reir y le pidió que fuese tranquila. Una vez solo, dejó la maleta en el suelo y anduvo un poco por las cercanías. Observó los cuadros en la sala de la entrada, los retratos y demás artes que por ahí tenían. Apreció cualquier detalle. Definitivamente había algo mágico en todo ello. Fue, precisamente, cuando cruzó sin malicia la entrada abierta hacia el gran salón, sala pensada para grandes congregaciones de gente, cuando encontró a una nueva habitante de la mansión. Allí, haciendo algo de labores de limpieza, una criada se inclinaba sobre una mesa para limpiar cualquier pequeña mota de polvo que pudiese haber, a pesar de que todo parecía pulcramente limpio. Sin embargo, no fue la presencia de la criada en sí, lo que arrebató el aliento a Nicholas. Su traje era corto, demasiado corto. Al reclinarse sobre la mesa sus perfectas, tersas y redondeadas nalgas asomaban graciosas y traviesas, robándole por completo el control de los ojos. La chica, inconsciente de la presencia del hombre, cambiaba el peso del cuerpo de pierna de forma constante, de forma que así movía el trasero de forma casi constante, llamativa, perfecta. Sus musos hacían un juego perfecto, contorneadas y amplias. Su piel blanquecina y carnosa invitaba a Nicholas a aferrarla con fuerza. Y sus caderas... ah, sus caderas... Sintió un enorme escozor en el miembro al contemplarla. Era tan bella, tan sólo viéndola desde atrás. Podría haberse tirado horas ahí quieto como una estatua, endureciéndose cada vez más y más hasta que sus instintos le hubiesen llevado a... -¡Nicholas Klain!- dijo la fervorosa voz de Benedict mientras se acercaba al hombre desde las espaldas -¡Bienvenido a mi hogar, hijo!- le tendió la mano y éste, nervioso y rogando porque no le hubiesen descubierto mirando a la criada, contestó
-B-buenas tardes, señor Miller, Lord Gobernador, padre de Rose-
-¡Chico, chico!- rió -No soy ningún señor de la guerra medieval que necesite que se me nombre por cada título que posea- le puso una mano amigable en el hombro -¿Qué tal el viaje? ¿Todo bien?- Nicholas asintió. Le alegraba el corazón la amabilidad de Benedict - Me alegro ¿Disfrutabas de las vistas?-
-¿Eh...? ¿Q-qué?- se le heló la sangre
-De nuestro salón- sonrió Benedict, cruzando el umbral. Nicholas casi rompió a sudar sólo de pensar que viese a la criada así y atase cabos -Es expléndido. Lo dejé tal y como mi esposa lo deseaba- suspiró, complacido. Nicholas siguió, junto a Rose, a Benedict. La criada no estaba ahí. Un enorme alivio le recorrió cada músculo del cuerpo
-Sí. Sin duda tenéis un hogar maravilloso, señor Miller-
-Benedict. Llámame Benedict, hijo- sonrió bonachón el Lord Gobernador -Bienvenida a la que puede ser tu nueva casa, siempre que trates bien a mi hija, o te colgaré boca abajo en el tejado y te dejaré secar al sol hasta que los cuervos se te coman- tronó en risas. Rose le recriminó la broma ¡Le advirtió de que dejara los humores negros a parte con Nic!
-Está bien, está bien- rió Nicholas, restando hierro al asunto -Yo también lo haría a cualquiera que dañase a una mujer tan maravillosa como Rose-
-Me alegro de que lo entiendas- concluyó Benedict. Entonces Nicholas comprendió que no fue un comentario bromista. Lo dijo en serio.
Los días se sucedieron con calma desde entonces. Quedaban cuatro desde la llegada de Nicholas para la fiesta y todo se redujo a enseñarle por completo la mansión y buscarle algo de ropa. El joven escogió una chaqueta oscura al igual que unos pantalones. Consideraba que era elegante, con botones dorados y unos gemelos en las mangas del mismo color. La máscara que llevaría iría a juego con los colores del traje. Por lo demás, fue un constante compartir tiempo con su querida Rose, aunque temblaba, de vez en cuando, cuando Laura, a la que por fin conoció de forma personal, aparecía y la joven Miller no estaba cerca. Parecía un truco cruel del destino que siempre se quedaban a solas en algún momento y siempre, siempre, la diosa de cabellos de fuego tenía alguna parte del cuerpo que le hechizaba y le hacía perder el control cuando la miraba. Hasta que llegó la noche de la fiesta.
La noche estaba tranquila, aunque soplaba un viento que amenazaba una pronta lluvia. Había silencio a pesar de todo, pues en la zona noble de Sunkirk casi todas las casas estaban vacías debido a la fiesta que iniciaría en la mansión del Lord Gobernador. Casi todas. En esas horas en las que el cielo ya está oscuro y en el hogar de Lawrence Warwick, aún había una pequeña luz. Alguien estaba en la habitación del matrimonio, y eso no le costó mucho deducirlo a Crow cuando abrió sigilosamente la puerta y entró en la vivienda. Ascendió las escaleras sin hacer ruido, dando pequeños saltos desvaneciendose en sombras para aparecer unos metros más adelante hasta que ascendió las escaleras. Necesitaba un traje y una máscara... Y si tenía la invitación de Warwick ¿Por qué no tomar prestado sus ropas también? Lo que no esperó es que hubiese alguien en la habitación. Una mujer. Una mujer que gemía. La puerta estaba abierta y la motecina luz de unas velas iluminaba ligeramente el pasillo. Cuando Crow se asomó con cuidado, allí estaba ella y aquel hombre. La mujer se agarraba con fuerza al cabecero de la cama mientras cadereaba con una fuerza salvaje sobre el cuerpo del hombre, muchos años menor que ella. Ese no era Lawrence Warwick, pero ella sí era Mathilda Warwick. La señora de la casa estaba siendo infiel a su marido ¿Quién lo diría? Crow compuso un gesto desagradado. Fantasmas. Inútiles inundados en dinero que no sirven para nada, ni siquiera para aprender lo que significaba amar. Caleb Crow no era precisamente el más indicado para explicar qué era el amor, pero sí sabía que no era engañar al cónyuge. Aún así, no era de su incumbencia, pero debía alcanzar el traje. Estaba allí, colgado elegantemente de un perchero para que no se arrugara. Utilizó la marca del Hereje para que el perchero cayese al suelo con un ligero golpe de viento desde su mano. El hombre cabalgado se asustó, pero la mujer le agarró la cara con furia y le obligó a mirarla -¡Ni se te ocurra apartar la vista! ¿Me oyes?- dijo con tono de voz severo, mostrando los dientes en una expresión rabiosa. Estaba enajenada por el sexo -Fóllame maldito seas ¡Fóllame y olvídate de todo lo demás!- le agarró las manos -Así, agárrame los pechos así ¡Aprieta más! ¡Más!- gemía la señora, cuyo compañero sexual podría ser su hijo de tan joven que era. Crow atrajo las ropas utilizando la marca y una vez las atrapó, junto a la máscara, se preparó para partir. El escándalo en la habitación de Mathilda era irreal. Tanto que nisiquiera oyeron que Lawrence había llegado
-¿Mathilda?- preguntó el hombre, al oir un grito de su mujer
-Eres caprichoso- musitó Crow
-No sabes cuanto...- se carcajeó la monstruosa voz del Sin Rostro, el Hereje, que no se había manifestado físicamente -Sal de aquí, Crow... este no es un destino en el que debas actuar- el hombre obedeció, desvaneciéndose en las sombras, saltando a través de la oscuridad, saliendo de la casa en la que, días posteriores, se descubriría un crimen pasional. Aunque eso, es otra historia.
[Dishonored 2 Main theme]
Caleb caminaba con elegancia mientras se aproximaba a la mansión del Lord Gobernador. Allí, un sin fin de soldados de la Guardia custodiaba cada metro del muro que rodeaba por completo la mansión que daba al patio interior. Que alguien se colara y causase el caos era algo completamente impensable, consideraría la Guardia y el Lord Gobernador. Bajo la máscara, Caleb sonreía. Se ajustó los gemelos con distinción mientras se acercaba a los soldados que guardaban las puertas del jardín -Buenas noches y que el Sol bendiga ¿Su invitación, señor...?-
-Lawrence Warwick- dijo con voz algo carrasposa y susurrante, entregando la carta. Los soldados la verificaron
-¡Lawrence Warwick!- anunciaron y le devolvieron la carta -Pasad una buena noche, Lord Warwick ¿No viene su esposa?-
-Me temo que está indispuesta, ha montado demasiado... a caballo- concluyó pasando por fin al interior, atravesando el jardín
-¿Montando a caballo?- preguntó un soldado a otro -¿Los Warwick tienen caballos?-
-Los señores pueden tener lo que quieran ¡Más aún los Lores! No los cuestiones-
Al llegar a la mansión tras pasar por todo el enorme jardín, una vez más, se encontró con dos soldados que custodiaban la puerta. Esta vez, sin embargo, eran Inquisidores. Caleb supo que tal cosa significaba que el Abad estaba dentro. Debía andarse con cuidado y tratar de no dialogar con él, o podría reconocerle -Lawrence Warwick- anunció el Inquisidor que leyó la carta de invitación. Esta vez, se la quedó -Bienvenido, Lord Warwick. Disfrutad de la velada- dijo con voz calmada, pausada y enervante el Inquisidor. Crow sin embargo pasó como si nada hasta por fin, verse dentro de la fiesta. Había gente por doquier y todos, tanto hombres como mujeres, estaban completamente enmascarados -Espero que me hayas traido al lugar indicado- susurró al Sin Rostro, que no se materializó. Simplemente Crow pudo oir su risilla carrasposa y distante
-
-¿Crees que me queda bien?- preguntó Nicholas a una visiblemente nerviosa Rose. No es que sufriera de vergüenza ni mucho menos, pero la cantidad de gente que había era más de la que esperaba. Todos los Lores estaban presentes y el resto de familias ricas también, en mayor o menor medida. Le incomodaba el hecho de apenas poder andar y a Nic parecía importarle de momento su aspecto. La chica corroboró por décima vez que le quedaba de perlas y que estaba guapísimo -No me mientas. Llevo puesta una máscara- dijo alegre. Le tomó del rostro a la chica -Oye... cálmate ¿De acuerdo? No pasa nada. Atiende a quienes tengas que atender, es tu noche. Nos veremos cuando podamos- Rose asintió. Ese era uno de los motivos que la alteraban. Había invitado a Nic para que pasase con ella unos días y presentárselo a su padre, pero también para que la acompañara en la fiesta. Sin embargo, había tantísima gente que apenas podría atenderle. En cuanto se separaron por primera vez por culpa de Brigitte Crown, señora y esposa de Robian Crown, uno de los Lores de la corte de su padre, ya se permitió, a pesar de las miradas indignadas, coger la primera copilla de vino. Por lo demás, la noche comenzó a transcurrir de forma azorada. Unos tras otros hablaban con ella y la chica sólo buscaba un respiro, pero había perdido de vista a Nicholas entre tanta gente. Tenía la sensación de que no paraban de llegar y que la noche no acabaría nunca. Ya llevaba cinco copas de vino y sentía un creciente calorcito en el cuerpo ascendiéndole hasta la cabeza y sonreía más de la cuenta. Empezaba a estar más alegre de la cuenta y por suerte para ella, apareció Laura
-¿No crees que estás bebiendo bastante, señorita?- regañó sin severidad, sonriente. Rose aseguró estar bien -Oh, sí, claro... bien para caer al suelo. Ten cuidado, no quisiera que te usaran de felpudo- le recolocó un poco la máscara -Míralos a todos, qué estirados...no te extrañes si a más de uno le revienta el botón del pantalón- se burló, haciendo reir a Rose -¿No encuentras a tu amiguito?- la chica negó con la cabeza. Había pasado al menos una hora o quizá más desde que lo perdió por completo de vista -Mmmm...- alzó la cabeza frunciendo los labios -¿Mmm? ¿No es aquel de allí?- señaló a la multitud ¡Sí! ¡Era él! ¡Por fin! -Ve, pillina. Diviertete un poco- tan agobiada como se sentía, y tanto que lo iba a hacer. Marchó a perseguir a su amado mientras Laura sonreía lentamente para darse la vuelta y echar a caminar.
Rose estuvo a punto de alcanzar a Nicholas, cuando la interceptó su padre -¡Espera, hija!- rió el hombre, algo ebrio también de alegría -¡Esta pieza musical se la dedico a mi hija! ¡Por favor, bailemos y disfrutemos todos, en esta noche tan prometedora y especial!- imploró el hombre cuando unos músicos tomaron sus instrumentos y empezaron a tocar, mientras uno de ellos utilizaba el piano del Lord Gobernador para acompañarse, para enmarcar una melodía lenta y ligeramente tenebrosa, muy del estilo de Sunkirk
[Dark Magic Music - Salem's secret]
El piano comenzó a sonar el primero y ya se comenzaron a formar las parejas. El baile sería lento, muy llevadero y edulcorado aún en las sombras de sus notas. Cuando un gran número de hombres se acercaban a Rose, comenzó a sonar el violín. Por suerte, allí estuvo Nicholas, tomándola de la mano. La chica se deshizo en una grandísima sonrisa, agarrándose a él con fuerza, para no perderlo más, para que nadie más se le acercara. Y así, tomándole de la mano y del hombro, al son de la lenta y dulce música, melancólica y oscura, se dejó llevar por los movimientos del hombre. Y así, a su vez, Laura subía las escaleras hacia las habitaciones en el recibidor mientras un hombre agobiado y extenuado buscaba a su amada. Nicholas estaba ahí, sin encontrar a Rose entre el gentío. Mas una fuerza poderosa le hizo mirar hacia las escaleras y allí estaba ella, ángel de cabellos rojos, mirándole traviesa con ojos esmeralda. Se alzó muy sutilmente el vestido y le hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera. Nicholas perdió por completo el sentido y comenzó a seguirla escaleras arriba. Nadie se percató de la pareja.
Mientras, abajo, el baile proseguía. Rose se aferraba al hombre que creía que era Nicholas, pues iban vestidos prácticamente iguales y la máscara era exactamene la misma. Sin embargo, sentía su mano dura, encallecida. No recordaba que la mano de Nic fuese así, pero le gustaba. Le daba sensación de fuerza, sintiéndose protegida entre tantas miradas, susurros e intenciones. Él la agarraba de la cadera con dulzura mientras daban vueltas muy despacio, dando un paso alante y otro atrás. Un vals delicado, que casi podría parecerse a la danza clásica y el ballet debido a los gráciles movimientos y la música. La chica, ruborizada, no podía a esperar a que la música se detuviera, mientras sentía la mirada del hombre clavada en ella sin pestañear casi un instante. Arriba, todo era diferente. Nicholas vagó por el pasillo, perdido, sin saber hacia donde iba, hasta encontrar una puerta abierta. En la habitación de Laura acabó entrando, donde la chica se quitaba unas muy finas medias inclinada hacia delante, revelando de nuevo sus perfectas curvas. Le miró por encima del hombro. Sonrió. Se mordió los labios con deseo y Nicholas se acercó intentando articular palabra, con los ojos ligeramente enlagrimados. Como si fuese un títere se acercó tanto que por fin entró en contacto con ella. Y cuando la rozó, la aferró con fuerza de los pechos, apretándola contra sí. Laura soltó una risilla
-Sé... que no es eso lo que quieres precisamente...- apretó el trasero contra el miembro creciente de Nicholas, que casi balbuceaba algo -Ssshh... calla, mi guapo asaltante... calla... y haz conmigo lo que quieras...- con esos susurros sugerentes y sensuales, Nic se desabrochó los pantalones besando y mordiendo el cuello de Laura con pasión y desenfreno, enarbolando su erecto miembro y empujándola hacia delante, contra un sillón, para facilitar la penetración entre sus piernas. Laura soltó un jadeo animal, casi un gemido, cuando sintió la punta del pene de Nicholas rozarse entre los labios externos de la vagina -No, querido... te he dicho que hagas de mí lo que quieras... Yo sé muy bien lo que quieres...- estando de espaldas a él, le asió el miembro y lo elevó ligeramente, hasta colocarlo entre sus gluteos -Vamos... es esto lo que quieres...- y así lo hizo, llevado por el más enfermizo deseo, su placer más oculto, Nicholas comenzó a penetrarla despacio analmente. Gimió de un profundo placer mientras Laura hacía lo propio -Hazme tuya, hombretón...- gimió, mientras Nicholas la aferraba del cabello con fuerza -Sí... así- sonrió la chica -Vamos... ¡Vamos...!- así comenzaron la sesión. Nicholas comenzó a penetrarla de forma constante y con fuerza desde el principio. La sensación de presión que ejercía la chica en el pene del hombre le resultaba tan placentero que no podía siquiera jadear de forma seguida. Y así, tan fuerte continuó embistiéndola, que se deleitaba con el rastallar de la carne del perfecto trasero de la mujer contra su propio cuerpo.
Abajo en el salón, cuando la música acabó, hubo un aplauso para los músicos mientras que Rose y el aparente Nicholas se miraron un momento en silencio. Entonces la chica quiso echar a caminar, pero Nic no se movió. Con una sonrisa brillante le indicó que la siguiera, pero él se mantuvo quieto como una estatua, hasta que por el rabillo del ojo captó el hombre que alguien se acercaba a él. El Abad Salomon, el único hombre que no llevaba máscara en toda la asistencia parecía tener intención de hablar bien con Lord Warwick y aquel hombre, Caleb, no era ni uno ni otro. Decidió entonces seguirle el juego a la chica y ver qué quería de él. Rose, algo embriagada por el vino, tiró de él hasta perderse por la mansión, de la muchedumbre, hasta una pequeña habitación de lectura donde nadie los buscaría. Cerró la puerta tras ella y se avalanzó contra Caleb, pensando realmente que era Nicholas debido al desafortunado parecido de sus ropas y máscara. Le susurró que le había echado de menos y que gracias a ese maravilloso baile, aunque corto, se le había pasado por completo el agobio. Caleb fue a decir algo, a quitarse la máscara, pero ella le mandó a callar, le levantó la máscara lo suficiente para descubrir sus labios y se acercó hacia su rostro ligeramente barbado, que en la penumbra de la habitación iluminaa sólo por la luz del exterior a través de la ventana, no dinstinguió del de su amado debido a que sabía que Nicholas no se afeitaba apenas, siguiendo la moda de Hardev de llevar una barba de una semana. Siendo así, la muchacha se inclinó peligrosamente hacia él y comenzó a besar sus labios de forma pausada, lenta y dulce, pero llevada por la alegría del vino, introdujo traviesa su lengua en la boca del hombre, obligándole por igual a abrir su boca y recibir el apasionado y lento beso, dulce y delicioso, de la joven y bella hija del Lord Gobernador, aunque fue fugaz, poco duradero, cuando tras jugar un poco con la boca del hombre y acariciarle el torso de la chaqueta, ésta se percató de que no había respuesta, que Nic no le devolvía el beso. Preocupada, le preguntó si algo estaba mal, si es que... él no quería -...Lo lamento, señorita- dijo Crow con voz cordial, quitándose por fin la máscara -Mucho me temo que os habéis equivocado de persona- a Rose, por un momento, se le congeló el tiempo y se le vino el mundo encima ¿Ese hombre no era Nicholas...? ¿El baile...? ¿El tacto de unas manos que tanto le gustaron no eran de Nicholas...? ¿La forma en que en ningún momento pareció dejar de mirarla y... el beso...? La chica dio un paso atrás, sorprendida, buscando la puerta -Esto no saldrá de aquí- reafirmó Crow colocándose la máscara y saliendo por la puerta antes que Rose.
En la habitación de Laura, la mujer se encontraba con el traje completamente arrugado y descompuesto, con los pechos desnudos bien aferrados por Nicholas, al que le quedaba poco para alcanzar el orgasmo -No, ahí no...- dijo la chica, empujándole hacia detrás suavemente para que saliese de entre sus nalgas. Se sentó en el sillón y lo atrajo tirándole de las ropas -Córrete aquí- ordenó, metiéndole el pene directamente en la vagina -Vamos...- animó ella juguetona -¡Vamos...!- Nicholas casi se le echó encima con un gran gruñido de placer mientras Laura sentía la explosión de la ardiente semilla del hombre dentro de ella, agarrándole con fuerza la espalda. Nic, jadeando y como si no tuviese alma, acto seguido se vistió, se alisó la ropa y con mirada apagada y muerta, se alejó despacio de la habitación. Laura, a solas, simplemente se echó a reir, en una voz tan alta, que si no fuese por la fiesta en el piso inferior, la hubiesen oido en toda la mansión.
martes, 27 de junio de 2017
El paseo de vuelta a casa transcurrió casi tan en silencio como en su inicio. Rose agradecía la preocupación de su padre, así como las buenas intenciones de Marlow, pero hubiese preferido caminar sola. El estar junto a un desconocido, en una labor tan banal como caminar, la incomodaban. No sabía de qué hablarle, qué contarle o qué decirle. Quizás hubiese sido más fácil si se tratase de cualquier otro hombre. El ser consciente de su importante cargo, limitaba su imaginación, pensando que debía tener demasiados problemas y suficientes responsabilidades en su cabeza como para conversar sobre temas sin importancia. Por ello, agradeció enormemente llegar a casa rápido.
Cuando Rose llamó a la puerta y Laura la abrió desde el otro lado, las voces de los hombres discutiendo en el salón en tono calmado llegó a sus oídos. Estaba claro que la reunión aún no había terminado. -¿Sabes si les queda aún demasiado consenso por delante?-
-No lo sé, Rose. Sabes que no puedo estar dentro cuando se reúnen-
-¿Han salido al menos para tomar un descanso?-
-No. No han salido todavía- Rose puso los ojos en blanco al oír aquello. Lanzó una mirada a Jacob, que se había quedado en el jardín esperando. ¿A caso tenía la intención de esperar ahí hasta que el Abad terminase?
-Capitán ¿Quiere entrar y tomar algo mientras espera? Laura puede preparar lo que quieras- Al decir esto, la criada sonrió ampliamente, de manera cariñosa, al capitán. Rose no lo vio, pero Laura imitó perfectamente la forma de morderse el labio que tenía la chica. Marlow, simplemente, asintió para no ser demasiado descarado o atrevido ante la invitación de una mujer tan joven.
Una vez dentro de la casa, los tres se encaminaron hacia la cocina. Al estar el salón ocupado, aquel era el único lugar en el que podían estar tranquilos. Laura comenzó a preparar té, cuyo olor se mezclaba con el de la sopa que también había empezado a preparar para el almuerzo, minutos antes de que ellos llegaran. La cocina de inundó de olores atrayentes, que no tardaron en templar los ánimos de los allí presentes. -Entonces ¿Me acompañaréis también hasta puerto?- rompió Rose el silencio.
-Así es, señorita Miller-
-Veo que no tenéis tiempo para descansar-
-Así es- La chica tragó saliva. Desde luego, era dificil para ella entretener a alguien. Observó como Laura la miraba de reojo. Quizás ella también se sentía incómoda.
-Tienes que estar deseando que llegue Nicholas- dijo de repente la criada de forma oportuna.
-No son tantos días separados, pero, por el Sol... así es- sonrió.
-No me has dicho cuanto tiempo lleváis... hablando-
-Quizá... ¿Cuatro años? No sabría decir con exactitud-
-Las fechas importantes no se olvidan, señorita- corrigió la criada. -Igualmente, no era de extrañar. Algo me decía que después de tanto tiempo sola en las afueras, volvería con una noticia así. ¿A que es fantástico, Capitán?- se atrevió la criada, obligando al hombre a despertar del estado de constante pensamiento en el que había entrado.
-¡Laura!-
-Si la hija del Lord Gobernador contrae matrimonio, sería un acontecimiento espectacular-
-Sí, claro que sí- respondió únicamente el hombre
-Hablar de matrimonio a lo mejor es algo precipitado. Yo no he dicho nada sobre...-
-Pero está claro que así sería. El Lord Gobernador apuraría los trámites para que no pasase demasiado tiempo-
-Pero si Nicholas ni si quiera...-
-Felicidades, señorita Miller- dijo entonces el hombre, sin sonrisas, puramente serio. Al ver aquel rostro, Rose pestañeó. No pudo indagar sobre lo que ocurría, puesto que las puertas del salón se abrieron, y al hacerlo, un numero considerable de hombres empezaron a salir del hogar, murmurando, prestando más bien poca atención a quienes se encontraban en la cocina. Benedict y Salomon fueron los últimos en salir, los únicos que se dirigieron hacia donde estaban ellos.
-¿Habéis terminado ya?- preguntó Rose algo inquieta.
-Me temo que solo es un descanso, mi niña. No te preocupes. Procuraré que todo esté listo para cuando vuelvas del puerto- La chica suspiró. ¿Realmente lo tenía controlado? ¿O sería capaz de dar mala imagen ante Nicholas? -Laura, el Abad Salomon se quedará a almorzar. Me parecería descortés invitarle a salir teniendo aquí comida de sobra y buena compañía. Capitán Marlow, usted también puede quedarse-
-Muy agradecido, Lord Gobernador- asintió. Rose se cruzó de brazos. No era quien para quejarse, pero la simple idea de comer con el Abad no era para nada de su gusto.
Sin remedio alguno, el comedor se dispuso con un par de sillas más ocupadas. Laura repartió equitativamente el almuerzo, llenando la mesa de otros alimentos como el pan y patatas asadas con las que se podía acompañar la ingesta. Rose se sentó junto a su padre, pero frente a Jacob. Lo agradecía. Era menos escalofriante verle a el en vez de al Abad cuando levantase la vista de su plato. No es que tuviese nada contra él... simplemente... no le gustaba.
-... Y por ello estamos planeando dar una fiesta este mismo domingo- comentó Benedict a Salomon, mientras el capitán y la chica guardaban silencio.
-Cuan noble acontecimiento, merecido para una bienvenida así- prosiguió Salomon. -Señorita Miller ¿Ha disfrutado de su estancia fuera?-
-Así es-
-¿Que... que fue eso que decidiste estudiar?-
-Culturas y lenguas universales- respondió sin necesidad de añadir más.
-Cuan interesante... Curioso que esos estudios sean del gusto de una señorita-
-A decir verdad, eramos bastantes compañeras en la Academia. Fuimos debidamente instruidas. Todas acabamos con excelentes calificaciones-
-No lo pongo en duda. Pero pensaba que os gustaba más otro tipo de disciplinas. La música, el baile, la pintura...-
-Todas disciplinas muy interesantes, pero quizá no tan prácticas para la realidad en la que vivimos- contestó Rose, algo tensa. Aun con esa mirada algo afable, la chica percibía que el Abad estaba intentando ser demasiado inquisitivo. Tal fue la forma en la que respondió, que su padre la miró.
-Una mujer con carácter, Lord Gobernador- dijo el Abad sin más, mirando al hombre en vez de a ella. La chica se ofendió con aquel gesto.
-Estoy muy orgulloso de ella-
-Y más lo estarás. Pienso seguir con mi formación- confesó, provocando caras sorprendidas, incluso en Laura.
-¿Como? ¿Por qué?- quiso saber Benedict.
-¿Y por qué no?-
-Hija, es innecesario. Tu título de Duquesa te permitirá acceder al conocimiento que quieras. No es necesario que vuelvas a irte para... estudiar-
-Pero es mi deseo. Me gusta estudiar, me gusta aprender nuevas cosas y el ambiente de Hardev es agradable- murmuró, sin cesar de comer. Mientras, Laura retiraba los platos vacíos y sucios de la mesa. Jacob fue el primero en terminar de comer, dado que era el único que no hablaba. La criada, se colocó a su lado y se inclinó sobre su hombro para retirar sus cubiertos. Se rozó con su hombro de manera intencionada, justo con la zona que ella deseaba.
-Innecesario- añadió el Abad -Una mujer no... necesita de formación-
-Le impresionaría saber que en otras regiones las mujeres trabajan en las mismas labores que los hombres, de manera que éstas son instruidas de manera igualitaria a ellos-
-Regiones alejadas del abrazo de Oath- dijo tajante.
-No es en Oath en quien ellos creen, por supuesto-
-Será un Hereje-
-No para ellos- Al decir aquello, el comedor se quedó en absoluto silencio. Rose dejó de mirar al Abad. Sabía que había hablado de más. Se limitó a regresar a su plato. Por el Sol, sabía que hasta Jacob la estaba mirando sorprendido.
-Vaya...-
-Abad, me temo que mi hija ha experimentado otros... aires durante muchos años. Perdonadla.-
-No creo que haya nada que perdonar si al Sol me acojo. No he dicho nada malo, ni mucho menos falso-
-Rose, por favor...-
-No, Lord Gobernador. No reprenda a su hija por sus palabras. Sus acciones son naturales. Los estudios... la formación y sobretodo en una mujer... se sabe que alejan de Oath- Al oir aquello, Rose apretó por puños, pero decidió contenerse y tragar saliva. Al mirar a Laura, observó como ésta le guiñaba un ojo. Al menos... ella la entendía. Por eso la quería como una madre.
-Por favor, continuad con el almuerzo-
Al terminar con la comida, los hombres de la reunión regresaron y una vez más, junto a Benedict y el Abad, se encerraron en el salón para parlamentar. Rose regresó a la cocina, mordiéndose el labio constantemente. Estaba nerviosa. No le gustaba la tensión experimentada y mucho menos quería que Nicholas llegara a percibirla. Finalmente, después de un rato, Marlow acabó quedándose sólo en la planta baja, pues tanto Rose como Laura subieron al baño.
El baño de los Miller era bastante amplio. La bañera era cómoda y la estructura permitía guardar el calor durante un rato. Laura tenía la costumbre de lavar el pelo a la chica cuando se avecinaba un acontecimiento especial. Y aquel día, no era para menos. Rose se dejó caer a lo largo de la bañera, y desde fuera, Laura enjabonaba sus cabellos castaños, lisos ahora que estaban húmedos. -Dime que todo esto te ha parecido tan incómodo como a mi-
-Estaba sosteniendo los platos con temblores. Le hubiese estampado uno en la cara a ese hombre- aquel comentario hizo que Rose riera -Es cierto. No consiento que te hablen así y mucho menos que pongan límites a lo que quieras hacer realmente. Eres libre, no eres una esclava. Y además eres inteligente. Puedes hacer lo que desees-
-Gracias, Laura. De verdad. Eres la única en toda la ciudad que me apoya, eso seguro-
-Me siento alegre de oír eso- aseguró -Eso me hace especial- añadió. Dejando a un lado el pelo, comenzó a lavar los hombros de la chica, dándole un intenso masaje -Estás tensa-
-Estoy nerviosa-
-Tranquila-
-¿Y si a mi padre no le gusta Nicholas? ¿Y si a Nicholas no le gusta mi padre?-
-Pues que miren para otro lado-
-No es tan sencillo-
-Lo es. Pero una vez más, a las mujeres se empeñan en ponernos las cosas difíciles. Deja de preocuparte por los demás, Rose. Piensa en ti. Si supieses... lo importante... lo valiosa que eres...- murmuró cerca de su oído. Por alguna razón, al sentir aquel cosquilleo de su voz, la chica se relajó. Sus músculos ya no estaban tensos. Incluso cerró los ojos para poder disfrutar del tacto suave de las manos de Laura. Ésta, sonrió igual de satisfecha, moviendo las manos en un círculo más amplio con respecto al eje que llevaba. Acarició sus brazos, su cuello, sus caderas... y por último, aún en el silencio, llevó las manos hacia los senos de la mujer. No los tomó, pero acarició plenamente sus laterales, su forma más redondeada. De forma inevitable, se pronunciaron sus pezones y Rose abrió los ojos y miró a Laura sorprendida.
-¿Sales ya?-
-Sí... claro- dijo, para después ponerse en pie y cubrirse con la toalla que la criada le cedió. Laura sonrió y Rose volvió a relajarse completamente. -Venga, no hagas esperar al capitán-
Cuando Rose llamó a la puerta y Laura la abrió desde el otro lado, las voces de los hombres discutiendo en el salón en tono calmado llegó a sus oídos. Estaba claro que la reunión aún no había terminado. -¿Sabes si les queda aún demasiado consenso por delante?-
-No lo sé, Rose. Sabes que no puedo estar dentro cuando se reúnen-
-¿Han salido al menos para tomar un descanso?-
-No. No han salido todavía- Rose puso los ojos en blanco al oír aquello. Lanzó una mirada a Jacob, que se había quedado en el jardín esperando. ¿A caso tenía la intención de esperar ahí hasta que el Abad terminase?
-Capitán ¿Quiere entrar y tomar algo mientras espera? Laura puede preparar lo que quieras- Al decir esto, la criada sonrió ampliamente, de manera cariñosa, al capitán. Rose no lo vio, pero Laura imitó perfectamente la forma de morderse el labio que tenía la chica. Marlow, simplemente, asintió para no ser demasiado descarado o atrevido ante la invitación de una mujer tan joven.
Una vez dentro de la casa, los tres se encaminaron hacia la cocina. Al estar el salón ocupado, aquel era el único lugar en el que podían estar tranquilos. Laura comenzó a preparar té, cuyo olor se mezclaba con el de la sopa que también había empezado a preparar para el almuerzo, minutos antes de que ellos llegaran. La cocina de inundó de olores atrayentes, que no tardaron en templar los ánimos de los allí presentes. -Entonces ¿Me acompañaréis también hasta puerto?- rompió Rose el silencio.
-Así es, señorita Miller-
-Veo que no tenéis tiempo para descansar-
-Así es- La chica tragó saliva. Desde luego, era dificil para ella entretener a alguien. Observó como Laura la miraba de reojo. Quizás ella también se sentía incómoda.
-Tienes que estar deseando que llegue Nicholas- dijo de repente la criada de forma oportuna.
-No son tantos días separados, pero, por el Sol... así es- sonrió.
-No me has dicho cuanto tiempo lleváis... hablando-
-Quizá... ¿Cuatro años? No sabría decir con exactitud-
-Las fechas importantes no se olvidan, señorita- corrigió la criada. -Igualmente, no era de extrañar. Algo me decía que después de tanto tiempo sola en las afueras, volvería con una noticia así. ¿A que es fantástico, Capitán?- se atrevió la criada, obligando al hombre a despertar del estado de constante pensamiento en el que había entrado.
-¡Laura!-
-Si la hija del Lord Gobernador contrae matrimonio, sería un acontecimiento espectacular-
-Sí, claro que sí- respondió únicamente el hombre
-Hablar de matrimonio a lo mejor es algo precipitado. Yo no he dicho nada sobre...-
-Pero está claro que así sería. El Lord Gobernador apuraría los trámites para que no pasase demasiado tiempo-
-Pero si Nicholas ni si quiera...-
-Felicidades, señorita Miller- dijo entonces el hombre, sin sonrisas, puramente serio. Al ver aquel rostro, Rose pestañeó. No pudo indagar sobre lo que ocurría, puesto que las puertas del salón se abrieron, y al hacerlo, un numero considerable de hombres empezaron a salir del hogar, murmurando, prestando más bien poca atención a quienes se encontraban en la cocina. Benedict y Salomon fueron los últimos en salir, los únicos que se dirigieron hacia donde estaban ellos.
-¿Habéis terminado ya?- preguntó Rose algo inquieta.
-Me temo que solo es un descanso, mi niña. No te preocupes. Procuraré que todo esté listo para cuando vuelvas del puerto- La chica suspiró. ¿Realmente lo tenía controlado? ¿O sería capaz de dar mala imagen ante Nicholas? -Laura, el Abad Salomon se quedará a almorzar. Me parecería descortés invitarle a salir teniendo aquí comida de sobra y buena compañía. Capitán Marlow, usted también puede quedarse-
-Muy agradecido, Lord Gobernador- asintió. Rose se cruzó de brazos. No era quien para quejarse, pero la simple idea de comer con el Abad no era para nada de su gusto.
Sin remedio alguno, el comedor se dispuso con un par de sillas más ocupadas. Laura repartió equitativamente el almuerzo, llenando la mesa de otros alimentos como el pan y patatas asadas con las que se podía acompañar la ingesta. Rose se sentó junto a su padre, pero frente a Jacob. Lo agradecía. Era menos escalofriante verle a el en vez de al Abad cuando levantase la vista de su plato. No es que tuviese nada contra él... simplemente... no le gustaba.
-... Y por ello estamos planeando dar una fiesta este mismo domingo- comentó Benedict a Salomon, mientras el capitán y la chica guardaban silencio.
-Cuan noble acontecimiento, merecido para una bienvenida así- prosiguió Salomon. -Señorita Miller ¿Ha disfrutado de su estancia fuera?-
-Así es-
-¿Que... que fue eso que decidiste estudiar?-
-Culturas y lenguas universales- respondió sin necesidad de añadir más.
-Cuan interesante... Curioso que esos estudios sean del gusto de una señorita-
-A decir verdad, eramos bastantes compañeras en la Academia. Fuimos debidamente instruidas. Todas acabamos con excelentes calificaciones-
-No lo pongo en duda. Pero pensaba que os gustaba más otro tipo de disciplinas. La música, el baile, la pintura...-
-Todas disciplinas muy interesantes, pero quizá no tan prácticas para la realidad en la que vivimos- contestó Rose, algo tensa. Aun con esa mirada algo afable, la chica percibía que el Abad estaba intentando ser demasiado inquisitivo. Tal fue la forma en la que respondió, que su padre la miró.
-Una mujer con carácter, Lord Gobernador- dijo el Abad sin más, mirando al hombre en vez de a ella. La chica se ofendió con aquel gesto.
-Estoy muy orgulloso de ella-
-Y más lo estarás. Pienso seguir con mi formación- confesó, provocando caras sorprendidas, incluso en Laura.
-¿Como? ¿Por qué?- quiso saber Benedict.
-¿Y por qué no?-
-Hija, es innecesario. Tu título de Duquesa te permitirá acceder al conocimiento que quieras. No es necesario que vuelvas a irte para... estudiar-
-Pero es mi deseo. Me gusta estudiar, me gusta aprender nuevas cosas y el ambiente de Hardev es agradable- murmuró, sin cesar de comer. Mientras, Laura retiraba los platos vacíos y sucios de la mesa. Jacob fue el primero en terminar de comer, dado que era el único que no hablaba. La criada, se colocó a su lado y se inclinó sobre su hombro para retirar sus cubiertos. Se rozó con su hombro de manera intencionada, justo con la zona que ella deseaba.
-Innecesario- añadió el Abad -Una mujer no... necesita de formación-
-Le impresionaría saber que en otras regiones las mujeres trabajan en las mismas labores que los hombres, de manera que éstas son instruidas de manera igualitaria a ellos-
-Regiones alejadas del abrazo de Oath- dijo tajante.
-No es en Oath en quien ellos creen, por supuesto-
-Será un Hereje-
-No para ellos- Al decir aquello, el comedor se quedó en absoluto silencio. Rose dejó de mirar al Abad. Sabía que había hablado de más. Se limitó a regresar a su plato. Por el Sol, sabía que hasta Jacob la estaba mirando sorprendido.
-Vaya...-
-Abad, me temo que mi hija ha experimentado otros... aires durante muchos años. Perdonadla.-
-No creo que haya nada que perdonar si al Sol me acojo. No he dicho nada malo, ni mucho menos falso-
-Rose, por favor...-
-No, Lord Gobernador. No reprenda a su hija por sus palabras. Sus acciones son naturales. Los estudios... la formación y sobretodo en una mujer... se sabe que alejan de Oath- Al oir aquello, Rose apretó por puños, pero decidió contenerse y tragar saliva. Al mirar a Laura, observó como ésta le guiñaba un ojo. Al menos... ella la entendía. Por eso la quería como una madre.
-Por favor, continuad con el almuerzo-
Al terminar con la comida, los hombres de la reunión regresaron y una vez más, junto a Benedict y el Abad, se encerraron en el salón para parlamentar. Rose regresó a la cocina, mordiéndose el labio constantemente. Estaba nerviosa. No le gustaba la tensión experimentada y mucho menos quería que Nicholas llegara a percibirla. Finalmente, después de un rato, Marlow acabó quedándose sólo en la planta baja, pues tanto Rose como Laura subieron al baño.
El baño de los Miller era bastante amplio. La bañera era cómoda y la estructura permitía guardar el calor durante un rato. Laura tenía la costumbre de lavar el pelo a la chica cuando se avecinaba un acontecimiento especial. Y aquel día, no era para menos. Rose se dejó caer a lo largo de la bañera, y desde fuera, Laura enjabonaba sus cabellos castaños, lisos ahora que estaban húmedos. -Dime que todo esto te ha parecido tan incómodo como a mi-
-Estaba sosteniendo los platos con temblores. Le hubiese estampado uno en la cara a ese hombre- aquel comentario hizo que Rose riera -Es cierto. No consiento que te hablen así y mucho menos que pongan límites a lo que quieras hacer realmente. Eres libre, no eres una esclava. Y además eres inteligente. Puedes hacer lo que desees-
-Gracias, Laura. De verdad. Eres la única en toda la ciudad que me apoya, eso seguro-
-Me siento alegre de oír eso- aseguró -Eso me hace especial- añadió. Dejando a un lado el pelo, comenzó a lavar los hombros de la chica, dándole un intenso masaje -Estás tensa-
-Estoy nerviosa-
-Tranquila-
-¿Y si a mi padre no le gusta Nicholas? ¿Y si a Nicholas no le gusta mi padre?-
-Pues que miren para otro lado-
-No es tan sencillo-
-Lo es. Pero una vez más, a las mujeres se empeñan en ponernos las cosas difíciles. Deja de preocuparte por los demás, Rose. Piensa en ti. Si supieses... lo importante... lo valiosa que eres...- murmuró cerca de su oído. Por alguna razón, al sentir aquel cosquilleo de su voz, la chica se relajó. Sus músculos ya no estaban tensos. Incluso cerró los ojos para poder disfrutar del tacto suave de las manos de Laura. Ésta, sonrió igual de satisfecha, moviendo las manos en un círculo más amplio con respecto al eje que llevaba. Acarició sus brazos, su cuello, sus caderas... y por último, aún en el silencio, llevó las manos hacia los senos de la mujer. No los tomó, pero acarició plenamente sus laterales, su forma más redondeada. De forma inevitable, se pronunciaron sus pezones y Rose abrió los ojos y miró a Laura sorprendida.
-¿Sales ya?-
-Sí... claro- dijo, para después ponerse en pie y cubrirse con la toalla que la criada le cedió. Laura sonrió y Rose volvió a relajarse completamente. -Venga, no hagas esperar al capitán-
La evolución de las emociones de Benedict fue progresiva. En primas instancias frunció el ceño, a la vez enfadado por oir la palabra "pareja" pero también porque por un instante creyó no haber oido bien. En menos de lo que cantaba un gallo su expresión se relajó y lentamente fue bajando los cubiertos hasta el plato, con un trozo de carne pinchado ya en el tenedor que estaba a punto de llevarse a la boca -¿Tu... pareja?- concedió por fin tras un breve lapso de silencio. Laura, algo alejada de la mesa, bajó la cabeza con una amplísima sonrisa para despues dirigir sus ojos esmeralda hacia Benedict -¿Mi hija, mi pequeña, mi niña Rose... tiene un pretendiente?- ella asintió, entre nerviosa y emocionada. Sonrió a su padre y finalmente, lo ablandó. Benedict dio una sonora palmada de alegría -¡Ja! Qué gran noticia, fantástica noticia ¿No crees Laura?-
-Espléndidas sin duda. Es una gran noticia Rose. Me alegro muchísimo- la joven Miller agradeció
-¿Así que Nicholas, eh? ¿Y quieres presentármelo formalmente? Esto tiene buena pinta, cielo- Rose asintió -Sin embargo quiero saber... cuéntame algo de él. ¿Te trata bien? ¿Tiene algún mal hábito que deba subsanar antes de poner un pie en mi casa y arriesgarse a que tome la escopeta de caza?- dijo en tono jocoso, riendo observando a su hija. Rose se echó a reir, alegando que en absoluto había nada que temer de Nicholas. Era un hombre muy bueno, amable y cariñoso. Tenía además un gran futuro por delante, ya que era hijo de un reconocido magnate de negocios, dueño de una de las mayores tabacaleras del Imperio: Klainsmoke -¿Qué?- se sorprendió el padre -¿Klainsmoke? ¿Es hijo de Morthy Klain?- se echó a reir -¡Mi hija sí que sabe elegir un pretendiente!- rió y rió, limpiándose la barba y los labios con una servilleta de forma elegante
-¿Puedo saber cómo os conocisteis?- preguntó la criada con amabilidad y educación, risueña
-¡Eso! ¿Estudiaba lo mismo que tú?- arqueó una ceja el padre, a lo que Rose negó. Nicholas, como futuro heredero de Klansmoke, estaba estudiando finanzas. No estaban en la misma clase y él era algo mayor que ella, pero coincidían en los jardines del campus, donde se conocieron y comenzaron a intimar el uno con el otro -Oh, ya veo. Fantástico- sonrió Benedict
-Veo que tal y como tu padre, no pierdes oportunidad de seducir en tus ratos libres- sonrió Laura
-¡Laura, por favor!- rió Benedict -¿Es que me he equivocado permitiéndote darte tanta libertad?- bromeó
-Disculpad mi Lord Gobernador, pero creo saber bien que no es el caso- devolvió ella la sonrisa y cuando Rose dejó de mirarla, se mordió el labio de forma provocativa
-Tienes toda la razón- asintió el hombre -¡Pues bien! Todo sea dicho. Por supuesto, quiero que invites a este hombrecillo a tu fiesta. Quiero conocerle- concedió, haciendo que Rose se deshaciese en alegrías -Que venga unos días antes y así se habitúa a esta ciudad. Sunkirk es muy distinta de Hardev-
Y así se hizo. Aquella misma tarde Rose había escrito la cara con su puño y letra y la envió a la dirección que Nicholas le dio el último día que se vieron. Desde entonces, sólo quedó esperar. Pasaron unos días hasta que por fin llegó el cartero con una misiva en nombre de la familia Klain. El muchacho estaba preparándose para partir y llegaría en aproximadamente unos cuatro días. Rose estaba exultante, dando saltos de alegría y Laura compartía su mismo entusiasmo, en el fondo, para sus adentros, deseando conocer al chico que había robado el corazón a su querida Rose ¿Sería guapo, atractivo, escultural...? Sabía que tendría ocasión de descubrirlo, no podía permitir que nadie la distrajera de sus futuras labores. Las invitaciones para la fiesta a las casas nobles comenzaron a prepararse por igual y por tanto a enviarse, para que aquellos que tuviesen problemas para acudir pudieran dar una educada negativa, aunque fueron pocos los que no pudieron acudir. Sin embargo, las noticias volaron a oidos incluso de aquellos que no eran tan nobles. En un callejón, a altas horas de la noche, una prostituta caminaba a paso rápido entre las ratas y los restos de basura. Se apoyó contra una esquina y miró el camino que había recorrido, esperando que nadie la siguiese. Era una chica joven y bastante guapa, de piel pálida y cabellos azabache. Del pronunciado y revelador escote extrajo entonces un sobre y comenzó a buscar la forma de abrirlo sin romperlo. No se percató de que a su lado tenía a un hombre encapuchado. La mano del individuo la tomó del cuello y la aprisionó contra la pared con una fuerza abrumadora.
-Lumira Cranswood- rezó Crow, mirándola a los ojos
-¡T-tú...!- la chica soltó la carta de la impresión y forcejeó por soltarse de la presa del misterioso asaltante
-Sabes por qué he venido-
-¡No soy una bruja!- sollozó -¡No soy ninguna bruja! ¡Lo juro! Soy... soy sólo una puta, me gano la vida como puedo- gimoteó
-Sé que no eres una bruja- confirmó Crow -Y yo no soy un Inquisidor-
-P-pero... tus ropas...- sus ojos enlagrimados buscaron el emblema de la Inquisición, que se hallaba ausente -Si... si vistes así... ¿Entonces eres el fantasma?- Crow alzó una ceja -Hay historias... historias que...- tosió. Crow aflojó el agarre
-¿Qué historias, Lumira?-
-En mi gremio hay historias de un hombre, un antiguo Inquisidor que murió, traicionado por los suyos. Dicen que volvió a la vida para tomar venganza y hacer justicia... ¿Eres tú el fantasma?- dijo temblorosa
-Tal vez-
-¿Q-qué quieres de mí...?-
-La carta. Dámela y olvida a quién se la robaste. Olvida quién te la quitó- ordenó
-Y-yo... Oye... mira... me ha costado mucho obtenerla ¿Sí? P-puedo ganar algo con ella, necesito dinero. Por favor... quizá podamos llegar a un acuerdo- dejó de forcejear con el brazo de Crow y simplemente de un tirón se bajó el corsé para mostrar sus cándidos y densudos pechos, aunque algo enrojecidos por los servicios prestados. Una mano lujuriosa fue a parar a la entrepierna de Crow -Pareces muy físico para ser un fantasma, seguro que tienes unos intereses que puedo realizar y...-
-Olvida a quién se la robaste y olvida quién te la quitó- repitió Crow, impasible. Lumira enfureció
-¡La carta es mía!- rugió -Me he tenido que follar durante horas y más de una vez a ese maldito gusano de Warwick a espaldas de su esposa ¡Me la he ganado!-
-Ya has cobrado por tus servicios prestados- la soltó -Olvida la carta, a quién se la robaste y quién te la quitó- repitió por última vez. Fue a agacharse para tomarla, pero Lumira fue más rápida. Echó a correr. Estuvo a punto de pedir auxilio, pero cuando se quiso dar cuenta Crow estaba tras ella, agarrándola del cuello con un brazo, rodeándoselo
-¿¡C-ómo...?!-
-Olvídalo todo- y Crow apretó hasta que sintió que las fuerzas de la puta cedieron. Luego, le quitó la carta. La invitación a la fiesta de los Miller.
-Nunca dejará de sorprenderme tu frialdad- se materializó el Hereje a su lado -¿Qué harás ahora, Crow? ¿La llevarás a tu guarida como si fueses un personaje de un relato romántico? ¿La dejarás en tu camastro y la besarás para que al despertar, la chica se entregue a ti? La puta y el fantasma. Qué idílico- Crow hizo caso omiso a sus burlas y se echó a caminar, dejándola atrás -O también puedes hacer eso... huir, sin dejar rastro. Dejarla a merced de cualquier desalmado que pase por aquí, o de las mismas ratas que encuentren un agradable agujero entre sus piernas donde meterse a pasar la noche y de paso alimentarse- rió con voz espectral. Crow se desvaneció en las sombras sin hacerle el menor caso -Vaya... Definitivamente, no por nada eres mi favorito, chico- el Hereje se desvaneció tal y como apareció.
Por fin llegó el día, aunque el barco que transportaba a Nicholas llegaría entrando el atardecer. Rose estaba visiblemente nerviosa desde ya una buena mañana. Había pasado los días preparándolo todo, desde dar órdenes para hacer más presentable la casa como buscándose algún vestido acorde para la fiesta. Tanto fue así, que hasta se había olvidado por completo de hacer una visita a su propia ciudad tras tantos años de ausencia para ver cuanto había cambiado y aquello fue precisamente lo que Benedict aconsejó a la chica aquella mañana, tras haber acabado el desayuno -Deberías relajarte, hija. Si sigues así acabará dándote un ataque y supongo que eso daría muy mala impresión a Nicholas- rió -¿Qué te parece salir a despejarte, dar una vuelta por la ciudad? Además, tal vez encuentres algo más que ponerte. Quizá algún tocado o... algún abalorio que te resulte bonito- la chica no sabía que hacer. No ardía precisamente en deseos de salir a pasear. El ambiente de Sunkirk era agotador. El aire estaba algo viciado por la contaminación, el humo del carbón y las fábricas, de la refinería de aceite y generadores -Venga, te hará bien. Tómatelo como una media orden de tu señor padre- dijo el hombre hacíendole una caricia en la mejilla, a lo que la chica suspiró y asintió -Sin embargo me temo que no podré acompañarte. Tengo unos trabajos que llevar a cabo hoy, unas reuniones con la Corte- ¿Entonces? -Espero que no te resulte inoportuno, pero ya he avisado al capitán Jacob Marlow. No le resulta lo más mínimamente molesto acompañarte. Además, quizá así te acuerdes de algo más de él. Conocerle le conocías desde hace mucho tiempo. Es un gran hombre- Rose se preguntó si es que era algo decente retirar al capitán de la Guardia de sus funciones para acompañar a la hija de un noble a pasear -¿La hija de un noble?- rió -Eres la hija del Lord Gobernador. Te corresponde el título de Duquesa de Sunkirk. El capitán de la Guardia es la mínima proteccion que necesitas. Es un hombre capaz, prodigioso. Te mantendrá a salvo de los peligros- ¿Qué peligros? se preguntó la chica ¿Es que había peligros en Sunkirk? -Oh, no, en absoluto- mintió su padre -Vamos, prepárate, no tardará en llegar-
En cuestión de una hora llegó un coche, en el que llegó el capitán Marlow acompañado del Abad Salomon, cada uno para sus distintas tareas. El anciano se dirigía a la reunión de la Corte del Lord Gobernador, mientras que Marlow simplemente esperaba a Rose. Cuando la chica salió, se encontró con ambos en el jardín de su casa -...debéis tenerlo siempre presente-
-Sí, Abad Salomon- asintió formalmente Marlow, aunque ambos entraron en un profundo silencio en cuanto vieron que la chica se acercaba y podía oir su conversación
-Oh... Duquesa Miller- inclinó ligeramente la cabeza el Abad -Llegaron a mis oidos las notocias de vuestro regreso. Es sin menor atisbo de duda un verdadero placer...- la recorrió con la mirada -...el teneros de vuelta- sonrió con afabilidad -Vuestra belleza y virtud sin duda aportan a la luz que el sol tiene a bien regalarnos cada nuevo día- ante el comentario del Abad, Rose no supo hacer otra cosa que sonreir con amabilidad. A él sí le recordaba, pues era difícil olvidar a un hombre que imponía tantísimo respeto. Salomon era un hombre duro, severo y dedicado a su labor religiosa. Siempre fue un tipo capaz de inspirar terribles escalofríos en Rose -Pasad un buen día, señorita Miller. Y capitán Marlow, mantenedme informado por favor respecto a los Insurrectos- dijo por fin el hombre mientras entraba en la casa del Lord Gobernador, dejándola a solas con Marlow
-Buenos días, señorita Miller- dijo solemne. Ella le devolvió el saludo -Es para mí un placer poder acompañaros en el día de hoy ¿Preferís ir en coche o caminando?- teniendo en cuenta que su padre le había organizado el día sin su completo consentimiento para el mero hecho de que saliese a relajarse un poco la chica prefirió caminar. Marlow asintió conforme y así, se pusieron en marcha.
Juntos recorrieron una gran cantidad de calles, tanto de viviendas como algunas con tiendas. Para Rose, la ciudad definitivamente tenía un aspecto ligeramente diferente. Marlow le estuvo contando que habían existido dificultades desde hacía unos pocos años, poco después de que la chica se marchara a estudiar fuera. En su mayoría y estructura, parecía ser la misma ciudad. Era completamente reconocible. Sin embargo, había un tono más gris de lo normal y desde algunas calles altas, si miraba hacia el puerto o las minas de carbón, podía apreciar que había una visible diferencia de saneamiento. Tales visiones le trajeron preguntas a la cabeza y, dado que estaba con Marlow, decidió preguntar sobre los Insurrectos -Ah, ese tema- suspiró el capitán -Lamento que el Abad lo haya mencionado ante vos, señorita Miller- Rose volvió a insistir una vez más en que simplemente la lamase Rose -Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que os vi y lamento comunicaros que me costará trataros como a una igual. Sois la hija del Lord Gobernador- Rose se echó a reir ¿Es que ese hombre nunca descansaba? Definitivamente no parecía un mal tipo, sólo demasiado alerta por hacerlo todo bien. La risa de la chica relajó un tanto a Marlow -Está bien, está bien... Rose- dijo por fin. La chica aseguró que no había empezado a sangrar ni se le había roto hueso alguno porque él la hubiese llamado por su nombre -Al Sol gracias- sonrió Marlow. Rose entonces volvió a inquirir en el tema de los Insurrectos -Llamamos Insurrectos a un grupo terrorista nacional que nació poco después de que marcharais aunque en la Guardia sospechamos de que había nacido mucho antes, sin embargo comenzaron a atacar en ese entonces. Son un grupo de ratas de cloaca que claman luchar por sus derechos- bufó una risilla despreciable -Y sin embargo, no son más que unos trepas, aprovechados, parásitos que quieren robar a las casas nobles la grandeza ganada con el sudor de vuestros antepasados. Se quejan de la comida, se quejan de la fé, se quejan del trabajo, cuando aún hay algunos habitantes de Sunkirk que no tienen siquiera oportunidad de trabajar, bien sea porque no han poseido nunca una moneda o porque nacieron con algún tipo de problema que les dificulta ganarse la vida- chasqueó la lengua, tratando de calmarse -Mis disculpas, es un tema que me altera en exceso. Por alguna razón piensan que todo cuanto la nobleza posee, todo cuanto la Guardia posee, se nos ha regalado. Si estoy en este puesto, por ejemplo, es por mis merecidos ascensos. No he tenido necesidad de besarle las botas a nadie para lograrlo- Rose trató de ser empática y asegurarle que estaba segura de que se lo merecía, aunque era un tanto extraño esas revueltas ¿Eran tan peligrosos? -Lo son. Me temo que como consideran que no tienen nada que perder, cualquier pequeña cosa que hagan es ganar. Antes de que llegarais a Sunkirk hubo un intento de atentado contra el Abad Salomon en la Abadía en plena oración a Oath el Sol- Rose se llevó una mano a la boca, sorprendida ¿Realmente estaban tan desesperados? -Yo lo llamo locura. Realmente están tan locos. Por suerte, la Inquisición actuó a tiempo y fue entregado a la guardia- ¿Y qué fue de él? -Fue tratado como todo ciudadano que infringe la ley de forma severa y ha sido firmemente encerrado en un calabozo a espera de un juicio justo. Seguramente no verá la luz en muchísimo tiempo- mintió, pero Rose no tenía por qué saber lo que se escondía más allá de los barracones y despachos de los altos mandos de la Guardia -Uhm... mirad que hora es- dirigió la mirada a una alta torre con un gigantesco reloj. Las manecillas marcaban que se acercaba la hora de comer y pronto después la llegada de Nicholas -Es hora de volver, Rose- le sonrió -Os acompañaré a casa y después, tengo entendido, he de llevaros al puerto. Me temo que vuestro padre me lo encomendó debido a que estará ocupado todo el día. Espero que no os resulte molesta mi compañía- asintió con amabilidad y con una sonrisa encantadora, enternecida por la barba del hombre, que le daba un aspecto maduro, sabio y diligente.
-Espléndidas sin duda. Es una gran noticia Rose. Me alegro muchísimo- la joven Miller agradeció
-¿Así que Nicholas, eh? ¿Y quieres presentármelo formalmente? Esto tiene buena pinta, cielo- Rose asintió -Sin embargo quiero saber... cuéntame algo de él. ¿Te trata bien? ¿Tiene algún mal hábito que deba subsanar antes de poner un pie en mi casa y arriesgarse a que tome la escopeta de caza?- dijo en tono jocoso, riendo observando a su hija. Rose se echó a reir, alegando que en absoluto había nada que temer de Nicholas. Era un hombre muy bueno, amable y cariñoso. Tenía además un gran futuro por delante, ya que era hijo de un reconocido magnate de negocios, dueño de una de las mayores tabacaleras del Imperio: Klainsmoke -¿Qué?- se sorprendió el padre -¿Klainsmoke? ¿Es hijo de Morthy Klain?- se echó a reir -¡Mi hija sí que sabe elegir un pretendiente!- rió y rió, limpiándose la barba y los labios con una servilleta de forma elegante
-¿Puedo saber cómo os conocisteis?- preguntó la criada con amabilidad y educación, risueña
-¡Eso! ¿Estudiaba lo mismo que tú?- arqueó una ceja el padre, a lo que Rose negó. Nicholas, como futuro heredero de Klansmoke, estaba estudiando finanzas. No estaban en la misma clase y él era algo mayor que ella, pero coincidían en los jardines del campus, donde se conocieron y comenzaron a intimar el uno con el otro -Oh, ya veo. Fantástico- sonrió Benedict
-Veo que tal y como tu padre, no pierdes oportunidad de seducir en tus ratos libres- sonrió Laura
-¡Laura, por favor!- rió Benedict -¿Es que me he equivocado permitiéndote darte tanta libertad?- bromeó
-Disculpad mi Lord Gobernador, pero creo saber bien que no es el caso- devolvió ella la sonrisa y cuando Rose dejó de mirarla, se mordió el labio de forma provocativa
-Tienes toda la razón- asintió el hombre -¡Pues bien! Todo sea dicho. Por supuesto, quiero que invites a este hombrecillo a tu fiesta. Quiero conocerle- concedió, haciendo que Rose se deshaciese en alegrías -Que venga unos días antes y así se habitúa a esta ciudad. Sunkirk es muy distinta de Hardev-
Y así se hizo. Aquella misma tarde Rose había escrito la cara con su puño y letra y la envió a la dirección que Nicholas le dio el último día que se vieron. Desde entonces, sólo quedó esperar. Pasaron unos días hasta que por fin llegó el cartero con una misiva en nombre de la familia Klain. El muchacho estaba preparándose para partir y llegaría en aproximadamente unos cuatro días. Rose estaba exultante, dando saltos de alegría y Laura compartía su mismo entusiasmo, en el fondo, para sus adentros, deseando conocer al chico que había robado el corazón a su querida Rose ¿Sería guapo, atractivo, escultural...? Sabía que tendría ocasión de descubrirlo, no podía permitir que nadie la distrajera de sus futuras labores. Las invitaciones para la fiesta a las casas nobles comenzaron a prepararse por igual y por tanto a enviarse, para que aquellos que tuviesen problemas para acudir pudieran dar una educada negativa, aunque fueron pocos los que no pudieron acudir. Sin embargo, las noticias volaron a oidos incluso de aquellos que no eran tan nobles. En un callejón, a altas horas de la noche, una prostituta caminaba a paso rápido entre las ratas y los restos de basura. Se apoyó contra una esquina y miró el camino que había recorrido, esperando que nadie la siguiese. Era una chica joven y bastante guapa, de piel pálida y cabellos azabache. Del pronunciado y revelador escote extrajo entonces un sobre y comenzó a buscar la forma de abrirlo sin romperlo. No se percató de que a su lado tenía a un hombre encapuchado. La mano del individuo la tomó del cuello y la aprisionó contra la pared con una fuerza abrumadora.
-Lumira Cranswood- rezó Crow, mirándola a los ojos
-¡T-tú...!- la chica soltó la carta de la impresión y forcejeó por soltarse de la presa del misterioso asaltante
-Sabes por qué he venido-
-¡No soy una bruja!- sollozó -¡No soy ninguna bruja! ¡Lo juro! Soy... soy sólo una puta, me gano la vida como puedo- gimoteó
-Sé que no eres una bruja- confirmó Crow -Y yo no soy un Inquisidor-
-P-pero... tus ropas...- sus ojos enlagrimados buscaron el emblema de la Inquisición, que se hallaba ausente -Si... si vistes así... ¿Entonces eres el fantasma?- Crow alzó una ceja -Hay historias... historias que...- tosió. Crow aflojó el agarre
-¿Qué historias, Lumira?-
-En mi gremio hay historias de un hombre, un antiguo Inquisidor que murió, traicionado por los suyos. Dicen que volvió a la vida para tomar venganza y hacer justicia... ¿Eres tú el fantasma?- dijo temblorosa
-Tal vez-
-¿Q-qué quieres de mí...?-
-La carta. Dámela y olvida a quién se la robaste. Olvida quién te la quitó- ordenó
-Y-yo... Oye... mira... me ha costado mucho obtenerla ¿Sí? P-puedo ganar algo con ella, necesito dinero. Por favor... quizá podamos llegar a un acuerdo- dejó de forcejear con el brazo de Crow y simplemente de un tirón se bajó el corsé para mostrar sus cándidos y densudos pechos, aunque algo enrojecidos por los servicios prestados. Una mano lujuriosa fue a parar a la entrepierna de Crow -Pareces muy físico para ser un fantasma, seguro que tienes unos intereses que puedo realizar y...-
-Olvida a quién se la robaste y olvida quién te la quitó- repitió Crow, impasible. Lumira enfureció
-¡La carta es mía!- rugió -Me he tenido que follar durante horas y más de una vez a ese maldito gusano de Warwick a espaldas de su esposa ¡Me la he ganado!-
-Ya has cobrado por tus servicios prestados- la soltó -Olvida la carta, a quién se la robaste y quién te la quitó- repitió por última vez. Fue a agacharse para tomarla, pero Lumira fue más rápida. Echó a correr. Estuvo a punto de pedir auxilio, pero cuando se quiso dar cuenta Crow estaba tras ella, agarrándola del cuello con un brazo, rodeándoselo
-¿¡C-ómo...?!-
-Olvídalo todo- y Crow apretó hasta que sintió que las fuerzas de la puta cedieron. Luego, le quitó la carta. La invitación a la fiesta de los Miller.
-Nunca dejará de sorprenderme tu frialdad- se materializó el Hereje a su lado -¿Qué harás ahora, Crow? ¿La llevarás a tu guarida como si fueses un personaje de un relato romántico? ¿La dejarás en tu camastro y la besarás para que al despertar, la chica se entregue a ti? La puta y el fantasma. Qué idílico- Crow hizo caso omiso a sus burlas y se echó a caminar, dejándola atrás -O también puedes hacer eso... huir, sin dejar rastro. Dejarla a merced de cualquier desalmado que pase por aquí, o de las mismas ratas que encuentren un agradable agujero entre sus piernas donde meterse a pasar la noche y de paso alimentarse- rió con voz espectral. Crow se desvaneció en las sombras sin hacerle el menor caso -Vaya... Definitivamente, no por nada eres mi favorito, chico- el Hereje se desvaneció tal y como apareció.
Por fin llegó el día, aunque el barco que transportaba a Nicholas llegaría entrando el atardecer. Rose estaba visiblemente nerviosa desde ya una buena mañana. Había pasado los días preparándolo todo, desde dar órdenes para hacer más presentable la casa como buscándose algún vestido acorde para la fiesta. Tanto fue así, que hasta se había olvidado por completo de hacer una visita a su propia ciudad tras tantos años de ausencia para ver cuanto había cambiado y aquello fue precisamente lo que Benedict aconsejó a la chica aquella mañana, tras haber acabado el desayuno -Deberías relajarte, hija. Si sigues así acabará dándote un ataque y supongo que eso daría muy mala impresión a Nicholas- rió -¿Qué te parece salir a despejarte, dar una vuelta por la ciudad? Además, tal vez encuentres algo más que ponerte. Quizá algún tocado o... algún abalorio que te resulte bonito- la chica no sabía que hacer. No ardía precisamente en deseos de salir a pasear. El ambiente de Sunkirk era agotador. El aire estaba algo viciado por la contaminación, el humo del carbón y las fábricas, de la refinería de aceite y generadores -Venga, te hará bien. Tómatelo como una media orden de tu señor padre- dijo el hombre hacíendole una caricia en la mejilla, a lo que la chica suspiró y asintió -Sin embargo me temo que no podré acompañarte. Tengo unos trabajos que llevar a cabo hoy, unas reuniones con la Corte- ¿Entonces? -Espero que no te resulte inoportuno, pero ya he avisado al capitán Jacob Marlow. No le resulta lo más mínimamente molesto acompañarte. Además, quizá así te acuerdes de algo más de él. Conocerle le conocías desde hace mucho tiempo. Es un gran hombre- Rose se preguntó si es que era algo decente retirar al capitán de la Guardia de sus funciones para acompañar a la hija de un noble a pasear -¿La hija de un noble?- rió -Eres la hija del Lord Gobernador. Te corresponde el título de Duquesa de Sunkirk. El capitán de la Guardia es la mínima proteccion que necesitas. Es un hombre capaz, prodigioso. Te mantendrá a salvo de los peligros- ¿Qué peligros? se preguntó la chica ¿Es que había peligros en Sunkirk? -Oh, no, en absoluto- mintió su padre -Vamos, prepárate, no tardará en llegar-
En cuestión de una hora llegó un coche, en el que llegó el capitán Marlow acompañado del Abad Salomon, cada uno para sus distintas tareas. El anciano se dirigía a la reunión de la Corte del Lord Gobernador, mientras que Marlow simplemente esperaba a Rose. Cuando la chica salió, se encontró con ambos en el jardín de su casa -...debéis tenerlo siempre presente-
-Sí, Abad Salomon- asintió formalmente Marlow, aunque ambos entraron en un profundo silencio en cuanto vieron que la chica se acercaba y podía oir su conversación
-Oh... Duquesa Miller- inclinó ligeramente la cabeza el Abad -Llegaron a mis oidos las notocias de vuestro regreso. Es sin menor atisbo de duda un verdadero placer...- la recorrió con la mirada -...el teneros de vuelta- sonrió con afabilidad -Vuestra belleza y virtud sin duda aportan a la luz que el sol tiene a bien regalarnos cada nuevo día- ante el comentario del Abad, Rose no supo hacer otra cosa que sonreir con amabilidad. A él sí le recordaba, pues era difícil olvidar a un hombre que imponía tantísimo respeto. Salomon era un hombre duro, severo y dedicado a su labor religiosa. Siempre fue un tipo capaz de inspirar terribles escalofríos en Rose -Pasad un buen día, señorita Miller. Y capitán Marlow, mantenedme informado por favor respecto a los Insurrectos- dijo por fin el hombre mientras entraba en la casa del Lord Gobernador, dejándola a solas con Marlow
-Buenos días, señorita Miller- dijo solemne. Ella le devolvió el saludo -Es para mí un placer poder acompañaros en el día de hoy ¿Preferís ir en coche o caminando?- teniendo en cuenta que su padre le había organizado el día sin su completo consentimiento para el mero hecho de que saliese a relajarse un poco la chica prefirió caminar. Marlow asintió conforme y así, se pusieron en marcha.
Juntos recorrieron una gran cantidad de calles, tanto de viviendas como algunas con tiendas. Para Rose, la ciudad definitivamente tenía un aspecto ligeramente diferente. Marlow le estuvo contando que habían existido dificultades desde hacía unos pocos años, poco después de que la chica se marchara a estudiar fuera. En su mayoría y estructura, parecía ser la misma ciudad. Era completamente reconocible. Sin embargo, había un tono más gris de lo normal y desde algunas calles altas, si miraba hacia el puerto o las minas de carbón, podía apreciar que había una visible diferencia de saneamiento. Tales visiones le trajeron preguntas a la cabeza y, dado que estaba con Marlow, decidió preguntar sobre los Insurrectos -Ah, ese tema- suspiró el capitán -Lamento que el Abad lo haya mencionado ante vos, señorita Miller- Rose volvió a insistir una vez más en que simplemente la lamase Rose -Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que os vi y lamento comunicaros que me costará trataros como a una igual. Sois la hija del Lord Gobernador- Rose se echó a reir ¿Es que ese hombre nunca descansaba? Definitivamente no parecía un mal tipo, sólo demasiado alerta por hacerlo todo bien. La risa de la chica relajó un tanto a Marlow -Está bien, está bien... Rose- dijo por fin. La chica aseguró que no había empezado a sangrar ni se le había roto hueso alguno porque él la hubiese llamado por su nombre -Al Sol gracias- sonrió Marlow. Rose entonces volvió a inquirir en el tema de los Insurrectos -Llamamos Insurrectos a un grupo terrorista nacional que nació poco después de que marcharais aunque en la Guardia sospechamos de que había nacido mucho antes, sin embargo comenzaron a atacar en ese entonces. Son un grupo de ratas de cloaca que claman luchar por sus derechos- bufó una risilla despreciable -Y sin embargo, no son más que unos trepas, aprovechados, parásitos que quieren robar a las casas nobles la grandeza ganada con el sudor de vuestros antepasados. Se quejan de la comida, se quejan de la fé, se quejan del trabajo, cuando aún hay algunos habitantes de Sunkirk que no tienen siquiera oportunidad de trabajar, bien sea porque no han poseido nunca una moneda o porque nacieron con algún tipo de problema que les dificulta ganarse la vida- chasqueó la lengua, tratando de calmarse -Mis disculpas, es un tema que me altera en exceso. Por alguna razón piensan que todo cuanto la nobleza posee, todo cuanto la Guardia posee, se nos ha regalado. Si estoy en este puesto, por ejemplo, es por mis merecidos ascensos. No he tenido necesidad de besarle las botas a nadie para lograrlo- Rose trató de ser empática y asegurarle que estaba segura de que se lo merecía, aunque era un tanto extraño esas revueltas ¿Eran tan peligrosos? -Lo son. Me temo que como consideran que no tienen nada que perder, cualquier pequeña cosa que hagan es ganar. Antes de que llegarais a Sunkirk hubo un intento de atentado contra el Abad Salomon en la Abadía en plena oración a Oath el Sol- Rose se llevó una mano a la boca, sorprendida ¿Realmente estaban tan desesperados? -Yo lo llamo locura. Realmente están tan locos. Por suerte, la Inquisición actuó a tiempo y fue entregado a la guardia- ¿Y qué fue de él? -Fue tratado como todo ciudadano que infringe la ley de forma severa y ha sido firmemente encerrado en un calabozo a espera de un juicio justo. Seguramente no verá la luz en muchísimo tiempo- mintió, pero Rose no tenía por qué saber lo que se escondía más allá de los barracones y despachos de los altos mandos de la Guardia -Uhm... mirad que hora es- dirigió la mirada a una alta torre con un gigantesco reloj. Las manecillas marcaban que se acercaba la hora de comer y pronto después la llegada de Nicholas -Es hora de volver, Rose- le sonrió -Os acompañaré a casa y después, tengo entendido, he de llevaros al puerto. Me temo que vuestro padre me lo encomendó debido a que estará ocupado todo el día. Espero que no os resulte molesta mi compañía- asintió con amabilidad y con una sonrisa encantadora, enternecida por la barba del hombre, que le daba un aspecto maduro, sabio y diligente.
lunes, 26 de junio de 2017
La muchacha, personada en el cuerpo de toda una mujer, sentía que sus mejillas se dolían de tanto sonreír. ¿Cuanto tiempo había pasado desde a última vez que su padre había viajado para visitarla allá en Hardev? ¿Dos? ¿Tres años? El tiempo había pasado tan lento desde entonces, que el estar de nuevo en Sunkirk era casi como vivir un nuevo sueño -¡Por todos los cielos! ¡Tienes la barba blanca, repleta de canas!- puntualizó la chica tras separarse del abrazo.
-Hija mía, después de tanto tiempo ¿Eso es lo único que se te ocurre decirme?-
-Es que por lo demás... estás igual. Quizá algo más de... barriga- bromeó, volviendo a abrazarle, pero rodeándole por dicha zona con los brazos. Aquello produjo una risa algo incómoda al Lord Gobernador, que dirigió una mirada al capitán de la Guardia de lo más circunstanciosa.
-Bueno, bueno... ¿Por qué no hablamos de ti? ¿Y esa ropa?- Aquella pregunta, hizo que Rose se echase un vistazo. Estaba acostumbrada a vestir así, pero casi había olvidado que no era costumbre el uso de pantalones entre las mujeres en su oscura ciudad.
-¿Qué tiene de malo? Es la última moda en Hardev. Todas las señoritas de la residencia los usan y... nos da un toque de lo más distinguido entre la sociedad- sonrió, hinchando el pecho repleta de orgullo.
-Bueno, no seré yo quien lo niegue. Al fin y al cabo, no soy una señorita de la residencia de nuevas mujeres intelectuales. Pero quizás... deberías usar unas ropas adecuadas a esta, tu ciudad- Rose arqueó una ceja, cruzándose de brazos. ¿Realmente ya estaba prohibiéndole cosas? ¿Nada más llegar y sin haber pisado aun el suelo de su hogar? Benedict debió darse cuenta de aquellos gestos en su hija, puesto que carraspeó y cambió el rumbo de la conversación. -Bueno, lo que sea lo hablaremos en casa. Debes estar deseando volver, recuperar tu antigua habitación, tus libros y tus enseres. ¿Nos vamos?- La chica no pudo hacer otra cosa que asentir sin borrar la sonrisa de su rostro mientras su padre recogía del suelo su par de maletas.
Durante todo el viaje de vuelta, se había esmerado en recuperar todos aquellos recuerdos que aun guardaba en su mente de su casa, y había descubierto, que había olvidado como eran algunos rincones, así como los olores, los colores y algunas otras cosas pertenecientes a la misma. Por ello, ajena a sorpresas por el vehículo que su padre usaba, dado que había visto muchos de ellos durante sus estudios, procedió a abrir la puerta. Sin embargo, su acción se vio interrumpida cuando otra mano, más grande y oscura en tonalidad, se adelantó para abrir la puerta del mismo, y en vez de entrar, retirase. Un hombre alto, moreno y con una espesa barba, estaba ofreciéndole asiento a ella primero. -Ah, claro. Rose ¿Recuerdas a Jacob Marlow? Ya era Capitán de la Guardia cuando te fuiste. Solía acudir a casa para reunirse conmigo y nos escoltaba a ambos cuando salíamos de casa- Rose entornó los ojos, observando al hombre.
-Lo cierto es que no... no os recuerdo. Lo siento.- admitió, algo avergonzada por la situación, mordiéndose el labio. -Pero... es normal. No recuerdo de seguro a muchísima gente. Me fui hace demasiado tiempo- añadió, intentando quitarle peso al asunto.
-No hay problema en absoluto, señorita Miller-
-Rose, llamadme Rose simplemente, capitán.- sonrió. Ante aquel acto de confianza, el capitán quiso inclinarse. Pero rauda, la chica extendió su mano con intenciones de que se la estrechara. Aquel nuevo gesto, dejó perplejo a Benedict. Sin lugar a dudas, Rose había cambiado demasiado. Sus comportamientos eran demasiado novedosos. Tanto, que ni si quiera Jacob supo como responder.
-Esta hija mía...- se adelantó a decir el Lord Gobernador -Vamos, Rose. No perdamos tiempo- dijo, instándola a subir. La chica simplemente suspiró y sonrió a Marlow antes de entrar en el coche. Quizá una sonrisa, era más que suficiente de momento.
El paseo hasta el hogar de los Miller, fue como toda una bocanada de recuerdos para la chica, que no podía dejar de mirar por la ventanilla. Sunkirk estaba tal y como ella recordaba. Gris, lúgubre, neblinosa y con el ambiente tan caldeado y soporífero de siempre. Parecía mentira que el tiempo decidiese no hacer mella sobre cada edificio, cada calle o cada hogar. Quizás se debía, a que siempre había mostrado la ciudad un aspecto viejo.
Cuando el coche se detuvo en la puerta de la mansión, Rose suspiró hondamente. Mentiría si dijese que no estaba ansiosa por entrar. Por ello, fue la primera en bajar y la primera en encaminarse hacia la puerta, mucho antes de que Jacob pudiese seguirla físicamente en su función de escolta. Lo que Rose no esperó, es que la puerta se abriese para recibirla sin ni si quiera ella haber llamado a la puerta. Del umbral oscuro, asomó una mujer preciosa. Sus cabellos rojizos, del color del fuego, entonaban perfectamente con aquellos ojos redondos de color esmeralda. Aquella nariz tan fina, parecía la de una muñeca. Y aquel cuerpo, vestido con uniforme de hogar... No podía ser cierto. -¿Laura?-
-Mi querida Rose...- sonrió la mujer, extendiendo los brazos y abriéndolos de par en par, esperando recibir el abrazo de la pequeña de la casa.
-¡¿Laura?! ¿Como es posible?- sonrió la chica estupefacta. Le dio un caluroso abrazo y después se separó, para tomarle el rostro a su criada con ambas manos. Era más alta que ella, más alta que muchas mujeres, y eso la hacía aun más bella. Pero aun así, su rostro estaba terso. Pequeñas arrugas surcaban la almendra de sus ojos, así como los márgenes de los labios. Apenas tenía manchas en la piel, solo unas pocas. Sus ojos brillaban y las venas de su piel se marcaban poco sobre su color natural -Estás... estás prácticamente igual- Rose tuvo que llevarse una mano a la boca para no carcajearse de manera poco ordinaria. -¿Se puede saber que pacto con lo oscuro habéis hecho en esta casa para que todo el paso de los años haya pesado sobre mi padre y no sobre ti? Madre mía...- la chica volvió a morderse el labio. Era una costumbre, una manía. -Te he echado mucho menos-
-Y yo a ti, Rose. Y si me permites decirlo, quizá yo haya envejecido bien. Pero tú estás sencillamente... preciosa- la miró de arriba abajo. Rose sintió su mirada clavada en cada parte de su cuerpo y aquello le provocaba satisfacción, porque Laura, era lo más parecido a una madre que tenía. De ahí a la confianza en el trato, en las formas y en la relación entre ambas. -Madre mía. Eres toda una mujer. Recordaba tu físico al marcharte y sabía que no volvería a verlo nunca, pero no me lo imaginaba tan cambiado- ambas mujeres sonrieron, como amigas de toda la vida, cogidas de las manos, inseparables. -Si yo fuera un muchacho, te hubiese pretendido- bromeó la criada -Confiésamelo a mi antes que a tu padre. ¿Hay algún muchacho ya?- se acercó a su oído. Y al hacerlo, Rose la empujó levemente hacia atrás
-¡Oye!- rió -Hablaremos las cosas... con tranquilidad- murmuró.
-Cuanta carga de intenciones hay en esas palabras, señorita...- Laura arqueó una ceja -No me hagas esperar demasiado. Cuando el señor lo estime oportuno, tengo el almuerzo preparado y listo para servirse.- anunció en voz más alta, para que Benedict pudiese oírla. -Dejemos a los hombres con sus temas... ¿Quieres entrar?- Rose volvió a asentir, y ante ello, su criada la tomó de la mano y la instó a entrar en el hogar, desapareciendo ambas mujeres en el umbral.
Sin lugar a dudas, poco había cambiado dentro de la mansión. Los cuadros y los muebles eran prácticamente los mismos, así como las alfombras. Ninguna habitación había cambiado de sitio, y mucho menos la de Rose. Cuando la chica entró, casi se muere de vergüenza al ver la cantidad de muñecas y otros juguetes que tenía. Era una niña cuando se fue, y por tanto, sus gustos habían madurado demasiado. Pensar que esa noche dormiría en una colcha rosa, rodeada de juguetes y motivos infantiles... le daba cierta incomodidad. -Pues a ti te gustaba mucho tu habitación antes de irte- dijo Laura, guardando el equipaje de Rose.
-No lo niego, pero... quizás necesite un cambio-
-Dime que quieres y lo tendré preparado lo antes posible-
-Quiero una estantería y... varios libros. A poder ser, algunos en otros idiomas-
-Vaya... si que has estudiado- sonrió la mujer.
-Después de ocho años... ni te imaginas la de conocimientos nuevos que he adquirido. No me arrepiento de haber dicho a tiempo que deseaba estudiar e ir a la Academia de Hardev. Aqui en Sunkirk, todo es demasiado... monótono y estático. Estudiar lenguas y culturas de otros lugares ha sido fascinante. Además he conocido a muchísima gente nueva, he compartido ideas, pensamientos y... Oh, Laura, si pudieses imaginar como es Hardev... es otro mundo. Me ha abierto muchísimo la mente-
-¿También te han abierto... de otro tipo de formas?- preguntó con voz baja la criada, con una ceja arqueada y mirando directamente a la chica, que primero se extrañaba de su pregunta con el ceño fruncido, y luego, abría los ojos impresionada por el atrevimiento.
-¡Laura!- Rose tuvo que admitir, que esa pregunta había estado bien a pesar de todo. -¿Por quien me tomas?-
-Por una mujer inteligente. Está claro que te has convertido en eso, y me alegro. El resto es solo curiosidad-
-Admito que he tenido compañeras que... han conocido a hombres en la cama durante la docencia. Pero no es mi caso, ni mi estilo- puntualizó con media sonrisa.
-Bueno, bueno... está bien. Tienes claras las ideas- aseguró -Aun así, no te equivoques. Me gusta mucho imaginar, Rose. Y te agradecería enormemente que me contases todas esas cosas que has aprendido, esas cosas que han llegado a abrir tu mente. Me encantaría saberlo... todo- recalcó esa ultima palabra -Pero no será esta noche. Ve al comedor. Sirvo la comida en seguida- alegó. Rose se levantó de la cama y se dirigió al comedor, esperando que su padre ya estuviese allí. Laura, a solas, sonrió orgullosa.
El almuerzo estaba exquisito, como todo alimento que Laura preparaba. Tenia unas manos increíbles para la cocina y Rose sabía perfectamente que ni los almuerzos de Hardev hacían justicia a los de ella. La criada, se mantuvo al margen viendo a padre e hija comer. Era la costumbre. Ella comería después, sola, pues su tarea de momento, era servir.
Además, durante la ingesta, Rose estuvo explicando a su padre cosas parecidas a las que anteriormente le había contado a Laura. Habló sobre sus estudios culturales, sobre sus nuevas amigas y sobre sus excelentes calificaciones. Benedict estaba orgulloso de tener una hija tan nerviosa para los estudios, tan curiosa para su propia realidad. Era su tesoro. Su única hija. Y el simple hecho de oírla hablar y reír mientras comía, era un deleite para sus oídos. Por eso, nada más terminar de comer, decidió confesar sus planes. -Rose, he estado pensando desde hace unos días para aca... que quizás deberíamos celebrar tu llegada y tu cumpleaños como es debido, por si pensabas que ya se me olvidaba el día de tu nacimiento- bromeó de forma paternal.
-¿Una fiesta?-
-¿Por qué no? Tenías muchas amistades y gente conocida aquí. Diantres, eres la hija del Lord Gobernador, que ha regresado graduada en la Academia después de muchos años de esfuerzos, y que además, cumplirá veinticuatro preciosos inviernos. Me parece motivo de más-
-Si... No me disgusta la idea... dado que yo también he estado... meditando- Al decir aquello, Benedict esperó paciente lo que su hija tuviese que decirle. Ésta, miró a Laura de reojo. Estaba nerviosa, y tenía motivos de sobre. -Dado que he hecho muchas amistades en Hardev y... considero que ya tengo la suficiente edad, pensaba que... quizás deberías conocer a alguien... y si vamos a dar una fiesta, me gustaría que él estuviese aquí-
-¿Él?-
-Nicholas... Nicholas Klain. Él... es... mi pareja-
-Hija mía, después de tanto tiempo ¿Eso es lo único que se te ocurre decirme?-
-Es que por lo demás... estás igual. Quizá algo más de... barriga- bromeó, volviendo a abrazarle, pero rodeándole por dicha zona con los brazos. Aquello produjo una risa algo incómoda al Lord Gobernador, que dirigió una mirada al capitán de la Guardia de lo más circunstanciosa.
-Bueno, bueno... ¿Por qué no hablamos de ti? ¿Y esa ropa?- Aquella pregunta, hizo que Rose se echase un vistazo. Estaba acostumbrada a vestir así, pero casi había olvidado que no era costumbre el uso de pantalones entre las mujeres en su oscura ciudad.
-¿Qué tiene de malo? Es la última moda en Hardev. Todas las señoritas de la residencia los usan y... nos da un toque de lo más distinguido entre la sociedad- sonrió, hinchando el pecho repleta de orgullo.
-Bueno, no seré yo quien lo niegue. Al fin y al cabo, no soy una señorita de la residencia de nuevas mujeres intelectuales. Pero quizás... deberías usar unas ropas adecuadas a esta, tu ciudad- Rose arqueó una ceja, cruzándose de brazos. ¿Realmente ya estaba prohibiéndole cosas? ¿Nada más llegar y sin haber pisado aun el suelo de su hogar? Benedict debió darse cuenta de aquellos gestos en su hija, puesto que carraspeó y cambió el rumbo de la conversación. -Bueno, lo que sea lo hablaremos en casa. Debes estar deseando volver, recuperar tu antigua habitación, tus libros y tus enseres. ¿Nos vamos?- La chica no pudo hacer otra cosa que asentir sin borrar la sonrisa de su rostro mientras su padre recogía del suelo su par de maletas.
Durante todo el viaje de vuelta, se había esmerado en recuperar todos aquellos recuerdos que aun guardaba en su mente de su casa, y había descubierto, que había olvidado como eran algunos rincones, así como los olores, los colores y algunas otras cosas pertenecientes a la misma. Por ello, ajena a sorpresas por el vehículo que su padre usaba, dado que había visto muchos de ellos durante sus estudios, procedió a abrir la puerta. Sin embargo, su acción se vio interrumpida cuando otra mano, más grande y oscura en tonalidad, se adelantó para abrir la puerta del mismo, y en vez de entrar, retirase. Un hombre alto, moreno y con una espesa barba, estaba ofreciéndole asiento a ella primero. -Ah, claro. Rose ¿Recuerdas a Jacob Marlow? Ya era Capitán de la Guardia cuando te fuiste. Solía acudir a casa para reunirse conmigo y nos escoltaba a ambos cuando salíamos de casa- Rose entornó los ojos, observando al hombre.
-Lo cierto es que no... no os recuerdo. Lo siento.- admitió, algo avergonzada por la situación, mordiéndose el labio. -Pero... es normal. No recuerdo de seguro a muchísima gente. Me fui hace demasiado tiempo- añadió, intentando quitarle peso al asunto.
-No hay problema en absoluto, señorita Miller-
-Rose, llamadme Rose simplemente, capitán.- sonrió. Ante aquel acto de confianza, el capitán quiso inclinarse. Pero rauda, la chica extendió su mano con intenciones de que se la estrechara. Aquel nuevo gesto, dejó perplejo a Benedict. Sin lugar a dudas, Rose había cambiado demasiado. Sus comportamientos eran demasiado novedosos. Tanto, que ni si quiera Jacob supo como responder.
-Esta hija mía...- se adelantó a decir el Lord Gobernador -Vamos, Rose. No perdamos tiempo- dijo, instándola a subir. La chica simplemente suspiró y sonrió a Marlow antes de entrar en el coche. Quizá una sonrisa, era más que suficiente de momento.
El paseo hasta el hogar de los Miller, fue como toda una bocanada de recuerdos para la chica, que no podía dejar de mirar por la ventanilla. Sunkirk estaba tal y como ella recordaba. Gris, lúgubre, neblinosa y con el ambiente tan caldeado y soporífero de siempre. Parecía mentira que el tiempo decidiese no hacer mella sobre cada edificio, cada calle o cada hogar. Quizás se debía, a que siempre había mostrado la ciudad un aspecto viejo.
Cuando el coche se detuvo en la puerta de la mansión, Rose suspiró hondamente. Mentiría si dijese que no estaba ansiosa por entrar. Por ello, fue la primera en bajar y la primera en encaminarse hacia la puerta, mucho antes de que Jacob pudiese seguirla físicamente en su función de escolta. Lo que Rose no esperó, es que la puerta se abriese para recibirla sin ni si quiera ella haber llamado a la puerta. Del umbral oscuro, asomó una mujer preciosa. Sus cabellos rojizos, del color del fuego, entonaban perfectamente con aquellos ojos redondos de color esmeralda. Aquella nariz tan fina, parecía la de una muñeca. Y aquel cuerpo, vestido con uniforme de hogar... No podía ser cierto. -¿Laura?-
-Mi querida Rose...- sonrió la mujer, extendiendo los brazos y abriéndolos de par en par, esperando recibir el abrazo de la pequeña de la casa.
-¡¿Laura?! ¿Como es posible?- sonrió la chica estupefacta. Le dio un caluroso abrazo y después se separó, para tomarle el rostro a su criada con ambas manos. Era más alta que ella, más alta que muchas mujeres, y eso la hacía aun más bella. Pero aun así, su rostro estaba terso. Pequeñas arrugas surcaban la almendra de sus ojos, así como los márgenes de los labios. Apenas tenía manchas en la piel, solo unas pocas. Sus ojos brillaban y las venas de su piel se marcaban poco sobre su color natural -Estás... estás prácticamente igual- Rose tuvo que llevarse una mano a la boca para no carcajearse de manera poco ordinaria. -¿Se puede saber que pacto con lo oscuro habéis hecho en esta casa para que todo el paso de los años haya pesado sobre mi padre y no sobre ti? Madre mía...- la chica volvió a morderse el labio. Era una costumbre, una manía. -Te he echado mucho menos-
-Y yo a ti, Rose. Y si me permites decirlo, quizá yo haya envejecido bien. Pero tú estás sencillamente... preciosa- la miró de arriba abajo. Rose sintió su mirada clavada en cada parte de su cuerpo y aquello le provocaba satisfacción, porque Laura, era lo más parecido a una madre que tenía. De ahí a la confianza en el trato, en las formas y en la relación entre ambas. -Madre mía. Eres toda una mujer. Recordaba tu físico al marcharte y sabía que no volvería a verlo nunca, pero no me lo imaginaba tan cambiado- ambas mujeres sonrieron, como amigas de toda la vida, cogidas de las manos, inseparables. -Si yo fuera un muchacho, te hubiese pretendido- bromeó la criada -Confiésamelo a mi antes que a tu padre. ¿Hay algún muchacho ya?- se acercó a su oído. Y al hacerlo, Rose la empujó levemente hacia atrás
-¡Oye!- rió -Hablaremos las cosas... con tranquilidad- murmuró.
-Cuanta carga de intenciones hay en esas palabras, señorita...- Laura arqueó una ceja -No me hagas esperar demasiado. Cuando el señor lo estime oportuno, tengo el almuerzo preparado y listo para servirse.- anunció en voz más alta, para que Benedict pudiese oírla. -Dejemos a los hombres con sus temas... ¿Quieres entrar?- Rose volvió a asentir, y ante ello, su criada la tomó de la mano y la instó a entrar en el hogar, desapareciendo ambas mujeres en el umbral.
Sin lugar a dudas, poco había cambiado dentro de la mansión. Los cuadros y los muebles eran prácticamente los mismos, así como las alfombras. Ninguna habitación había cambiado de sitio, y mucho menos la de Rose. Cuando la chica entró, casi se muere de vergüenza al ver la cantidad de muñecas y otros juguetes que tenía. Era una niña cuando se fue, y por tanto, sus gustos habían madurado demasiado. Pensar que esa noche dormiría en una colcha rosa, rodeada de juguetes y motivos infantiles... le daba cierta incomodidad. -Pues a ti te gustaba mucho tu habitación antes de irte- dijo Laura, guardando el equipaje de Rose.
-No lo niego, pero... quizás necesite un cambio-
-Dime que quieres y lo tendré preparado lo antes posible-
-Quiero una estantería y... varios libros. A poder ser, algunos en otros idiomas-
-Vaya... si que has estudiado- sonrió la mujer.
-Después de ocho años... ni te imaginas la de conocimientos nuevos que he adquirido. No me arrepiento de haber dicho a tiempo que deseaba estudiar e ir a la Academia de Hardev. Aqui en Sunkirk, todo es demasiado... monótono y estático. Estudiar lenguas y culturas de otros lugares ha sido fascinante. Además he conocido a muchísima gente nueva, he compartido ideas, pensamientos y... Oh, Laura, si pudieses imaginar como es Hardev... es otro mundo. Me ha abierto muchísimo la mente-
-¿También te han abierto... de otro tipo de formas?- preguntó con voz baja la criada, con una ceja arqueada y mirando directamente a la chica, que primero se extrañaba de su pregunta con el ceño fruncido, y luego, abría los ojos impresionada por el atrevimiento.
-¡Laura!- Rose tuvo que admitir, que esa pregunta había estado bien a pesar de todo. -¿Por quien me tomas?-
-Por una mujer inteligente. Está claro que te has convertido en eso, y me alegro. El resto es solo curiosidad-
-Admito que he tenido compañeras que... han conocido a hombres en la cama durante la docencia. Pero no es mi caso, ni mi estilo- puntualizó con media sonrisa.
-Bueno, bueno... está bien. Tienes claras las ideas- aseguró -Aun así, no te equivoques. Me gusta mucho imaginar, Rose. Y te agradecería enormemente que me contases todas esas cosas que has aprendido, esas cosas que han llegado a abrir tu mente. Me encantaría saberlo... todo- recalcó esa ultima palabra -Pero no será esta noche. Ve al comedor. Sirvo la comida en seguida- alegó. Rose se levantó de la cama y se dirigió al comedor, esperando que su padre ya estuviese allí. Laura, a solas, sonrió orgullosa.
El almuerzo estaba exquisito, como todo alimento que Laura preparaba. Tenia unas manos increíbles para la cocina y Rose sabía perfectamente que ni los almuerzos de Hardev hacían justicia a los de ella. La criada, se mantuvo al margen viendo a padre e hija comer. Era la costumbre. Ella comería después, sola, pues su tarea de momento, era servir.
Además, durante la ingesta, Rose estuvo explicando a su padre cosas parecidas a las que anteriormente le había contado a Laura. Habló sobre sus estudios culturales, sobre sus nuevas amigas y sobre sus excelentes calificaciones. Benedict estaba orgulloso de tener una hija tan nerviosa para los estudios, tan curiosa para su propia realidad. Era su tesoro. Su única hija. Y el simple hecho de oírla hablar y reír mientras comía, era un deleite para sus oídos. Por eso, nada más terminar de comer, decidió confesar sus planes. -Rose, he estado pensando desde hace unos días para aca... que quizás deberíamos celebrar tu llegada y tu cumpleaños como es debido, por si pensabas que ya se me olvidaba el día de tu nacimiento- bromeó de forma paternal.
-¿Una fiesta?-
-¿Por qué no? Tenías muchas amistades y gente conocida aquí. Diantres, eres la hija del Lord Gobernador, que ha regresado graduada en la Academia después de muchos años de esfuerzos, y que además, cumplirá veinticuatro preciosos inviernos. Me parece motivo de más-
-Si... No me disgusta la idea... dado que yo también he estado... meditando- Al decir aquello, Benedict esperó paciente lo que su hija tuviese que decirle. Ésta, miró a Laura de reojo. Estaba nerviosa, y tenía motivos de sobre. -Dado que he hecho muchas amistades en Hardev y... considero que ya tengo la suficiente edad, pensaba que... quizás deberías conocer a alguien... y si vamos a dar una fiesta, me gustaría que él estuviese aquí-
-¿Él?-
-Nicholas... Nicholas Klain. Él... es... mi pareja-
El cielo estaba nublado como era costumbre, y estaba bastante oscuro. Aún así no parecía amenazar tormenta, no de momento, o al menos no en el cielo. A esas horas de la mañana, muchos hombres y mujeres de distintas clases sociales caminaban por las estrechas calles de Sunkirk, aquella gran urbe de edificios altos, estrechos y muy unidos unos con otros. Aquellos que paseaban por las calles era su gente. Los que caminaban o eran muy pobres, prácticamente indigentes, u obreros de clase media que no habían conseguido limpiarse las manchas de carbón de las manos o la ropa, no del todo. Tanto ellos como ellas trabajaban por igual, aunque no en las mismas condiciones. Mientras hombres solteros o maridos con cargas familiares iban por las calles pensando en sus próximas labores del día siguiente y en cuanto los dolía la espalda, ellas pensaban en sus hijos, si tenían, y en sus dolores propios por el trabajo como por el mero hecho de ser mujer y padecer una vez al mes, sin embargo, se les sumaba el miedo. El miedo a sus propios compañeros de trabajo, el miedo a sus jefes. Mientras los hombres a veces volvían manchados de carbón, de grasa, quemaduras o alguna herida, ellas a veces volvían con marcas en la piel imborrables e invisibles. Una mano que se estrella con furia contra sus nalgas. Unos dedos furtivos que tratan de colarse en el mono de trabajo. Unas manos crueles que aferran sus pechos, unas lenguas pérfidas que lamen sus cuellos desde detrás... Y aún así, las mujeres más pobres, las más indigentes, suplicaban por un trabajo en el que el acoso sexual fuese simplemente ese. Las prostitutas callejeras o de lupanar también se dirigían por el mismo camino que todos aquellos. Todos hacia la gran Abadía de Cousland, en pleno centro de la ciudad. Un edificio alto, ancho, en mitad de una gran plaza, con un techo abovedado cuyas tejas eran doradas para reflejar los rayos del sol, aunque Sunkirk, a pesar de su nombre, no era precisamente la ciudad más soleada del Archipiélago Dummer del Imperio. Allí en la entrada de la Abadía hombres y mujeres se volvían de una misma clase social, solían decir los clérigos y sacerdotes. Allí todos oían la misa, las sabias palabras, la verdad de Oath, el Señor, creador del Sol y dador de vida, la gran y única virtud en la tierra y en el cielo, aunque las palabras se las llevaba el viento. Era y estaba muy claro que la clase alta, los máximos estamentos, ni siquiera llegaban andando. Los coches, vehículos, armatostes de acero a cuatro ruedas alimentados por enormes generadores de energía creados a base de combustible de carbón y grasa de ballena, delfín y peces en general, portaban a los más ricos con suna comodidad, alejados de la humedad, el barro, los charcos de agua sucia y el hedor de la muchedumbre tras tantas horas de trabajo nocturno. Era de buena mañana y la omilía estaba por comenzar, sin embargo, no daba su inicio hasta que el último de los más ricos tomase asiento. Dentro, además, también se los separaba. Delante estaban las familias adineradas. Los bancos de los ricos se separaban con los de la clase media por una pared de barrotes que llegaban a medir casi 5 metros de altura. Tras los trabajadores de clase media, también había una pared de barrotes alta, del mismo tamaño, que los separaba de los mendigos. Lo llamaban equidad, aunque sólo servía para caldear el ánimo de los presentes. Aquella mañana, sin embargo, George Monnet juraba que iba a ser diferente. George era un humilde trabajador, soltero, sin ninguna expectativa para el futuro en cuando vida amorosa y mucho menos para éxitos personales. Llevaba trabajando desde los 20 años, y antes de eso había vivido en las calles como una sucia rata más. Había comido basura, había bebido agua de los charcos. Había aceptado el amor de las putas más viejas y andrajosas por tener un poco de calor en las noches, incluso de aquellas infectadas con terribles afecciones, toda aquella que también necesitase algo de amor, un bien que escaseaba tanto como el sol en Sunkirk, en aquellos tiempos. Tanto se necesitaba, de hecho, que aquellas tan deseosas de cariño, tan rotas de soledad, ni siquiera cobraban algunas sesiones. George estaba harto de todo eso. El recuerdo de esos días le perseguía de forma incansable y no podía tolerar el cómo se les seguía tratando, el cómo, a pesar de encontrarse en la esfera de la clase media, seguía sintiéndose una mierda en comparación con la vida que llevaban los buenos ricos. Aquella mañana estaba en la Abadía como todo el mundo, pero no estaba allí para rezar, ni para clamar a Oath, ni para oir un simple y aburrido sermón. Estaba allí porque así juró lealtad a los Insurrectos, los verdaderos hijos de Sunkirk, los que luchaban y morían en las minas, o en el mar, o construyendo edificios. Los que vertían sangre por la ciudad. A aquellos a los que verdadermanete pertenecía la ciudad... ¡Y todo el Imperio!
-En pie- dijo la solemne voz de un clérigo. Todos los presentes, que eran muchos, obedecieron -Entra el excelente Abad Salomon Thorren- y dicho su nombre, el hombre apareció. Era alto, mayor, aunque no lo aparentaba en exceso. Tenía un gesto adusto, severo, una mirada celeste que calaba hasta los huesos y un cabello rubio repeinado hacia detrás. Ataviado con unas elegantes ropas blancas, prácticamente un traje de gala, parecía una figura terriblemente alejada de la idea de cualquier dirigente de organización religiosa, sino un hombre de negocios verdadermanete poderoso
-En nombre de Oath, el verdadero Señor, volvemos a reunirnos aquí, hijos del sol- dijo el hombre ante un atril, donde un libro dorado brillaba a la luz de algunas velas -Y aquí congregados bajo su calidez y su luz, prestamos saludos a un nuevo día lleno de bendiciones, sólo para ser una vez más protegidos por su Magnífica Presencia, del mal que en silencio nos asola- chasqueó la lengua -Pues son las hijas del caos aquellas malvadas que quieren corrompernos. Y somos nosotros, los hombres, quienes cargamos el mayor de los pesares. Pues juegan con su fruto, juegan con sus dones, para tentarnos y atraernos hacia el lado más oscuro ¡Pues es sabido que el sol brilla alto en el cielo y nosotros, necios hombres, hemos eregido donde su luz divina no puede llegar! Y de la sombra en la que nos cobijamos... vinieron ellas-
Había comenzado oficialmente la verborrea. George sabía que había llegado el momento. Todos los feligreses estaban absortos ante el carisma y la presencia que poseía Salomon y decidió que aquel sería el momento oportuno. De su chaqueta extrajo un pequeño cilindro, relleno con grasa combustible refinada lista para su uso. Un material extremadamente volatil e inflamable. Sólo necesitaba hacerlo estallar y morirían decenas, sino más ¡Quizá una centena! Pero... tal vez así el Lord Gobernador y la Guardia prestasen atención a la extrema necesidad que sufrían muchos, tanto la clase obrera como los indigentes. Las manos le sudaban y le temblaba la mandíbula. Trataba de calmarse mientras Salomon hablaba sin cesar y maldecía una y mil veces a las brujas y al Hereje, aquella entidad, aquella falsa deidad a la que ellas veneraban. Un dios oscuro, que decían era el padre de sus poderes. Ellas eran pesadillas vivientes, capaces de llevar a cabo actos terribles... pero a los ojos de George, quizá no eran más que otra minoría que sólo quería vivir en paz. Y sin embargo eran perseguidas, torturadas y brutalmente asesinadas por la Abadía y la Inquisición. Debía acabar, no podía continuar así. Los Insurrectos eran el futuro, la única esperanza que le quedaba a Sunkirk y a su buena gente. George se puso en pie con rostro macilento. Anduvo despacio, sin llamar demasiado la atención. No eran pocos los que solían ponerse en pie y caminaban, a veces para salir, otras veces para estirar las piernas o para acercarse más a los barrotes de los ricos. Sin embargo George no se detuvo. Cruzó el umbral de los barrotes y las miradas comenzaron a posarse en él, sobre todo la de Salomon, que no hizo comentario alguno al respecto al comportamiento del individuo y aquello, más que nada, enfureció a George. La egolatría de Salomon y la Abadía, la indiferencia y desprecio de los ricos, la envidia mal sana de los más desfavorecidos aunque los trabajadores los tratasen con amabilidad... La mandíbula se le tensó y apretó con fuerza los dientes. Frunció el ceño y por fin, alzó la voz alzando el cilindro de grasa destilado -¡Por la libertad del alma! ¡Por y para los hijos de Sunkirk!- gritó a punto de accionar un pequeño pulsador en el cilindro que hubiese prendido el interior y lo hubiese hecho estallar como la bomba que era. Sin embargo hubo un inmenso silencio, sólo se oyeron silbidos que no fueron de ningun ser humano. La gente seguía prestando atención a Salomon de forma obscena, sobre todo los ricos. George estaba en el suelo, gritando. En su mano había un virote atravesado, así como en sus rodillas. Aparecieron, casi como de la nada, tres Inquisidores encapuchados. Uno de ellos portaba la ballesta. Arrastraron a George fuera de la Abadía y su destino fue desconocido para el resto de la gran urbe de Sunkirk.
El interrogatorio duró más de una hora y ni siquiera le hicieron una pregunta. George apenas podía ver con claridad lo que había ante sus ojos tras la tremenda paliza que le habían dado. Su cara estaba desajustada. Un ojo estaba completamente cubierto por la hinchazón de la cara, aunque posiblemente se lo rebentaron a golpes aún así. Apenas le quedaba labio en la parte superior de la boca. La nariz estaba torcida en un ángulo terrible y chorreaba sangre por varios ángulos en los que casi le asomaba el tabique nasal. Le habían cortado las puntas de los dedos tras haberle arrancado las uñas al igual que una oreja y en el cuerpo chorreaban varias heridas de laceraciones con cuchillos. Tras aquella interminable tortura de una hora que se hizo eterna para George, por fin, se dejó ver el capitán de la Guardia Jacob Marlow. Se sentó en una silla del revés que puso ante el prisionero, apoyado con los brazos en el respaldo. Tenía una expresión seria pero sus ojos eran divertidos y burlones. La barba poco común en la moda de la ciudad era algo espesa y desarreglada. Junto a la complexión dura y fuerte del hombre, con apenas 39 años, era increiblemente intimidante -Tienes suerte incluso de que la Inquisición te entregase a la Guardia, George- arrojó un papel de identificación a las rodillas del hombre -¿Te cansaste de tener un trabajo digno y has decidido atentar contra la vida de inocentes? ¿Y en plena Abadía? Tienes huevos. Muchos huevos- sonrió -Ojalá alguno de mis hombres tuviesen tantos huevos como tú- George intentó decir algo, pero la lengua la tenía inflamada y le dolía la boca -Veo que te queda voluntad para sacar voz de esa garganta tuya. Mira... si vas a decir una palabra, te ofrezco una opción que te hará salir de aquí con algún que otro hueso sano- le miró al único ojo visible -¿Quién contactó contigo?- preguntó siseante, amanenazador, inclinado como un león agazapado -¿Quién fue el contacto de los Insurrectos? Di su nombre. Di el nombre del líder de esas ratas de alcantarilla, di algo, lo que sea, George... incrimínalos y saldrás de aquí- George respiró hondo durante unos segundos y miró a Marlow -Vamos, hombretón, dilo- George dolorosamente se inclinó hacia Marlow y el capitán esperó por fin algo de información
-Mi...- dijo con la voz grave, como si tuviese comida en la boca -Mi fonfacto fue...- Marlow asintió
-Vamos, confía en nosotros. Velamos por tu seguridad- sonrió
-Mi fonfacto fue la forra de fu madre...- empezó a reir -Muerefe Farlow- concluyó, esputándole sangre al capitán en la cara -Muerefe fu... y fofa fu familia... hifo fe futa... ¡HIFOS FE FUTAAAA!- gritó, finalmente. Marlow se puso en pie y chasqueó los dedos, caminando hacia la puerta
-Gracias por tu colaboración, George Monnet- se limpió la sangre con un pañuelo -Lamento no poder dedicarle más tiempo pero tengo asuntos que atender. Mis soldados le traerán un refrigerio para aclarar su garganta, su sed y sus ideas. Pasa un buen día- dijo elegantemente educado antes de partir, viendo como un soldado pasaba con un contenedor similar a una botella. Marlow sabía lo que había dentro, pero no podía quedarse a presenciarlo. Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, empezó a oir un grito agonizante, terrible, proviniente de la sala de interrogatorios, de George. Le habían abierto la boca con cuidado, fingiendo darle algo de agua. Y lo que vertieron en su boca, su gaznate, esófago y hasta llegar a la barriga, fue un aceite hirviendo hasta temperaturas insospechadas.
En otro lugar, en otro momento, Benedict Miller se encontraba sentado en el enorme butacón de su despacho, con la cabeza descansando en el respaldo y los brazos bien estirados en los reposabrazos. Estaba cansado, agotado, de trabajar con distintos papeleos de distintas índoles. Transportes, tratados, leyes, asuntos de la Guardia, asuntos de la Abadía... la cabeza le iba a explotar y no había nada mejor para relajarse que un pequeño momento de exparcimiento. El hombre soltó un profundo y largo suspiro antes de encoger la barbilla y fruncir el ceño. Contuvo la respiración y convulsionó muy ligeramente hasta por fin, soltar el aire y respirar un tanto agitado. Finalmente... sonrió. Bajó la mirada para ver a una hermosa, sensual y definitivamente atractiva chica entre sus piernas, relamiéndose los labios, limpiando el cualquier menor rastro de semen que pudiese habérsele quedado en las comisuras o en la boca tras el orgasmo del hombre. No había apenas diferencia de edad entre Benedict y la chica, que era su criada, pero sin embargo ella aparentaba ser muchísimo más joven que él. Había envejecido muy, muy, muy bien, pensaba el hombre. Manteía esa mirada felina, esa forma de sonreir. Conservaba los pechos firmes, redondeados, duros y bien juntos como a él le gustaban y unas piernas de infarto. El hombre se guardó el pene una vez ella se puso de pie, acicalándose un poco el traje de criada -¿Alguna vez dejarás de hacerme feliz, Laura?- preguntó el hombre con una sonrisa afable, de forma retórica
-Que me corten las manos si dejara de hacerlo, señor- dijo ella, coqueta, meciéndose el pelo
-Sería una lástima... pero tienes tantas formas de feliz, no sólo con las manos...- rió pícaro
-Lord Gobernador- dijo de pronto una voz, abriendo la puerta. Benedict miró con dureza a Marlow
-Osadía, capitán ¿Llamar es algo desconocido para alguien como tú?- regañó
-Lo lamento, Lord Gobernador- la mirada del capitán pasó del hombre a la mujer. Las formas de sus piernas y sus redondeadas nalgas se remarcaban incluso en el traje de criada. Benedict carraspeó
-¿Qué quieres, capitán?- suspiró con paciencia
-El barco está por llegar. Apenas en una hora- dijo asintiendo, dejando de mirar a la chica, que a espaldas del Lord Gobernador le sonreía pícara y se mordisqueaba una uña traviesa
-Mi querida niña...- pensó en voz alta -Por fin... ¡Ah, qué gran día!- Benedict se puso en pie -Laura, querida, por favor, ten preparada la habitación de mi hija ¡Oh! Y prepárame aquello que te conté, lo de la fiesta- Laura asintió obediente. Sus melenas del color del fuego parecían una llama danzante cuando movía la cabeza
-¿Fiesta, Gobernador?- preguntó Marlow caminando junto al Lord Gobernador mientras enfilaban el pasillo
-Una fiesta de bienvenida en honor a mi hija. Además, su cumpleaños está a la vuelta de la esquina, por lo que será motivo más que suficiente- rió orgulloso
-Señor, creo que es conveniente que sepais que ha habido un nuevo intento de atentado en la Abadía. Esta mañana. Un trabajador de los muelles. George Monnet, se llamaba- informó
-Malditas alimañas- terció Benedict, suspirando -Esos Insurrectos...-
-El culpable no ha querido hacer declaraciones en su contra. Quizá era un aislado, por su cuenta-
-No... la gente es buena, capitán- apuntó Benedict, llegando por fin a la entrada de la mansión Miller junto al capitán, rumbo al coche de la familia. Los más adinerados podían elegir entre ir en un coche de caballos o en un coche motorizado por generador de energía. Solían elegir siempre la segunda opción porque la seguridad era mucho mayor, además de ser más rápido. Sin embargo se conservaban los caballos por la tradición y el placer de las pequeñas cosas, como solían decir -Sunkirk es... una buena ciudad- recapacitó observando la gran urbe desde el patio de la mansión, junto al vehículo -Esta gran ciudad y sus buenas gentes sólo están confusas. Por alguna razón creen que estamos por encima, que los tratamos como basura, que son inferiores, y no es así-
-Claro que no, señor- confirmó Marlow conteniendo la risa de forma magistral
-Son las alimañas, esos mequetrefes buenos para nada que se alimentan del odio y del miedo, son esos quienes envenenan las mentes de la buena gente. Insurrectos ¡Ja! Sólo su líder es quien merece perderse en las profundidades del oceano y dejarlo a merced del Hereje, si es que existe esa falacia ¡Porque esas son otras! Las malditas brujas y sus... maldades. De ellas debió de venir la idea de los Insurrectos- montó en el coche y Marlow le siguió, a su lado -Hacia los muelles- indicó al chófer y el vehículo se puso en marcha
-Sin querer contrariaros, Lord Gobernador, opino que no debemos de perder de vista aún así los indicios. Cada vez aumentan más y más los escándalos. Hay altercados que ni siquiera vos sois capaces de escuchar desde la comodidad de vuestra mansión. No os ofendáis- dijo educadamente
-No me ofendo, amigo mío. Pero oh... ¿Qué puedo hacer? Soy sólo un Lord Gobernador. Dirijo esta isla con toda la magnanimidad que soy capaz de ofrecer a mi gente. Hay asuntos que quizá sólo el Emperador de las Islas pueda solucionar-
-Aunque parte de un Imperio, el Archipiélago Dummer siempre ha sido autosuficiente y aún más lo ha sido Sunkirk. No he tenido conocimientos de eventos similares en otras islas, de forma que debemos tomar decisiones, Lord Gobernador. Y ahora que vuestra hija viene de vuelta a casa, quizá sea el momento de tomar decisiones-
-¿Qué decisiones, Jacob?- le miró arqueando una ceja
-Otorgadnos un mayor poder a la Guardia, mayor custodia, mayor independencia. Los Inquisidores de la Abadía luchan contra las brujas cuando deciden mostrarse en público y les dan caza, sin embargo nosotros no gozamos de la oportunidad de meter las manos en los asuntos de la Insurrección hasta que un altercado ha estallado o está a punto de estallar. Señor, si los Inquisidores de la Abadía no hubiesen estado atentos a la seguridad del Abad Salomon, habrían muerto cientos esta mañana- explicó solemne
-¿Pero qué incluye esa libertad, Jacob? ¿Interrogatorios a gente inocente? ¿Sonsacar información a trabajadores cansados con la espalda rota? ¿Confiscar bienes que no han sido robados? ¿Allanamientos de morada?- se desesperó
-Más vale prevenir que curar ¿No ha sido siempre ese el dicho?- asintió
-He de meditarlo-
-Pero... señor...-
-He dicho que he de meditarlo- insistió y concluyó, con voz severa
-Sí, señor-
Allí, en el muelle, un gran barco había atracado por fin. Decenas y decenas de pasajeros desembarcaban siguiendo una larga pasarela, reuniéndose con sus familiares. Obviamente, la inmensísima mayoría eran familias ricas. No había una sola mano llena de hollín, grasa, sangre o carbón en toda la zona llena de familias felices. El Lord Gobernador aguardaba custodiado por Jacob Marlow y el chofer a ver aparecer a su hija, con un aspecto para nada parecido al que recordaba. Aquella chica que se acercaba, con pantalones y un pronunciado y atractivo escote, había crecido más de lo que esperaba. Jacob Marlow clavó los ojos en ella con la avidez que un perro hambriento roe un hueso. La recordaba, oh sí. La hija del Lord Gobernador. Era hermosa allá con sus 15 o 16 años, cuando comenzaba a ser una muchachita. Ya en aquel entonces Marlow estaba prendado de ella. Ahora pareció ser un flechazo de nuevo. Se dijo a sí mismo que cambiaría a todas las mujeres que han pasado por su cama sólo por ver desnuda unos instantes a la joven Miller, pero esas ideas debieron permanecer ocultas en el sótano de sus secretos y observó, con una sonrisa, cómo padre e hija se fundían en un feroz y cariñoso abrazo.
No muy lejos de allí, sobre los tejados de un alto edificio, una figura oscura observaba el puerto y el gran barco que acababa de atracar. Iba vestido con una larga chaqueta negra al igual que los pantalones. Sobre las ropas, de por sí, llevaba una capa negra que le envolvía casi por completo el cuerpo y una capucha. En el pecho había una marca que señalaba que antes, ahí, había un emblema cosido. El emblema de la Inquisición. El hombre que observaba desde las alturas se quitó la capucha por un instante y sintió el viento, que arrastraba un dulcísimo olor a lluvia, agradable como siempre, capaz de apagar el embotador hedor a humo, grasa y pestilencia que había en las calles, sobre todo cerca del puerto, donde mataban indiscriminadamente ballenas, delfines, focas y cualquier tipo de animal que pudiera servir para usar su grasa. A espaldas del hombre, se materializó lentamente una sombra, como una nebulosa de colores negros y grises, hasta tomar la forma de un medio cuerpo humanoide fundido con las sombras, encapuchado y sin rostro, toda una entidad viva cuya presencia era una túnica. El innombrable, el Sin Nombre, el Hereje, le acompañaba siempre donde iba -¿Ese es el barco?- preguntó Crow, con voz seria y mirada afilada
-Ah, sí... la nave del destino ha llegado a las islas- dijo con voz tenebrosa el Hereje, algo sarcástico -¿Qué harás Crow?-
-Seguir tus lecciones- terció, ofuscado -Como siempre hago. Como siempre, al no quedarme más remedio-
-Siempre tienes elección...- rió perversa la oscura figura encapuchada
-Seguir tus órdenes o morir- lo miró -No son opciones que me gusten. Ninguna de las dos-
-Pero son dos opciones distintas, a fin y al cabo- concluyó -Y de ser así... busca entonces el hilo del destino, Crow- indicó -Por fin has encontrado un rastro para perseguirlo- Crow se puso la capucha de nuevo y se preparó para dirigirse al puerto -Pero recuerda- se burló el Hereje -Ser el gato que persigue al ratón te da la ventaja, pero no confundas la cola del ratón con el hilo de un ovillo que te aparte de tu camino- la sombra se desvaneció, dejando solo a Crow
-Maldito seas...- bufó, mientras una marca en el dorso de la mano de Crow emitió un prístino destello azulado. Crow estalló en una nube de sombras, deshaciéndose por completo en el aire. Había dado comienzo su búsqueda.
-En pie- dijo la solemne voz de un clérigo. Todos los presentes, que eran muchos, obedecieron -Entra el excelente Abad Salomon Thorren- y dicho su nombre, el hombre apareció. Era alto, mayor, aunque no lo aparentaba en exceso. Tenía un gesto adusto, severo, una mirada celeste que calaba hasta los huesos y un cabello rubio repeinado hacia detrás. Ataviado con unas elegantes ropas blancas, prácticamente un traje de gala, parecía una figura terriblemente alejada de la idea de cualquier dirigente de organización religiosa, sino un hombre de negocios verdadermanete poderoso
-En nombre de Oath, el verdadero Señor, volvemos a reunirnos aquí, hijos del sol- dijo el hombre ante un atril, donde un libro dorado brillaba a la luz de algunas velas -Y aquí congregados bajo su calidez y su luz, prestamos saludos a un nuevo día lleno de bendiciones, sólo para ser una vez más protegidos por su Magnífica Presencia, del mal que en silencio nos asola- chasqueó la lengua -Pues son las hijas del caos aquellas malvadas que quieren corrompernos. Y somos nosotros, los hombres, quienes cargamos el mayor de los pesares. Pues juegan con su fruto, juegan con sus dones, para tentarnos y atraernos hacia el lado más oscuro ¡Pues es sabido que el sol brilla alto en el cielo y nosotros, necios hombres, hemos eregido donde su luz divina no puede llegar! Y de la sombra en la que nos cobijamos... vinieron ellas-
Había comenzado oficialmente la verborrea. George sabía que había llegado el momento. Todos los feligreses estaban absortos ante el carisma y la presencia que poseía Salomon y decidió que aquel sería el momento oportuno. De su chaqueta extrajo un pequeño cilindro, relleno con grasa combustible refinada lista para su uso. Un material extremadamente volatil e inflamable. Sólo necesitaba hacerlo estallar y morirían decenas, sino más ¡Quizá una centena! Pero... tal vez así el Lord Gobernador y la Guardia prestasen atención a la extrema necesidad que sufrían muchos, tanto la clase obrera como los indigentes. Las manos le sudaban y le temblaba la mandíbula. Trataba de calmarse mientras Salomon hablaba sin cesar y maldecía una y mil veces a las brujas y al Hereje, aquella entidad, aquella falsa deidad a la que ellas veneraban. Un dios oscuro, que decían era el padre de sus poderes. Ellas eran pesadillas vivientes, capaces de llevar a cabo actos terribles... pero a los ojos de George, quizá no eran más que otra minoría que sólo quería vivir en paz. Y sin embargo eran perseguidas, torturadas y brutalmente asesinadas por la Abadía y la Inquisición. Debía acabar, no podía continuar así. Los Insurrectos eran el futuro, la única esperanza que le quedaba a Sunkirk y a su buena gente. George se puso en pie con rostro macilento. Anduvo despacio, sin llamar demasiado la atención. No eran pocos los que solían ponerse en pie y caminaban, a veces para salir, otras veces para estirar las piernas o para acercarse más a los barrotes de los ricos. Sin embargo George no se detuvo. Cruzó el umbral de los barrotes y las miradas comenzaron a posarse en él, sobre todo la de Salomon, que no hizo comentario alguno al respecto al comportamiento del individuo y aquello, más que nada, enfureció a George. La egolatría de Salomon y la Abadía, la indiferencia y desprecio de los ricos, la envidia mal sana de los más desfavorecidos aunque los trabajadores los tratasen con amabilidad... La mandíbula se le tensó y apretó con fuerza los dientes. Frunció el ceño y por fin, alzó la voz alzando el cilindro de grasa destilado -¡Por la libertad del alma! ¡Por y para los hijos de Sunkirk!- gritó a punto de accionar un pequeño pulsador en el cilindro que hubiese prendido el interior y lo hubiese hecho estallar como la bomba que era. Sin embargo hubo un inmenso silencio, sólo se oyeron silbidos que no fueron de ningun ser humano. La gente seguía prestando atención a Salomon de forma obscena, sobre todo los ricos. George estaba en el suelo, gritando. En su mano había un virote atravesado, así como en sus rodillas. Aparecieron, casi como de la nada, tres Inquisidores encapuchados. Uno de ellos portaba la ballesta. Arrastraron a George fuera de la Abadía y su destino fue desconocido para el resto de la gran urbe de Sunkirk.
El interrogatorio duró más de una hora y ni siquiera le hicieron una pregunta. George apenas podía ver con claridad lo que había ante sus ojos tras la tremenda paliza que le habían dado. Su cara estaba desajustada. Un ojo estaba completamente cubierto por la hinchazón de la cara, aunque posiblemente se lo rebentaron a golpes aún así. Apenas le quedaba labio en la parte superior de la boca. La nariz estaba torcida en un ángulo terrible y chorreaba sangre por varios ángulos en los que casi le asomaba el tabique nasal. Le habían cortado las puntas de los dedos tras haberle arrancado las uñas al igual que una oreja y en el cuerpo chorreaban varias heridas de laceraciones con cuchillos. Tras aquella interminable tortura de una hora que se hizo eterna para George, por fin, se dejó ver el capitán de la Guardia Jacob Marlow. Se sentó en una silla del revés que puso ante el prisionero, apoyado con los brazos en el respaldo. Tenía una expresión seria pero sus ojos eran divertidos y burlones. La barba poco común en la moda de la ciudad era algo espesa y desarreglada. Junto a la complexión dura y fuerte del hombre, con apenas 39 años, era increiblemente intimidante -Tienes suerte incluso de que la Inquisición te entregase a la Guardia, George- arrojó un papel de identificación a las rodillas del hombre -¿Te cansaste de tener un trabajo digno y has decidido atentar contra la vida de inocentes? ¿Y en plena Abadía? Tienes huevos. Muchos huevos- sonrió -Ojalá alguno de mis hombres tuviesen tantos huevos como tú- George intentó decir algo, pero la lengua la tenía inflamada y le dolía la boca -Veo que te queda voluntad para sacar voz de esa garganta tuya. Mira... si vas a decir una palabra, te ofrezco una opción que te hará salir de aquí con algún que otro hueso sano- le miró al único ojo visible -¿Quién contactó contigo?- preguntó siseante, amanenazador, inclinado como un león agazapado -¿Quién fue el contacto de los Insurrectos? Di su nombre. Di el nombre del líder de esas ratas de alcantarilla, di algo, lo que sea, George... incrimínalos y saldrás de aquí- George respiró hondo durante unos segundos y miró a Marlow -Vamos, hombretón, dilo- George dolorosamente se inclinó hacia Marlow y el capitán esperó por fin algo de información
-Mi...- dijo con la voz grave, como si tuviese comida en la boca -Mi fonfacto fue...- Marlow asintió
-Vamos, confía en nosotros. Velamos por tu seguridad- sonrió
-Mi fonfacto fue la forra de fu madre...- empezó a reir -Muerefe Farlow- concluyó, esputándole sangre al capitán en la cara -Muerefe fu... y fofa fu familia... hifo fe futa... ¡HIFOS FE FUTAAAA!- gritó, finalmente. Marlow se puso en pie y chasqueó los dedos, caminando hacia la puerta
-Gracias por tu colaboración, George Monnet- se limpió la sangre con un pañuelo -Lamento no poder dedicarle más tiempo pero tengo asuntos que atender. Mis soldados le traerán un refrigerio para aclarar su garganta, su sed y sus ideas. Pasa un buen día- dijo elegantemente educado antes de partir, viendo como un soldado pasaba con un contenedor similar a una botella. Marlow sabía lo que había dentro, pero no podía quedarse a presenciarlo. Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, empezó a oir un grito agonizante, terrible, proviniente de la sala de interrogatorios, de George. Le habían abierto la boca con cuidado, fingiendo darle algo de agua. Y lo que vertieron en su boca, su gaznate, esófago y hasta llegar a la barriga, fue un aceite hirviendo hasta temperaturas insospechadas.
En otro lugar, en otro momento, Benedict Miller se encontraba sentado en el enorme butacón de su despacho, con la cabeza descansando en el respaldo y los brazos bien estirados en los reposabrazos. Estaba cansado, agotado, de trabajar con distintos papeleos de distintas índoles. Transportes, tratados, leyes, asuntos de la Guardia, asuntos de la Abadía... la cabeza le iba a explotar y no había nada mejor para relajarse que un pequeño momento de exparcimiento. El hombre soltó un profundo y largo suspiro antes de encoger la barbilla y fruncir el ceño. Contuvo la respiración y convulsionó muy ligeramente hasta por fin, soltar el aire y respirar un tanto agitado. Finalmente... sonrió. Bajó la mirada para ver a una hermosa, sensual y definitivamente atractiva chica entre sus piernas, relamiéndose los labios, limpiando el cualquier menor rastro de semen que pudiese habérsele quedado en las comisuras o en la boca tras el orgasmo del hombre. No había apenas diferencia de edad entre Benedict y la chica, que era su criada, pero sin embargo ella aparentaba ser muchísimo más joven que él. Había envejecido muy, muy, muy bien, pensaba el hombre. Manteía esa mirada felina, esa forma de sonreir. Conservaba los pechos firmes, redondeados, duros y bien juntos como a él le gustaban y unas piernas de infarto. El hombre se guardó el pene una vez ella se puso de pie, acicalándose un poco el traje de criada -¿Alguna vez dejarás de hacerme feliz, Laura?- preguntó el hombre con una sonrisa afable, de forma retórica
-Que me corten las manos si dejara de hacerlo, señor- dijo ella, coqueta, meciéndose el pelo
-Sería una lástima... pero tienes tantas formas de feliz, no sólo con las manos...- rió pícaro
-Lord Gobernador- dijo de pronto una voz, abriendo la puerta. Benedict miró con dureza a Marlow
-Osadía, capitán ¿Llamar es algo desconocido para alguien como tú?- regañó
-Lo lamento, Lord Gobernador- la mirada del capitán pasó del hombre a la mujer. Las formas de sus piernas y sus redondeadas nalgas se remarcaban incluso en el traje de criada. Benedict carraspeó
-¿Qué quieres, capitán?- suspiró con paciencia
-El barco está por llegar. Apenas en una hora- dijo asintiendo, dejando de mirar a la chica, que a espaldas del Lord Gobernador le sonreía pícara y se mordisqueaba una uña traviesa
-Mi querida niña...- pensó en voz alta -Por fin... ¡Ah, qué gran día!- Benedict se puso en pie -Laura, querida, por favor, ten preparada la habitación de mi hija ¡Oh! Y prepárame aquello que te conté, lo de la fiesta- Laura asintió obediente. Sus melenas del color del fuego parecían una llama danzante cuando movía la cabeza
-¿Fiesta, Gobernador?- preguntó Marlow caminando junto al Lord Gobernador mientras enfilaban el pasillo
-Una fiesta de bienvenida en honor a mi hija. Además, su cumpleaños está a la vuelta de la esquina, por lo que será motivo más que suficiente- rió orgulloso
-Señor, creo que es conveniente que sepais que ha habido un nuevo intento de atentado en la Abadía. Esta mañana. Un trabajador de los muelles. George Monnet, se llamaba- informó
-Malditas alimañas- terció Benedict, suspirando -Esos Insurrectos...-
-El culpable no ha querido hacer declaraciones en su contra. Quizá era un aislado, por su cuenta-
-No... la gente es buena, capitán- apuntó Benedict, llegando por fin a la entrada de la mansión Miller junto al capitán, rumbo al coche de la familia. Los más adinerados podían elegir entre ir en un coche de caballos o en un coche motorizado por generador de energía. Solían elegir siempre la segunda opción porque la seguridad era mucho mayor, además de ser más rápido. Sin embargo se conservaban los caballos por la tradición y el placer de las pequeñas cosas, como solían decir -Sunkirk es... una buena ciudad- recapacitó observando la gran urbe desde el patio de la mansión, junto al vehículo -Esta gran ciudad y sus buenas gentes sólo están confusas. Por alguna razón creen que estamos por encima, que los tratamos como basura, que son inferiores, y no es así-
-Claro que no, señor- confirmó Marlow conteniendo la risa de forma magistral
-Son las alimañas, esos mequetrefes buenos para nada que se alimentan del odio y del miedo, son esos quienes envenenan las mentes de la buena gente. Insurrectos ¡Ja! Sólo su líder es quien merece perderse en las profundidades del oceano y dejarlo a merced del Hereje, si es que existe esa falacia ¡Porque esas son otras! Las malditas brujas y sus... maldades. De ellas debió de venir la idea de los Insurrectos- montó en el coche y Marlow le siguió, a su lado -Hacia los muelles- indicó al chófer y el vehículo se puso en marcha
-Sin querer contrariaros, Lord Gobernador, opino que no debemos de perder de vista aún así los indicios. Cada vez aumentan más y más los escándalos. Hay altercados que ni siquiera vos sois capaces de escuchar desde la comodidad de vuestra mansión. No os ofendáis- dijo educadamente
-No me ofendo, amigo mío. Pero oh... ¿Qué puedo hacer? Soy sólo un Lord Gobernador. Dirijo esta isla con toda la magnanimidad que soy capaz de ofrecer a mi gente. Hay asuntos que quizá sólo el Emperador de las Islas pueda solucionar-
-Aunque parte de un Imperio, el Archipiélago Dummer siempre ha sido autosuficiente y aún más lo ha sido Sunkirk. No he tenido conocimientos de eventos similares en otras islas, de forma que debemos tomar decisiones, Lord Gobernador. Y ahora que vuestra hija viene de vuelta a casa, quizá sea el momento de tomar decisiones-
-¿Qué decisiones, Jacob?- le miró arqueando una ceja
-Otorgadnos un mayor poder a la Guardia, mayor custodia, mayor independencia. Los Inquisidores de la Abadía luchan contra las brujas cuando deciden mostrarse en público y les dan caza, sin embargo nosotros no gozamos de la oportunidad de meter las manos en los asuntos de la Insurrección hasta que un altercado ha estallado o está a punto de estallar. Señor, si los Inquisidores de la Abadía no hubiesen estado atentos a la seguridad del Abad Salomon, habrían muerto cientos esta mañana- explicó solemne
-¿Pero qué incluye esa libertad, Jacob? ¿Interrogatorios a gente inocente? ¿Sonsacar información a trabajadores cansados con la espalda rota? ¿Confiscar bienes que no han sido robados? ¿Allanamientos de morada?- se desesperó
-Más vale prevenir que curar ¿No ha sido siempre ese el dicho?- asintió
-He de meditarlo-
-Pero... señor...-
-He dicho que he de meditarlo- insistió y concluyó, con voz severa
-Sí, señor-
Allí, en el muelle, un gran barco había atracado por fin. Decenas y decenas de pasajeros desembarcaban siguiendo una larga pasarela, reuniéndose con sus familiares. Obviamente, la inmensísima mayoría eran familias ricas. No había una sola mano llena de hollín, grasa, sangre o carbón en toda la zona llena de familias felices. El Lord Gobernador aguardaba custodiado por Jacob Marlow y el chofer a ver aparecer a su hija, con un aspecto para nada parecido al que recordaba. Aquella chica que se acercaba, con pantalones y un pronunciado y atractivo escote, había crecido más de lo que esperaba. Jacob Marlow clavó los ojos en ella con la avidez que un perro hambriento roe un hueso. La recordaba, oh sí. La hija del Lord Gobernador. Era hermosa allá con sus 15 o 16 años, cuando comenzaba a ser una muchachita. Ya en aquel entonces Marlow estaba prendado de ella. Ahora pareció ser un flechazo de nuevo. Se dijo a sí mismo que cambiaría a todas las mujeres que han pasado por su cama sólo por ver desnuda unos instantes a la joven Miller, pero esas ideas debieron permanecer ocultas en el sótano de sus secretos y observó, con una sonrisa, cómo padre e hija se fundían en un feroz y cariñoso abrazo.
No muy lejos de allí, sobre los tejados de un alto edificio, una figura oscura observaba el puerto y el gran barco que acababa de atracar. Iba vestido con una larga chaqueta negra al igual que los pantalones. Sobre las ropas, de por sí, llevaba una capa negra que le envolvía casi por completo el cuerpo y una capucha. En el pecho había una marca que señalaba que antes, ahí, había un emblema cosido. El emblema de la Inquisición. El hombre que observaba desde las alturas se quitó la capucha por un instante y sintió el viento, que arrastraba un dulcísimo olor a lluvia, agradable como siempre, capaz de apagar el embotador hedor a humo, grasa y pestilencia que había en las calles, sobre todo cerca del puerto, donde mataban indiscriminadamente ballenas, delfines, focas y cualquier tipo de animal que pudiera servir para usar su grasa. A espaldas del hombre, se materializó lentamente una sombra, como una nebulosa de colores negros y grises, hasta tomar la forma de un medio cuerpo humanoide fundido con las sombras, encapuchado y sin rostro, toda una entidad viva cuya presencia era una túnica. El innombrable, el Sin Nombre, el Hereje, le acompañaba siempre donde iba -¿Ese es el barco?- preguntó Crow, con voz seria y mirada afilada
-Ah, sí... la nave del destino ha llegado a las islas- dijo con voz tenebrosa el Hereje, algo sarcástico -¿Qué harás Crow?-
-Seguir tus lecciones- terció, ofuscado -Como siempre hago. Como siempre, al no quedarme más remedio-
-Siempre tienes elección...- rió perversa la oscura figura encapuchada
-Seguir tus órdenes o morir- lo miró -No son opciones que me gusten. Ninguna de las dos-
-Pero son dos opciones distintas, a fin y al cabo- concluyó -Y de ser así... busca entonces el hilo del destino, Crow- indicó -Por fin has encontrado un rastro para perseguirlo- Crow se puso la capucha de nuevo y se preparó para dirigirse al puerto -Pero recuerda- se burló el Hereje -Ser el gato que persigue al ratón te da la ventaja, pero no confundas la cola del ratón con el hilo de un ovillo que te aparte de tu camino- la sombra se desvaneció, dejando solo a Crow
-Maldito seas...- bufó, mientras una marca en el dorso de la mano de Crow emitió un prístino destello azulado. Crow estalló en una nube de sombras, deshaciéndose por completo en el aire. Había dado comienzo su búsqueda.
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