lunes, 26 de junio de 2017

La muchacha, personada en el cuerpo de toda una mujer, sentía que sus mejillas se dolían de tanto sonreír. ¿Cuanto tiempo había pasado desde a última vez que su padre había viajado para visitarla allá en Hardev? ¿Dos? ¿Tres años? El tiempo había pasado tan lento desde entonces, que el estar de nuevo en Sunkirk era casi como vivir un nuevo sueño -¡Por todos los cielos! ¡Tienes la barba blanca, repleta de canas!- puntualizó la chica tras separarse del abrazo.
-Hija mía, después de tanto tiempo ¿Eso es lo único que se te ocurre decirme?-
-Es que por lo demás... estás igual. Quizá algo más de... barriga- bromeó, volviendo a abrazarle, pero rodeándole por dicha zona con los brazos. Aquello produjo una risa algo incómoda al Lord Gobernador, que dirigió una mirada al capitán de la Guardia de lo más circunstanciosa.
-Bueno, bueno... ¿Por qué no hablamos de ti? ¿Y esa ropa?- Aquella pregunta, hizo que Rose se echase un vistazo. Estaba acostumbrada a vestir así, pero casi había olvidado que no era costumbre el uso de pantalones entre las mujeres en su oscura ciudad.
-¿Qué tiene de malo? Es la última moda en Hardev. Todas las señoritas de la residencia los usan y... nos da un toque de lo más distinguido entre la sociedad- sonrió, hinchando el pecho repleta de orgullo.
-Bueno, no seré yo quien lo niegue. Al fin y al cabo, no soy una señorita de la residencia de nuevas mujeres intelectuales. Pero quizás... deberías usar unas ropas adecuadas a esta, tu ciudad- Rose arqueó una ceja, cruzándose de brazos. ¿Realmente ya estaba prohibiéndole cosas? ¿Nada más llegar y sin haber pisado aun el suelo de su hogar? Benedict debió darse cuenta de aquellos gestos en su hija, puesto que carraspeó y cambió el rumbo de la conversación. -Bueno, lo que sea lo hablaremos en casa. Debes estar deseando volver, recuperar tu antigua habitación, tus libros y tus enseres. ¿Nos vamos?- La chica no pudo hacer otra cosa que asentir sin borrar la sonrisa de su rostro mientras su padre recogía del suelo su par de maletas.

Durante todo el viaje de vuelta, se había esmerado en recuperar todos aquellos recuerdos que aun guardaba en su mente de su casa, y había descubierto, que había olvidado como eran algunos rincones, así como los olores, los colores y algunas otras cosas pertenecientes a la misma. Por ello, ajena a sorpresas por el vehículo que su padre usaba, dado que había visto muchos de ellos durante sus estudios, procedió a abrir la puerta. Sin embargo, su acción se vio interrumpida cuando otra mano, más grande y oscura en tonalidad, se adelantó para abrir la puerta del mismo, y en vez de entrar, retirase. Un hombre alto, moreno y con una espesa barba, estaba ofreciéndole asiento a ella primero. -Ah, claro. Rose ¿Recuerdas a Jacob Marlow? Ya era Capitán de la Guardia cuando te fuiste. Solía acudir a casa para reunirse conmigo y nos escoltaba a ambos cuando salíamos de casa- Rose entornó los ojos, observando al hombre.
-Lo cierto es que no... no os recuerdo. Lo siento.- admitió, algo avergonzada por la situación, mordiéndose el labio. -Pero... es normal. No recuerdo de seguro a muchísima gente. Me fui hace demasiado tiempo- añadió, intentando quitarle peso al asunto.
-No hay problema en absoluto, señorita Miller-
-Rose, llamadme Rose simplemente, capitán.- sonrió. Ante aquel acto de confianza, el capitán quiso inclinarse. Pero rauda, la chica extendió su mano con intenciones de que se la estrechara. Aquel nuevo gesto, dejó perplejo a Benedict. Sin lugar a dudas, Rose había cambiado demasiado. Sus comportamientos eran demasiado novedosos. Tanto, que ni si quiera Jacob supo como responder.
-Esta hija mía...- se adelantó a decir el Lord Gobernador -Vamos, Rose. No perdamos tiempo- dijo, instándola a subir. La chica simplemente suspiró y sonrió a Marlow antes de entrar en el coche. Quizá una sonrisa, era más que suficiente de momento.

El paseo hasta el hogar de los Miller, fue como toda una bocanada de recuerdos para la chica, que no podía dejar de mirar por la ventanilla. Sunkirk estaba tal y como ella recordaba. Gris, lúgubre, neblinosa y con el ambiente tan caldeado y soporífero de siempre. Parecía mentira que el tiempo decidiese no hacer mella sobre cada edificio, cada calle o cada hogar. Quizás se debía, a que siempre había mostrado la ciudad un aspecto viejo.

Cuando el coche se detuvo en la puerta de la mansión, Rose suspiró hondamente. Mentiría si dijese que no estaba ansiosa por entrar. Por ello, fue la primera en bajar y la primera en encaminarse hacia la puerta, mucho antes de que Jacob pudiese seguirla físicamente en su función de escolta. Lo que Rose no esperó, es que la puerta se abriese para recibirla sin ni si quiera ella haber llamado a la puerta. Del umbral oscuro, asomó una mujer preciosa. Sus cabellos rojizos, del color del fuego, entonaban perfectamente con aquellos ojos redondos de color esmeralda. Aquella nariz tan fina, parecía la de una muñeca. Y aquel cuerpo, vestido con uniforme de hogar... No podía ser cierto. -¿Laura?-
-Mi querida Rose...- sonrió la mujer, extendiendo los brazos y abriéndolos de par en par, esperando recibir el abrazo de la pequeña de la casa.
-¡¿Laura?! ¿Como es posible?- sonrió la chica estupefacta. Le dio un caluroso abrazo y después se separó, para tomarle el rostro a su criada con ambas manos. Era más alta que ella, más alta que muchas mujeres, y eso la hacía aun más bella. Pero aun así, su rostro estaba terso. Pequeñas arrugas surcaban la almendra de sus ojos, así como los márgenes de los labios. Apenas tenía manchas en la piel, solo unas pocas. Sus ojos brillaban y las venas de su piel se marcaban poco sobre su color natural -Estás... estás prácticamente igual- Rose tuvo que llevarse una mano a la boca para no carcajearse de manera poco ordinaria. -¿Se puede saber que pacto con lo oscuro habéis hecho en esta casa para que todo el paso de los años haya pesado sobre mi padre y no sobre ti? Madre mía...- la chica volvió a morderse el labio. Era una costumbre, una manía. -Te he echado mucho menos-
-Y yo a ti, Rose. Y si me permites decirlo, quizá yo haya envejecido bien. Pero tú estás sencillamente... preciosa- la miró de arriba abajo. Rose sintió su mirada clavada en cada parte de su cuerpo y aquello le provocaba satisfacción, porque Laura, era lo más parecido a una madre que tenía. De ahí a la confianza en el trato, en las formas y en la relación entre ambas. -Madre mía. Eres toda una mujer. Recordaba tu físico al marcharte y sabía que no volvería a verlo nunca, pero no me lo imaginaba tan cambiado- ambas mujeres sonrieron, como amigas de toda la vida, cogidas de las manos, inseparables. -Si yo fuera un muchacho, te hubiese pretendido- bromeó la criada -Confiésamelo a mi antes que a tu padre. ¿Hay algún muchacho ya?- se acercó a su oído. Y al hacerlo, Rose la empujó levemente hacia atrás
-¡Oye!- rió -Hablaremos las cosas... con tranquilidad- murmuró.
-Cuanta carga de intenciones hay en esas palabras, señorita...- Laura arqueó una ceja -No me hagas esperar demasiado. Cuando el señor lo estime oportuno, tengo el almuerzo preparado y listo para servirse.- anunció en voz más alta, para que Benedict pudiese oírla. -Dejemos a los hombres con sus temas... ¿Quieres entrar?- Rose volvió a asentir, y ante ello, su criada la tomó de la mano y la instó a entrar en el hogar, desapareciendo ambas mujeres en el umbral.

Sin lugar a dudas, poco había cambiado dentro de la mansión. Los cuadros y los muebles eran prácticamente los mismos, así como las alfombras. Ninguna habitación había cambiado de sitio, y mucho menos la de Rose. Cuando la chica entró, casi se muere de vergüenza al ver la cantidad de muñecas y otros juguetes que tenía. Era una niña cuando se fue, y por tanto, sus gustos habían madurado demasiado. Pensar que esa noche dormiría en una colcha rosa, rodeada de juguetes y motivos infantiles... le daba cierta incomodidad. -Pues a ti te gustaba mucho tu habitación antes de irte- dijo Laura, guardando el equipaje de Rose.
-No lo niego, pero... quizás necesite un cambio-
-Dime que quieres y lo tendré preparado lo antes posible-
-Quiero una estantería y... varios libros. A poder ser, algunos en otros idiomas-
-Vaya... si que has estudiado- sonrió la mujer.
-Después de ocho años... ni te imaginas la de conocimientos nuevos que he adquirido. No me arrepiento de haber dicho a tiempo que deseaba estudiar e ir a la Academia de Hardev. Aqui en Sunkirk, todo es demasiado... monótono y estático. Estudiar lenguas y culturas de otros lugares ha sido fascinante. Además he conocido a muchísima gente nueva, he compartido ideas, pensamientos y... Oh, Laura, si pudieses imaginar como es Hardev... es otro mundo. Me ha abierto muchísimo la mente-
-¿También te han abierto... de otro tipo de formas?- preguntó con voz baja la criada, con una ceja arqueada y mirando directamente a la chica, que primero se extrañaba de su pregunta con el ceño fruncido, y luego, abría los ojos impresionada por el atrevimiento.
-¡Laura!- Rose tuvo que admitir, que esa pregunta había estado bien a pesar de todo. -¿Por quien me tomas?-
-Por una mujer inteligente. Está claro que te has convertido en eso, y me alegro. El resto es solo curiosidad-
-Admito que he tenido compañeras que... han conocido a hombres en la cama durante la docencia. Pero no es mi caso, ni mi estilo- puntualizó con media sonrisa.
-Bueno, bueno... está bien. Tienes claras las ideas- aseguró -Aun así, no te equivoques. Me gusta mucho imaginar, Rose. Y te agradecería enormemente que me contases todas esas cosas que has aprendido, esas cosas que han llegado a abrir tu mente. Me encantaría saberlo... todo- recalcó esa ultima palabra -Pero no será esta noche. Ve al comedor. Sirvo la comida en seguida- alegó. Rose se levantó de la cama y se dirigió al comedor, esperando que su padre ya estuviese allí. Laura, a solas, sonrió orgullosa.

El almuerzo estaba exquisito, como todo alimento que Laura preparaba. Tenia unas manos increíbles para la cocina y Rose sabía perfectamente que ni los almuerzos de Hardev hacían justicia a los de ella. La criada, se mantuvo al margen viendo a padre e hija comer. Era la costumbre. Ella comería después, sola, pues su tarea de momento, era servir.

Además, durante la ingesta, Rose estuvo explicando a su padre cosas parecidas a las que anteriormente le había contado a Laura. Habló sobre sus estudios culturales, sobre sus nuevas amigas y sobre sus excelentes calificaciones. Benedict estaba orgulloso de tener una hija tan nerviosa para los estudios, tan curiosa para su propia realidad. Era su tesoro. Su única hija. Y el simple hecho de oírla hablar y reír mientras comía, era un deleite para sus oídos. Por eso, nada más terminar de comer, decidió confesar sus planes. -Rose, he estado pensando desde hace unos días para aca... que quizás deberíamos celebrar tu llegada y tu cumpleaños como es debido, por si pensabas que ya se me olvidaba el día de tu nacimiento- bromeó de forma paternal.
-¿Una fiesta?-
-¿Por qué no? Tenías muchas amistades y gente conocida aquí. Diantres, eres la hija del Lord Gobernador, que ha regresado graduada en la Academia después de muchos años de esfuerzos, y que además, cumplirá veinticuatro preciosos inviernos. Me parece motivo de más-
-Si... No me disgusta la idea... dado que yo también he estado... meditando- Al decir aquello, Benedict esperó paciente lo que su hija tuviese que decirle. Ésta, miró a Laura de reojo. Estaba nerviosa, y tenía motivos de sobre. -Dado que he hecho muchas amistades en Hardev y... considero que ya tengo la suficiente edad, pensaba que... quizás deberías conocer a alguien... y si vamos a dar una fiesta, me gustaría que él estuviese aquí-
-¿Él?-
-Nicholas... Nicholas Klain. Él... es... mi pareja-

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